Recomendados

Mostrando entradas con la etiqueta Centro de Artes Visuales / Museo del Barro. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Centro de Artes Visuales / Museo del Barro. Mostrar todas las entradas

viernes, 11 de noviembre de 2011

TICIO ESCOBAR - EL MITO DEL ARTE Y EL MITO DEL PUEBLO, CUESTIONES SOBRE ARTE POPULAR / CENTRO DE ARTES VISUALES - MUSEO DEL BARRO, 2011





EL MITO DEL ARTE Y EL MITO DEL PUEBLO
CUESTIONES SOBRE ARTE POPULAR



CENTRO DE ARTES VISUALES / MUSEO DEL BARRO
Director: OSVALDO SALERNO
MUSEO DE ARTE INDÍGENA
Directora: LIA COLOMBINO
Asesores: CARLOS COLOMBINO, TICIO ESCOBAR
Secretaría General: DIEGO PEDROZO
DEPARTAMENTO DE DOCUMENTACIÓN E INVESTIGACIONES .
Coordinadora: HELENA MALATESTA
El Centro de Artes Visuales/Museo del Barro agradece a Paula Barría y Sergio Parra, de Ediciones Metales Pesados, Santiago de Chile, por la cesión de la composición y el diseño de este texto que fuera publicado por dicha editorial.
Diseño y diagramación: PALOMA CASTILLO
Corrección: DERLIS ESQUIVEL
Diseño de Tapa: OSVALDO SALERNO
Foto de tapa: Ticio Escobar. Arete Guasu. Fiesta Ceremonial guaraní occidental. Sta. Teresita, Chaco paraguayo, C. 1999.
El mito del arte y el mito del pueblo. Cuestiones sobre arte popular Primera edición: RP Ediciones/Museo del Barro. Asunción, 1986. Segunda edición: Ediciones/Metales pesados, Santiago de Chile, 2008. Ticio Escobar
Reg. de Prop. Int. No 168.490
© Centro de Artes Visuales/ Museo del Barro
Grabadores del Cabichuí entre Cañada y Emeterio Miranda Tel. (595 21) 607 996
e-mail: info@amuseodelbarro.org
www.museodelbarro.org
Asunción - Paraguay
ISBN 978-99953-869-5-5
2011, 256 páginas



PRÓLOGO A LA SEGUNDA EDICIÓN INTRODUCCIÓN

Revisar con criterio editorial una obra propia escrita hace más de veinte años resulta una tarea complicada: EL MITO DEL ARTE Y EL MITO DEL PUEBLO fue redactado entre 1985 y 1986 en el contexto de circunstancias históricas muy diferentes a las actuales; pero también en la escena de un debate que a lo largo de dos décadas ha desplazado perspectivas e incorporado otras cuestiones. Creo que, a pesar de estos cambios (o incluso, en razón de ellos mismos) puede resultar útil reeditar un texto que traduce (a su manera) el estado de aquel debate y arriesga una interpretación del lugar del arte en un terreno poco claro.
El trabajo de revisión se vio dificultado, además, por el intento de respetar el sentido de la primera edición, su valor documental y su carácter testimonial de época. Por eso, este reajuste editorial se limitó a realizar correcciones e introducir aclaraciones y reordenamientos mínimos del material, cuidando que esas intervenciones no alterasen el contenido de la publicación de 1987 ni modificasen el estilo de su escritura.
Se ha circunscrito, así, a abreviar algunos párrafos, aligerar en ciertos puntos la sintaxis y agregar determinados subtítulos. También ha añadido notas aclaratorias de situaciones históricas muy coyunturales, así como datos relativos a cambios ocurridos luego de la primera publicación. En lo posible se han conservado las fotografías originales, pero ante la pérdida de algunas de ellas y la oportunidad de contar con nuevas imágenes que aportasen a la ilustración del tema, se ha optado por incluir también éstas.
Por último, este prólogo vuelve sobre algunos conceptos empleados en el texto original desde la perspectiva de pensamientos posteriores y destaca cuestiones que, esbozadas de manera incipiente en aquel texto, adquieren interés en la discusión contemporánea sobre el tema.

LA ESCENA PROPIA

EL MITO DEL ARTE... fue escrito durante la dictadura de ALFREDO STROESSNER (1954-1989); el fatídico régimen se encontraba ya a pocos años de su fin, pero entonces no se intuía su tan deseado derrocamiento: el mito de la dictadura hacía, que ésta fuera percibida como eterna. Ya se sabe que el gobierno militar stroessnerista se basaba en rigorosos sistemas de represión y censura, de modo que la escritura del libro, por más que osara nombrar algunas figuras innombrables, hubo de recurrir a prudentes rodeos y omisiones. Quiero ilustrar esta situación con un solo caso: la referencia bibliográfica del libro de GIUSEPPE PRESTIPINO titulado LA CONTROVERSIA ES TÉTICA EN EL MARXISMO, tuvo que ser amputada, de modo que "en el marxismo" quedó afuera. Quise conservar la cicatriz de esa mutilación -que en cualquier otra circunstancia constituiría un atentado al rigor académico- como una pieza pequeña de la memoria: un gesto de testimonio personal de las frases calladas, las palabras prohibidas y los libros quemados, confiscados o enterrados durante esas décadas demasiado largas. No es casual que la portada correspondiente a la primera edición, diseñada por OSVALDO SALERNO, se encontrara ilustrada con la imagen de un grafitti callejero censurado: las tupidas manchas negras pintadas por la policía aparecían sofocando las cifras propiciatorias del clamor o la esperanza.
En 1982 yo había publicado un libro, UNA INTERPRETACIÓN DE LAS ARTES VISUALES EN EL PARAGUAY, cuya escritura me llevó a enfrentar la cuestión del arte popular: sus imágenes tenían (siguen teniendo) una presencia tan fuerte que se volvía inevitable considerarlas a la hora de hablar de arte. No resulta necesario aclarar que el Paraguay es un país duro de vivir. Pero tiene sus compensaciones: una de ellas consiste en la periódica eclosión de antiguas formas desconocidas, consideradas extinguidas o ignoradas por los estudios de la cultura (no digamos ya del arte). Entre 1984 y 1986, quienes estábamos trabajando en el Museo del Barro, inaugurado pocos años antes, tuvimos acceso ("descubrimos" es la palabra, aunque suene pretenciosa) a rituales potentes que, en UNA INTERPRETACIÓN... figuraban como perecidas: la desmesurada ceremonia de los ishir, el ritual de los chiriguano-guariní y las celebraciones de los kambá ra’angá, los enmascarados ceremoniales. La primera de estas representaciones estaba consignada por la etnografía académica como desaparecida en 1954; las otras dos, figuraban rutinariamente registradas por los calendarios oficiales "de fiestas", como carnaval, la una y como festividad religiosa patronal, la otra (o las otras, porque son varias), desprovistos ambos casos de esplendor escénico, carentes de la belleza bárbara del rito: privados del aura que por sentencia benjaminiana les corresponde. Como se verá, el encuentro con estas manifestaciones marca fuertemente el discurso del libro; se vuelve argumento central de un concepto de arte que, desde su diferencia, conserva extrañamente el esquema básico de la definición ilustrada del arte: esa manipulación de formas sensibles que perturba la producción del sentido. Ninguna otra expresión cultural se acerca tanto a ese modelo de arte heredado de la Ilustración. Y ese hecho resulta inquietante y pide ser explorado.
La consideración de las formas populares (mestizas e indígenas) como genuinas expresiones de arte tuvo alcances mucho más amplios que la redacción del texto ahora reeditado: sirvió de libreto museológico al CENTRO DE ARTES VISUALES/MUSEO DEL BARRO de Asunción, que progresivamente fue articulando sus acervos distintos hasta presentar, en pie de igualdad, el arte indígena, el popular y el ilustrado como momentos diferentes de la producción artística desarrollada en el Paraguay. Es decir, las piezas populares e indígenas no están mostradas en clave etnográfica, folclórica o histórica, sino estrictamente artística, aunque su puesta en exhibición se encuentre abierta a la pragmática social de los sectores indígenas y populares a través de distintas instancias de mediación.

EL PUEBLO, LO POPULAR

Desligado de todo anclaje sustancialista y acoplado a los conceptos de "cultura" y de "arte", en este texto el término "pueblo" se presta más a ser empleado como un adjetivo -lo "popular"- que como un nombre. En sentido amplio, dicho término designa los sectores subalternos, "los de abajo": los excluidos de poder, participación y representación plenos. Razones que luego serán expuestas determinan que en EL MITO DEL ARTE..., el concepto de pueblo se restrinja básicamente a las comunidades indígenas y los sectores rurales o suburbanos, aunque, en principio, se encuentre dispuesto a designar genéricamente el campo amplio de lo no-hegemónico. Por eso, de entrada el concepto se refiere más a un locus, un espacio cruzado por actores diferentes, que a un sujeto único dotado de cualidades inherentes. También por eso, aunque se emplee el concepto gramsciano de hegemonía para ubicar la categoría de lo popular, ésta no corresponde a la totalidad orgánica y coherente bajo la cual concebía Gramsci una posible cultura popular: como se verá, uno de los mayores desafíos de aquellos sectores dispersos se encuentra. marcado, justamente, por la necesidad de su articulación de cara a la construcción de un espacio público.
Amenazado de desalojo por la posmodernidad, como lo fueran todos los grandes conceptos, hoy el de pueblo reaparece en el debate teórico bajo formulaciones que oscilan desde la de Laclau (1), que lo considera el significante aglutinador de la democracia moderna-el nombre político por excelencia-, hasta la figura de "multitud" de Hardt y Negri, que lo disuelve en un amorfo sujeto emancipatorio movido más allá del formato de la identidad y fuera del escenario del Estado y la representación política (2). En todo caso, la reaparición de este concepto tiene que ver con las nuevas posibilidades de empleo que abre su deconstrucción: exento de soportes sustanciales, librado a la contingencia histórica e impulsado por subjetividades variadas, el concepto de pueblo vuelve a recobrar su utilidad para marcar el lugar de posiciones culturales y emplazamientos políticos alternativos. Un lugar construido pragmáticamente, borroso en sus límites, entreabierto a discursos y prácticas variables.
Desde allí se definen los dos grandes desafíos que los sectores populares enfrentan hoy: por un lado, el de articular políticamente sus posiciones en proyectos orientados a la construcción de lo público; por otro, el de afirmar su diferencia cultural. El primer reto, que rebasa el ámbito de este trabajo, remite a la posibilidad de cruzar los conceptos de identidad y ciudadanía en los terrenos, también nebulosos, de la res publica. El segundo, se abre a la discusión acerca de los condicionamientos que debe asumir lo popular contemporáneo, básicamente el de su relación con la cultura ilustrada y, especialmente, la de masas. Es cierto que las oposiciones popular-ilustrado y, sobre todo, popular-masivo han dejado definitivamente de ser consideradas disyunciones binarias inapelables, pero su persistencia en registro de tensión contingente sigue planteando cuestiones que serán consideradas bajo el siguiente título.
1.- Ernesto Laclau. La razón populista, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2005.
2 Toni Negri y Michael Hardt. Imperio, Paidós, Barcelona, 2002.


EL PUEBLO, LO MASIVO

En el curso de un debate que ya tiene décadas, los vínculos difíciles que mantienen las culturas populares con las instituciones del arte ilustrado y la acometida de las industrias culturales son considerados no tanto en clave de despojo y alienación, cuanto en términos de trasculturaciones, cruces y desencuentros. La "teoría de la recepción" ha abierto perspectivas nuevas al analizar el destino que dan los públicos a los discursos mediáticos y letrados y considerar las experiencias y deseos propios con que los vinculan, así como la diversidad de mediaciones que establecen con esos circuitos culturales distintos. Diversos autores, entre quienes se destacan -por su afinidad con el tema que tratamos- Jesús Martín-Barbero y Néstor García Canclini, han subrayado el momento del consumo para analizar procesos plurales de apropiación de modelos culturales hegemónicos (asimilación, reformulación, rechazo, adulteración, etc. )3.
Pero la figura de recepción cultural no pretende resolver todas las espinosas cuestiones relacionadas con la cultura popular ni sirve para encarar el tema de lo artístico popular.
Por una parte, es cierto que la industrialización de la cultura puede facilitar un acceso más amplio y equitativo a los bienes simbólicos universales (incluidos los de la cultura erudita) y permitir apropiaciones activas por parte de grandes públicos excluidos; pero la democratización de los mercados culturales trasnacionalizados requiere condiciones propicias: niveles básicos de simetría social e integración cultural, institucionalidad democrática y mediación estatal a través de políticas culturales capaces de promover la producción de los sectores desfavorecidos y regular el mercado global de la cultura. En el Para-guay, como en la mayoría de los países latinoamericanos, hay déficit de Estado y de sociedad y superávit de mercado, lo que acerca el riesgo de que, ante una contraparte dispersa y endeble, el poderoso complejo industrial de la cultura exacerbe las des-igualdades, aplaste las diferencias y termine postergando las posibilidades alternativas de integración cultural y, por lo tanto, de movilidad y cohesión social.
Por otra parte, es indudable que las industrias culturales han devenido un factor fundamental en la trasformación de los imaginarios y las representaciones sociales y, aun, en la constitución de nuevas identidades culturales. Este hecho determina que una parte importante de lo cultural popular se encuentre hoy configurada por pautas, figuras y discursos provenientes de la cultura industrializada y justifica hablar de culturas populares e n registro masivo.

3 Véanse, a título de ejemplo, entre una nutrida bibliografía: Jesús Martín-Barbero. De los medios a las mediaciones. Comunicación, cultura y hegemonía, Gustavo Gili, México, 1987, y Néstor García Canclini, Consumidores y Ciudadanos. Conflictos multiculturales de la globalización, Grijalbo, México, 1995.



EL PUEBLO, EL ARTE


La cuestión de la cultura popular se complica cuando enfocamos una zona conflictiva y liminar de lo cultural: el arte, ese ángulo autocrítico, ese resquicio suyo que pone en jaque la estabilidad de los códigos de significación social y crea, así, franjas de turbulencia; los juegos incordiosos del arte sobresaltan la familiaridad de la inserción social, discuten los límites del orden simbólico instituido por la cultura, traspasan el círculo de la representación.
En este sentido, el concepto de arte popular designa un punto de torsión en la cultura popular capaz de producir en su economía retrasos y discordancias, pliegues y contracciones, e irradiar en torno a sí una zona que sustenta el sentido social y, simultáneamente, impide su estabilidad. Conviene nombrar rápidamente tres notas de este arte para desmarcar-lo de otras formas que comparten su equívoco oficio de sostén e impugnación del orden simbólico: lo negativo, lo afirmativo y lo diferente. De entrada, el atributo que lo acompaña define el arte popular desde el rodeo de una omisión y lo asienta en una columna negativa: al ser inscrito en el espacio espectral de lo no hegemónico, crece marcado por el estigma de lo que no es. Ante ese menoscabo ontológico conviene caracterizar el término no sólo desde la exclusión y la falta, sino recalcando un momento activo suyo: el arte popular moviliza tareas de construcción histórica, de producción de subjetividad y de afirmación de diferencia. Este m omento constituye un referente fundamental de identificación colectiva y, por lo tanto, un factor de cohesión social y contestación política. Por último, la creación artística popular tiene rasgos particulares, diferentes de los que definen el arte moderno occidental: no aísla las formas, ni reivindica la originalidad de cada pieza, ni recuerda el nombre de su productor. Pero, aunque estas notas no se ajusten al régimen de la autonomía estética, el arte popular es capaz de imaginar modalidades alternativas que no significan ni la cancelación de la belleza ni el desaire de sus funciones sociales: puede conservar al mismo tiempo la eficacia de la forma y la densidad de los significados. Este movimiento, que oscila sobre los límites de la representación, resulta afín al que trata hoy de imprimir el arte contemporáneo a sus producciones para zafarse del dilema que le plantea su impugnación de la estética.


EL ARTE, LO MASIVO

Según lo recién expuesto, cabe hablar de una cultura popular masiva e, incluso, de una estética popular masiva, pero cuesta detectar casos correspondientes a un arte crecido del lado del consumo globalizado. Se podría objetar que el cumplimiento de dichos casos exigiría un concepto de arte diferente del ilustrado. Pero justamente ahí radica el problema: seguimos utilizando ese modelo ilustrado; no hay otro. El concepto de arte se ha trasformado en sus notas y en su extensión, ha abierto sus claustros a otras sensibilidades y ha logrado desprender su propio círculo significante y asumir
los intrincados contenidos que acerca la historia y, aun, los muchos alcances pragmáticos de sus formas. Sin embargo, aun así, deconstruido y reformulado, sigue refiriéndose obstinadamente a un complejo de operaciones estéticas que comprometen el sentido: un conjunto de maniobras imaginarias empeñadas en burlar el dintel de lo simbólico, el límite de la representación, para dar cuenta de lo real imposible. Nos guste o no esa acepción de arte (formulada en términos lacanianos en este caso), nos parezca ella anacrónica o demasiado estrecha, el problema es que sigue vigente: es la acepción que salta cuando hablamos de arte. Y, la verdad es que seguimos hablamos bastante de arte. (Benjamin detectó bien el problema: el aura es incompatible con la reproducibilidad mecánica; el problema es que la reproducibilidad telemática, impulsada por mercados planetarios, se ha ingeniado para reauratizar, en clave puramente estética, las muchas figuras de la sociedad del espectáculo).
Dentro de ese formato cuesta, pues, imaginar prácticas artísticas en el campo de la industrialización masiva de la cultura, donde las producciones corresponden a corporaciones trasnacionales que se nutren de la sensibilidad popular para complacer a las grandes audiencias. Lo que sí resulta cada vez más visible es la apropiación que hace el arte popular (como el erudito) de mensajes, figuras, discursos y gustos provenientes de la cultura de masas. Por eso, aunque no cabe, sustancializar las distinciones entre los productos populares y los de la cultura hegemónica de masas, sí conviene conservar los trazos de sus diferencias. Paralelos a la gran marcha de la trasnacionalización cultural, en América Latina operan procesos que conservan reservas alternativas de sentido. Una y otros comparten imágenes, señales e, incluso, poéticas, pero los registros simbólicos y las economías imaginarias son distintas (a pesar de todos los inevitables, y aun, saludables, procesos de complicidad y negociación, de permuta, hibridez, apropiación y decomiso intercultural). Así, pues, por lo menos a nivel del arte, la cuestión no pasa por desmontar las distinciones entre lo culto, lo popular y lo masivo, sino por considerarlas de manera contingente y provisoria: la diferencia no se construye más que en el discurrir específico de los procesos históricos.

AFINIDADES

Lo recién expuesto nos lleva a una conclusión que puede resultar desconcertante: las formas del arte erudito de filiación vanguardística desarrolladas en América Latina comparten con las del popular tradicional escenarios paralelos; éstos parecen constituir hoy los sitios más propicios desde donde resistir el esteticismo concertado de la cultura hegemónica global. Desde ubicaciones que son básicamente periféricas, aunque en distintos grados, unas y otras formas desarrollan modalidades de apropiación creativa y crítica de las representaciones masivas y sus innovaciones tecnológicas, cautelando, o intentando cautelar al menos, zonas insumisas a la lógica cultural del mercado planetario. Una vez más: ésto no significa imaginar áreas incontaminadas, sino marcar puntos contingentes de emplazamiento.
La extraña afinidad entre estas posiciones diferentes constituye una de las razones por las cuales se ha restringido lo artístico popular a la producción de las culturas de tradición rural y origen precolonial. La comprobación de que ciertos acorralados sectores parecen constituir hoy los mejores exponentes de un modelo de arte amenazado de extinción. (toda forma histórica de arte se encuentra por definición sujeta a esa amenaza) justifica su consideración separada (provisional, analíticamente recortada). Esa situación no los hace superiores, obviamente, pero los posiciona en una perspectiva que permite revelar cruces inesperados entre el arte contemporáneo popular y el erudito.
Antes de considerar estos cruces conviene justificar el tratamiento de "contemporáneo" otorgado acá a las culturas tradicionales. Tal título no les convendría ciertamente desde los prejuicios etnocentristas modernos, según los cuales la "actualidad" tiene un solo derrotero, pero se vuelve pertinente desde una visión de la historia que admite temporalidades diversas. Así, aunque exista un modelo privilegiado de lo contemporáneo -figura fraguada en el molde hegemónico occidental- resulta insostenible la existencia de una contemporaneidad en el sentido en que sí pudo imaginarse un modelo moderno. En el ámbito del quehacer artístico, lo contemporáneo designa el intento de enfrentar con formas, imágenes y discursos las cuestiones que plantea cada presen-te. Desde este ángulo, cabe considerar contemporáneos los esfuerzos de todos los artistas que buscan rastrear los indicios esquivos de su propio tiempo. Aunque reitere patrones formales varias veces centenarios, un atavío ceremonial indígena resultará contemporáneo en cuanto mantenga su vigencia. Y, según nuestros conceptos -estrictamente occidentales, por cierto- seguirá siendo una obra de arte mientras apele, aun instrumentalmente, a los argumentos irrefutables de la belleza. El mito colonialista según el cual sólo el arte occidental alcanza la contemporaneidad (ante toda otra forma condena-da al anacronismo siempre) impide asumir los conflictos que tiene el arte con su propia actualidad: la vocación de retraso y destiempo que anima gran parte del arte contemporáneo.

EL CRUCE

Luego de esta digresión acerca de lo contemporáneo cabe retomar el tema del cruce entre el arte popular y el erudito; el encuentro se produce en torno a la litigiosa figura de la autonomía del arte. Supuestamente, el sacrificio de esta autonomía ha tenido un sentido progresista y un alcance democratizador: la cancelación de la distancia aurática promovería, por fin, la avenencia entre arte y vida, la soñada síntesis entre forma y función y el acceso de las grandes mayorías a los privilegios de la fruición artística. Pero, ya se sabe, las cosas no fueron tan fáciles y la utopía emancipadora fue birlada por el mercado: la estetización de todas las esferas de la vida humana ocurrió no en escenario abierto por las vanguardias, sino desde las vitrinas y las pantallas de la sociedad de la información y el espectáculo. Ese desborde de la belleza concertada terminó invirtiendo, o por lo menos oscureciendo, el signo revolucionario que marcaba la revocación de la autonomía del arte, la inmolación del aura.
Por eso, ante el imperio de la estética vaporosa, puede adquirir un signo contestatario la reconquista de aquella mínima distancia que precisa la mirada para renovar el deseo, para cautelar el otro lado y sustraerlo de los spots del entretenimiento mediático y los formatos pautados del diseño publicitario. La densidad de la experiencia y el resguardo del enigma pueden levantar barreras ante la nivelación del sentido promovido por las lógicas rentables. El extrañamiento inquietante que produce el aura puede, en fin, resultar un antídoto contra la consumación de la imagen y la integridad del significado. Pero, ¿qué posibilidades habría de restaurar el juego pendular del aura sin reponer su tradición idealista y sus fueros autoritarios? Acá el arte popular -sobre todo el indígena- presenta, si no una respuesta definitiva, sí un indicio considerable. Recordemos que, en sentido benjaminiano, el culto primitivo es el origen del aura; las formas rituales rodean los cuerpos y los objetos con un cerco de ausencia: los inviste con el poder de la imagen. Ahora bien, en las sociedades rurales e indígenas contemporáneas, el aura del culto se mantiene; se conserva habilitado el lugar de ausencia que per-mite diferir el cumplimiento, sostener la diferencia. Velada por el aura, la escena de la representación "primitiva" es un espacio abierto al acontecimiento. Y esta apertura permite imaginar otros medios para perturbar el mundo cotidiano: maneras contingentes de proyectar sombras, crear pliegues y provocar resonancias en una gran pantalla demasiado brillante, transparente y chata.
El aura de los ritos bárbaros guarda el sitio nublado del enigma-el lugar de la falta-sin jactancias de autenticidad, sin nombrar el ejemplar último y primero. Promueve una belleza libre de los fulgores exclusivistas y las jerarquías que otorga el aura ilustrada. Y mantiene un breve margen de franquicia para la estética, sin comprometerla con delirios de síntesis totales. En el arte "primitivo", el aura que ofrece y sustrae el objeto a la mirada invoca el poder de la forma para sumergirla enseguida en el cuerpo espeso de la cultura entera: busca así trastornarla y reavivarla, como se afana en hacerlo el arte erudito desde los inicios de su periplo largo.
TICIO ESCOBAR
10 de julio de 2007


INTRODUCCIÓN

Este trabajo no pretende llegar a conclusiones definitivas, sino remover cuestiones, identificar algunos de los obstáculos que se interponen en la comprensión de ciertas prácticas culturales producidas en América Latina y sumarse, así, al debate desarrollado en torno a éstas. En el curso de tal intento, debe enfrentar ciertos conceptos que, aun confusos y molestos, integran el paisaje de aquellas prácticas y el trasfondo de estos debates y expresan las ambigüedades que nublan vastas regiones de la incipiente teoría latinoamericana. Por eso algunas de las categorías básicas empleadas en este texto son problemáticas y discutibles, pero no pueden ser soslayadas.
El concepto de "popular", por ejemplo, es insorteable. Teóricamente incierto e ideológicamente turbio, deviene fuente de problemas antes que instrumento esclarecedor; pero está ahí, prendido de tantos nombres y agazapado en el fondo de tantas historias que no puede, sin más, ser reemplazado por nuevas convenciones que ignoren su presencia inveterada. Para referirnos a ciertas prácticas tradicionalmente definidas desde esa presencia, no tenemos, pues, más remedio que cargar sus conceptos con el atributo de lo "popular", aun conscientes de la zozobra que puede producir fardo tan pesado. Por otra parte, es evidente que la oscuridad del vocablo en cuestión no es gratuita: expresa bien esa mezcolanza propia de nuestro momento, cuando distintas historias y tiempos diversos se entremezclan y superponen sobre una realidad escurridiza y compleja, difícilmente asible por una sola palabra.
Por eso, tratando de abarcar la mayor extensión que ocupa su curso errante, usamos el término "popular" para nombrar la posición asimétrica de ciertos sectores con relación a otros y considerando los factores plurales que intervienen en las situaciones de subordinación. Éstas, a su vez, son entendidas a partir de distintas formas de opresión, explotación, marginación o discriminación realizadas en diferentes ámbitos (políticos, económicos, culturales, sociales, religiosos, etc.) en perjuicio de sectores que resultan, así, excluidos de una participación efectiva en cualquiera de tales ámbitos. Se incluyen en la categoría de lo popular las comunidades indígenas, puesto que éstas constituyen el término subalterno de las relaciones de exclusión establecidas con la Conquista y desarrolladas a lo largo del periodo colonial y los tiempos poscoloniales.
El uso del concepto "arte" presenta desafíos similares al de "popular": a pesar de las muchas confusiones que genera, su larga y terca trayectoria vuelve más práctico contar con él que ignorarlo. Si decidimos promoverlo para referirnos a ciertas zonas intensas de la cultura popular, lo hacemos más para esquivar manipulaciones ideológicas que por confiar demasiado en su fidelidad teórica, comprometida por devaneos frecuentes y derroteros dudosos.
El término "mito" es también esencialmente vago. Incluye tanto las ficciones de origen como ciertas actuales ilusiones profanas; se refiere igualmente a la extraña tarea de cimentar el sentido como a la falsa conciencia ideológica; designa tanto un mecanismo tramposo que encubre la historia como el deseo ineludible de lo incondicionado. Antagonista obstinado del logos, el mito es alienación o poesía, simbolización o mistificación, oscura rémora sin destino o refugio del sueño amenazado. A veces deliberadamente, otras no, partimos de sus posibilidades o caemos en la trampa de sus sentidos inestables. Por eso, el contexto en el que se usa es a menudo el único responsable de cada acepción concreta.
Por otra parte, el término "arte popular" es teóricamente híbrido: el vocablo "arte" proviene de la jurisdicción de la Estética, mientras que el "popular" es oriundo de los dominios de las ciencias sociales. Tanto la doble ciudadanía de sus componentes como el carácter apátrida que acaba adquiriendo el término, son causantes de desencuentros que no pueden resolverse por la falta de un territorio propio donde puedan coincidir esos vocablos nómadas y someterse a los mismos códigos. Si no todas, por lo menos muchas de las incongruencias metodológicas del tema que nos ocupa se originan en esa falta.
Aunque pretendemos que las cuestiones tratadas en este texto puedan ser referidas genéricamente al arte popular de América Latina, ellas parten, y toman sus ejemplos, de la realidad del Paraguay, pues es la que mejor conocemos. Análogas razones de competencia temática promueven que el término "arte" se refiera fundamentalmente a las manifestaciones visuales, sin que ese recorte implique el menoscabo de otras expresiones de la cultura popular, que bien podrían ser comprendidas en la mayoría de los temas que se exponen acá (teatro, música, literatura, etc.).
En este texto se utiliza la grafía del idioma guaraní para escribir vocablos pertenecientes a esta lengua. Se mencionan las convenciones más comunes: lay indica la sexta vocal del guaraní, gutural; las diéresis colocadas sobre las vocales vuelven éstas nasales; la h se pronuncia en forma aspirada, como en inglés, y la j, como la y en español; por último, en guaraní sólo se marca el acento de las palabras llanas: todas las que no llevan tilde son leídas como agudas. Sin embargo, se ha optado por obviar en este texto la última convención citada y marcar los acentos de las palabras agudas a los efectos de facilitar la lectura por parte de los no guaraní-parlantes. Siguiendo la tradición, no se emplea la grafía guaraní en la escritura de los nombres étnicos Se mantiene la convención de no pluralizar los nombres de las etnias atendiendo a que los mismos responden a sistemas propios de pluralización (los ayoreo, los nivaklé, etc.).
Tanto la necesidad de incursionar en terrenos que nos son desconocidos como la de confrontar nuestras posiciones con otras que encaran momentos diferentes de un devenir sociocultural complejo, nos llevaron a recabar consultas, pedir opiniones y recibir sugerencias y correcciones de otras disciplinas. En este sentido agradecemos la colaboración ele Line  Bareiro y José Carlos Rodríguez, con quienes, desde el inicio  lo de este trabajo, discutimos largamente conceptos fundamentales para su desarrollo. También reconocemos los aportes de CARLOS COLOMBINO, OSVALDO SALERNO, BENJAMÍN ARDITI, LUIS CARMONA, JORGE LARA CASTRO, y ADOLFO COLOMBRES, que leyeron los manuscritos y aportaron valiosas observaciones.
TICIO ESCOBAR
10 julio 1987, Asunción


BIBLIOGRAFÍA

Esta lista comprende sólo las publicaciones citadas en el texto. Para identificar la bibliografía referida por cada cita se ha empleado el apellido del autor, el año de publicación y el número de página. Ante dos títulos de un mismo autor correspondientes ambos a un mismo año, se ha individualizado cada uno de ellos con la letra a o b según correspondiera al primero o segundo de los editados en ese año.

ARDITI, Benjamín. Estado omnívoro, sociedad estatizada. Poder y orden político en el Paraguay, Documento de Trabajo N° 10, Centro de Documentación y Estudios (CDE), Asunción, abril de 1987.
ARDITI, Benjamín y otros. Comunidad cultural y democratización en el Paraguay, Rafael Peroni Ediciones, Asunción, 1986.
BARTHES, Roland. Mitologías, Siglo XXI, México, 1981.
BARTOLOMÉ, Miguel A. y Robinson, Scout. “Indigenismo, dialéctica y conciencia étnica”; en Journal de la Socíeté des Americanistes, Tome LX, Extrait, Au siegue de la Societé Musée de 1'Homme, París, 1971.
BARTRA, Eli. "Retorno de um mito: a arte popular", en Questão Popular. Arte em Revista, 2a edic. 3 CEAC (Centro de Estudos das Artes Contemporáneas), São Paulo, 1983.
BAUDRILLARD, Jean. El sistema de los objetos, Siglo XXI, 8a edic., México, 1985.
BENJAMIN, Walter. Discursos interrumpidos, Taurus, Madrid, 1973.
BLANCO, José Joaquín. "Los intereses privados y la cultura popular", en Culturas Populares y Política Cultural, Museo de Culturas Populares, México, 1982.
BOBBIO, Norberto y Matteucci, Nicola. Diccionario de Política, tomo II, Siglo XXI, México, 1981.
BOGARÍN, Monseñor Juan Sinforiano. Mis apuntes. Memorias de Monseñor Juan Sinforiano Bogarín, Editorial Histórica, Asunción, 1986.
BOURDIEU, Pierre. Campo del poder y campo intelectual, Folios Ediciones, Buenos Aires, 1983.
BRUNNER, José Joaquín. Notas sobre cultura popular Industria cultural y modernidad, Material de discusión, Programa FLACSO N° 70, Santiago de Chile, junio de 1985. CASTELLS, Manuel. Clases sociales y crisis política en América Latina. Seminario de Oaxaca coordinado por Raúl Benítez Zenteno, Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM, Siglo XXI, 2a edic., México, 1979.
COLOMBINO, Carlos. Kambá ra’angá, las últimas máscaras, Textos de Cultura Popular, Museo del Barro, Asunción, 1986.
COLOMBRES, Adolfo. Liberación y desarrollo del arte popular, Textos de Cultura Popular, Museo del Barro, Asunción, 1986.
CHAUÍ, Marilena. Conformismo e resistência. Aspectos da cultura popular no Brasil, Editora Brasiliense, São Paulo, 1986.
DUFRENNE, Mikel. "El arte y la ciencia del arte, hoy", en Mikel Dufrenne y Víctor Kanpp, Corrientes de la investigación en las ciencias sociales, Arte y Estética. Derecho, Tecnos, Unesco, Madrid, 1982.
ECO, Umberto. Apocalípticos e integrados, Lumen, 6a edic., España, 1981.
FÉVRE, Fermín. "Las formas de la crítica y la respuesta del público", en América Latina en sus artes, Relator: Damián Bayón, Siglo XXI, México, 1974.
FRANCASTEL, Pierre. La realidad figurativa. Elementos estructurales de sociología del arte, Emecé, Buenos Aires, 1970.
GARCÍA CANCLINI, Néstor. Arte popular y sociedad en América Latina, Grijalbo. México, 1977.
GARCÍA CANCLINI, Néstor. Las culturas populares en el capitalismo, Nueva Imagen, 3a edic., México, 1986-a.
GARCÍA CANCLINI, Néstor. ¿De que estamos hablando cuando hablamos de lo popular? Materiales para el Debate Contemporáneo, N° 7, CLAEH, 1986-b.
GIMÉNEZ, Gilberto. Cultura popular y religión en el Anahuac, Centro de Estudios Ecuménicos, México, 1978.
KANT, Emanuel. Crítica del juicio, Espasa Calpe, Madrid, 1977, (Traducción de M. García Morente).
LAUER, Mirko. Crítica de la Artesanía. Plástica y sociedad en los Andes Peruanos, Desco, Centro de Estudios y Promoción del Desarrollo, Lima, 1982.
LÉVI-STRAUSS, Claude. Arte, lenguaje, etnología. Entrevistas con Georges Charbonníer, Siglo XXI, México, 1968.
LYOTARD, Jean-Francois. "La aproximación sicoanalítica", en Mikel Dufrenne y Víctor Kanpp, Corrientes de la investigación en las ciencias sociales. Arte y Estética. Derecho, Tecnos, Unesco, Madrid, 1982.
MARCHÁN FIZ, Simón. "El objeto artístico tradicional en la sociedad industrial capitalista", en Fernando Torres (edit.), El arte en la sociedad contemporánea, Valencia, 1974.
MARCHÁN FIZ, Simón. La estética en la cultura moderna. De la Ilustración a la crisis del estructuralismo, Gustavo Gill, S.A., Barcelona, 1982.
MARGULIS, Mario. "La cultura popular", en Adolfo Colombres (comp.), La cultura popular, Premiá, La Red de Jonás, 4a edic., México, 1984.
MERQUIOR, José Guilherme. La estética de Levi-Strauss, Ediciones Destino, Barcelona, 1978.
MORÍNIGO, José Nicolás. "El impacto de la cultura urbano industrial" en El Hombre paraguayo y su cultura, VII Semana Social Paraguaya, Cuadernos de Pastoral Social Nº 7, Conferencia Episcopal Paraguaya, Equipo Nacional de Pastoral Social, Asunción, 1986.
MORPURGO-TAGLLABUE, Guido. La Estética contemporánea, Losada, Buenos Aires, 1971.
MUKAROVSKY, Jan. Escritos de Estética y Semiótica del Arte, edición crítica de Jordi Llovet, Gustavo Gill S.A., Barcelona, 1977.
NAJENSON, José Luis. Cultura nacional y cultura subalterna: dos categorías para la antropología de América Latina, Universidad Autónoma de México, México, 1979.
PORTANTIERO, Juan Carlos. Los usos de Gramsci, Folios Ediciones S.A., México, 1981.
PRESTIPINO, Giuseppe. La controversia estética..., Grijalbo, México, 1980.
READ, Herbert. El significado del arte, 2a edic., Losada S.A., Buenos Aires, 1964.
SALERNO, Osvaldo. Artesanía y arte popular, Cuadernos de Divulgación, Museo Paraguayo de Arte Contemporáneo, Asunción, 1983.
SEPP, Antonio, S.J. Continuación de las Labores Apostólicas, tomo II, Eudeba, Buenos Aires, 1973-a.
SEPP, Antonio, S.J. Jardín de Flores Paracuario, Continuación de las Labores Apostólicas, tomo III, Eudeba, Buenos Aires, 1973-b.
WEFFORT, Francisco. "Clases sociales y crisis política en América Latina", en Raúl Benítez Zenteno (coord.) Seminario de Oaxaca, Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM, Siglo XXI, 2a edic., México, 1979.



ÍNDICE

CATEGORÍAS IMPURAS Y DEFINICIONES EN SUSPENSO - POR NELLY RICHARD

PRÓLOGO A LA SEGUNDA EDICIÓN

INTRODUCCIÓN
LA ESCENA PROPIA
EL PUEBLO, LO POPULAR
EL PUEBLO, LO MASIVO
EL PUEBLO, EL ARTE
EL ARTE, LO MASIVO
AFINIDADES
EL CRUCE

INTRODUCCIÓN

CAPÍTULO I
LA CUESTIÓN DE LO ARTÍSTICO
OTROS CONCEPTOS, OTROS MITOS
LOS BAJOS FONDOS DEL ARTE
LO ARTÍSTICO Y LO ARTESANAL
CUESTIONES DE AUTONOMÍA
LOS LÍMITES
LOS OFICIOS DE LA BELLEZA
DISPERSIONES, DESBORDES
INDUSTRIA, FORMA Y FUNCIÓN
ACERCA DE LO ÚNICO
RECAPITULACIONES

CAPÍTULO II
LA CUESTIÓN DE LO POPULAR
LO POPULAR COMO MITO
PUEBLO, NACIÓN, INDIO Y TRADICIÓN
LOS TUTORES
HEGEMONÍAS
LA CULTURA OFICIAL ESTATAL
LA CULTURA ERUDITA
LA CULTURA OFICIAL DE LA IGLESIA
LA CULTURA HEGEMÓNICA INTERNACIONAL
LA CULTURA DE MASAS
LA CULTURA POPULAR

CAPÍTULO III
LA CUESTIÓN DE LO ARTÍSTICO POPULAR
LO POPULAR COMO POPULARIDAD
LO POPULAR COMO VANGUARDISMO
LO POPULAR COMO ACCIÓN EMANCIPADORA
EL COMPROMISO
AMBIVALENCIAS
LO POPULAR COMO TEMA
UN CONCEPTO DE ARTE POPULAR

CAPÍTULO IV
CUESTIONES SOBRE ARTE POPULAR 
LA CUESTIÓN DEL CAMBIO
ESENCIAS, MUDANZAS
LOS CASOS
LA CUESTIÓN DEL DESTINO DEL ARTE POPULAR
EXTERMINIO Y REDENCIÓN
         1. EL ARCHIVO
         2. LA TÉCNICA ORIGINAL
         3. LA ESCISIÓN
                   A. EL ESTETICISMO
                   B. EL FUNCIONALISMO
LA INEXORABLE MODERNIDAD
         1. LOS A-CAPITALISTAS
         2. EL DIVINO DOMINIO
         3. LOS CONTORNOS DE LA DIFERENCIA
         4. EL FUTURO DE LAS FORMAS CONDENADAS
LOS DUEÑOS DEL SÍMBOLO
LA MODERNIDAD DEL ARTE POPULAR

BIBLIOGRAFÍA



martes, 6 de septiembre de 2011

CAMINOS DEL ARTE POPULAR BRASILEÑO - Colección del MUSEO CASA DO PONTAL de RÍO DE JANEIRO / Centro de Artes Visuales/Museo del Barro, Setiembre 2011




“CAMINOS DEL ARTE POPULAR BRASILEÑO”



Apertura: Martes, 6 de Setiembre de 2011
Calle Grabadores del Cabichuí e/ Cañada y Emeterio Miranda
Tel.: 595 21 607.996
La muestra permanecerá abierta al público hasta el 15 de Octubre
Horario del CAV/MUSEO DEL BARRO:
Miércoles y Jueves de 15:30 a 20:00 horas.
Viernes y Sábado de 9 a 12 y de 15:30 a 20:00 Horas




El prestigioso MUSEO CASA DO PONTAL de RÍO DE JANEIRO presenta el martes 6 en el Museo del Barro, una rica colección de arte popular, indígena y contemporáneo brasilero

En el marco de la conmemoración del Bicentenario patrio, cuya articulación corresponde la Secretaria Nacional de Cultura, se presenta la exposición denominada “CAMINOS DEL ARTE POPULAR BRASILEÑO”

La muestra reúne cerca de 200 piezas de las distintas zonas del país vecino y es el resultado de un convenio firmado con el Ministerio de Cultura del Brasil, que tiene como objetivo de intensificar las relaciones bilaterales entre los países miembros del MERCOSUR, fortaleciendo la circulación y el intercambio de bienes culturales.


 Las obras representan las actividades cotidianas diarias, el imaginario popular festivo y religioso y otros temas que entremezclan la realidad y los sueños.
 La selección de las piezas, explica Ángela Mascelani, “se caracterizó por traer al Paraguay una colección que sintetizara la diversidad del arte popular brasilero”.

 “Estarán presentes reconocidos nombres como el Maestro Vitalino con la obra Lavoura; Ze Caboclo, con dos piezas que será el tema de la exposición: Fotógrafo y Bom día, además de Manuel Eudocio y Antonio Luiz, con su fascinación por las maquinas”, añade.

Refiere asimismo que se exhibirán “obras potentes, capaces de transmitir al público la fuerza de esta producción cultural en el que florece al arte popular brasileño”.


 Cabe señalar que el Museo Casa do Pontal es el más prestigiosos del Brasil debido “a la excelencia de su colección en la historia de sus operaciones y la pertinencia conceptual de sus responsables y curadores.” Este reconocimiento se proyecta igualmente a nivel internacional, pues durante los últimos 40 años concibió, produjo y realizo con éxito decenas de exposiciones de su colección en varias capitales brasileñas al igual que en Francia, Alemania, Bélgica, Argentina, España, Estados Unidos de Norteamérica e India. 

La muestra se realizará en el Museo del Barro por la similitud que presenta el trabajo de ambas instituciones: “que se dejaron seducir por la riqueza, la belleza y la fuerza de la producción plástica popular”.

“CAMINOS DEL ARTE POPULAR BRASILERO” cuenta, además de la SECRETARIA DE CULTURA, con el patrocinio  de  Petrobras, Vale Institucional y con apoyo financiero del BNDES






lunes, 26 de julio de 2010

TICIO ESCOBAR - EL ARTE DE LAS MISIONES: LOS JESUITAS / Fuentes: ACERCA DE LAS IMAGINERÍA RELIGIOSA MISIONERA Y POPULAR EN EL PARAGUAY.

EL ARTE DE LAS MISIONES:
LOS JESUITAS
Autor: TICIO ESCOBAR
(Enlace a documentos y obras
En la GALERÍA DE ARTES del
www.portalguarani.com )
.
EL ARTE DE LAS MISIONES: LOS JESUITAS
LA CUESTIÓN DEL ARTE.
La circunstancia de que la confección de pinturas, retablos y, muy principalmente, esculturas misioneras se hallara sometida en los talleres a un controlado sistema de copias–sistema que no dejaba margen a la libertad expresiva del indígena-, así como el hecho de que tal confección estuviere orientada exclusivamente a fines extraartísticos, básicamente de evangelización, plantea dificultades a la hora de hablar de un “arte de las misiones”, como de un “arte colonial”, en general: todo el sistema de la Colonia desconoció esa posibilidad.
Cuando se habla de “arte” pues, se usa ese término con cautela y conciencia de su arbitrariedad: sirve para nombrar aquellas prácticas o productos que, desde la manipulación de la forma sensible y el juego de la imagen, precipitan nuevos contenidos expresivos, verdades oscuras que aparecen, por un instante, vislumbradas. Es decir, el arte moviliza sentidos que trascienden la función (en este caso evangelizadora) del objeto. Éste es, obviamente, un concepto moderno de arte, pero resulta útil para encarar retrospectivamente objetos históricos marcados por un plus de significado, auratizados.
Volvamos, pues, a la cuestión: hasta qué punto puede hablarse hoy de artisticidad con relación a formas anteriores impuestas, copiadas y desprovistas de toda intención creativa.
Resulta, de entrada, evidente el valor estético y expresivo de una parte considerable de la producción colonial santera. Al lado de muchas piezas inertes y deslucidas, producto desganado de un trabajo obligatorio de taller o intento pretensioso de remedar el espíritu europeo, se afirman piezas originales, potentes en sus razones nuevas. ¿Dónde se habrían apoyado esas razones que no fuera en los ámbitos regidos por el programa misionero? ¿Cómo lograron colarse en un espacio tan estrictamente controlado?
Partamos del caso más extremo, por su eficacia reduccional, el jesuítico. La intención de los jesuitas era no sólo promover un arte (entendido en su acepción de “oficio”) basado en el calco de las obras europeas, sino mantener, aunque implícito, el sentido original de esos modelos; reproducir la sensibilidad y el gusto de las metrópolis, considerados paradigmas universales de lo estético. Los artesanos de las misiones debían adscribirse al ideal de belleza central y, sin intentar producir arte, transcribir los gestos, trazas y proporciones del arte copiado. Según el criterio de los maestros jesuitas, las mejores obras eran aquellas que más se identificaban con ese ideal ajeno. Sepp escribe que las pinturas hechas por los indígenas reducidos “son tan vistosas y magistrales que… se apreciarían en la Roma misma” (24) (“en una catedral alemana”, dice en otro lado (25)). Desde este afán, las señales de identidad que por descuido, impericia o voluntad de autoafirmación dejare el indio copista, eran consideradas cifras de un extravío irremediable. Cuando el provincial Luis de la Roca realizó una visita a las misiones jesuíticas a comienzos del s. XVIII, ordenó que se cambiasen muchas de las esculturas y pinturas por obras “decentes”. Comentando este hecho, Furlong llega a esta conclusión: “Hubo, así, en las Reducciones, como fuera de ellas, la imaginería barata y popular” (26). Esta imaginería “no decente” sería aquella marcada por el estigma de la diferencia. Es posible que entre la obra descartada por el provincial se encontraren las piezas más significativas del arte misionero: aquellas capaces de expresar el breve margen de coincidencia o cruce entre lo que siente el indio y lo que quiere el misionero.
A partir del s. XVIII, muchas de las piezas decentes ya lograban coincidir con el original.
En este contexto, Furlong refuta con orgullo el error de “considerar de procedencia europea las obras de rasgos más finos y de méritos más innegables, y considerar de factura indígena las más toscas y primitivas. Todas estas estatuas… son de origen americano, aun cuando en unas predomina el aire de la estatuaria italiana y, en otras, la alemana” (27). Pero es, sin embargo, en el s. XVIII cuando, paralelamente a la producción de las obras celebradas por los padres, se consolida lo que, forzando un poco el término, podríamos llamar “estilo” jesuítico. Es decir, “estilo” como sello de una tendencia formal específica, no como reflejo de una historia ajena. Retomemos la pregunta ¿cómo pudo colarse la diferencia en un sistema impermeable?

(26) Guillermo Furlong, S.J., Historia Social y Cultural del Río de la Plata (1536-1810), Tomo II, El transplante cultural: arte, Tipográfica Edit., Buenos Aires, Argentina, 1969, pág. 315. Aunque Furlong sostiene que esas imágenes eran producidas en serie, aclara que no se refiere a la realizada en molde por Sepp; lo serial debe, pues, ser entendido en este caso como sinónimo de repetitivo, carente de originalidad.
(27) Misiones…, op. cit., pág. 494.
.
Detalle de talla de retablo. Taller jesuítico. s. XVIII.
CAV/Museo del Barro.
.
LOS LÍMITES DEL SISTEMA JESUÍTICO
Debe considerarse que, aun poderoso, el orden jesuítico no podía resultar perfecto. En primer lugar, aunque aspirasen a encarnar en tierras bárbaras el arquetipo de belleza clásico o barroco, los misioneros sabían que, en las difíciles condiciones que imponían esas tierras, debían hacer la vista gorda ante ciertos descarríos de la copia. La ausencia de tradición figurativa del indígena (cuyas representaciones fueron siempre abstractas), así como su vocación visual escueta, su falta de pericia en esculpir y pintar y su desinterés en realizar una tarea cuyo alcance no compartía, le llevaban a distorsiones de la imagen que, por forzosas, debían ser toleradas. Indudablemente, luego de casi dos siglos de práctica, la capacidad de copiar el modelo -e incluso de comprender, si no compartir, ciertos sentidos suyos- acercaron al copista a los modelos. Pero a lo largo de ese tiempo, la destreza habría crecido y, con ella, la capacidad de expresión y aun el talento: ya se encontraba el artesano en condiciones de reinterpretar la forma impuesta, de domarla, de contaminarla con las cifras obstinadamente infieles de la memoria. También esta situación debía ser aceptada por los jesuitas, que ni ante las deformaciones de la imagen ni ante su expresión renegada podían hacer demasiado con los medios con que contaban.
La falta de recursos técnicos constituía, en efecto, otro problema que limitaba la escrupulosidad del sistema. Falta de materiales, en primer lugar, especialmente de pinturas (según Furlong, la escasez de tintes habría condicionado el predominio de la escultura en la región (28)); carestía de obras originales que sirviesen de modelo, después: en la gran mayoría de los casos, los copistas empleaban estampas como muestras, lo que conspiraba contra la fidelidad de copia, sobre todo en el caso de que ésta requiriese soluciones tridimensionales.
Otro problema: el relativo a los maestros especializados. Éstos no abundaban ni abundaba el talento en ellos; fuera de Luis Berger y Luis de La Croix (o La Cruz, en ciertos documentos) en el s. XVII y Brasanelli en el XVIII –artistas medianos, aun ellos– no aparecieron en las reducciones tutores de nombres destacables (29). Quienes instruían en los talleres eran esmerados padres y hermanos, formados ellos mismos por presión de las circunstancias, ya que, como escribe Cardiel, “a poca aplicación y práctica salen maestros” (30).
Los jesuitas tuvieron que asumir estas restricciones, como otras tantas ocurridas en otros ámbitos. Al fin y al cabo, no se trataba de sacar artistas, sino de salvar almas y, para ello, de mantener ocupados los cuerpos en tareas decorosas. Y productivas. Cuando no había otro remedio que ser flexibles, los jesuitas sabían serlo: al comienzo de las reducciones toleraban muchas cosas para poder exigir después el cumplimiento riguroso de las otras, las innegociables. Con la copia de las imágenes fueron todo lo inflexibles que pudieron ser, pero aceptaron razonablemente las reglas del juego subtropical y apartado.
Sabían que sus disculpas serían disculpadas: en 1865, casi cien años después de la expulsión de la Compañía de Jesús, De Moussay, luego de visitar la misión de Santa Rosa, escribe que, aunque hay mucho que objetar, “desde el punto de vista del arte...” “sus estatuas distan mucho de ser perfectas; los ornamentos no manifiestan un gusto puro, refinado…”. Sin embargo admite que “cuando se piensa con qué elementos, en qué país, y a qué distancia de Europa los Padres de la Compañía de Jesús han realizado semejantes maravillas, se queda uno profundamente admirado” (31).
Ahora bien, por esas pequeñas hendiduras del bloque jesuítico pudo filtrarse el mirar desviado del indio copista. Esa mirada incontrolable permitió la aparición de contornos, de trazos, de sombras rápidas: evidencias, fugaces pero intensas, de encuentros y colisiones; de creencias readaptadas, impugnadas o porfiadamente cauteladas. El mundo guaraní tradicional se había roto y vuelto irrecuperable; quizá para expresar sus ruinas o compensar la pérdida o nombrar casi en silencio los gérmenes de posibles signos nuevos, el guaraní misionalizado encontraba en las formas extranjeras un cobijo mínimo: una guarida abierta en los últimos rincones adonde no alcanzó a llegar el control misionero. Ésa es la base de la diferencia.
Sin ella, todo el arte jesuítico no sería más que una copia adulterada de modelos mediocres.
La fuerza de muchas esculturas jesuíticas se alimenta de las reservas bárbaras que cautelan los intersticios del sistema jesuítico: desde ese capital furtivo pudieron ellas desplegar con decisión sus formas imperfectas.

(28) Ídem, pág. 525.
(29) Fuera de los nombres conocidos, ya citados, dice Josefina Plá: “de los jesuitas gestores del arte misionero sería imposible afirmar en general que fueran artistas notables… de la mayoría de ellos no nos consta siquiera que fuesen alumnos de un imaginero o pintor famoso de la época”. El Barroco Hispano Guaraní, Editorial del Centenario S.R.L., Asunción, 1975, pág. 67.
(30) Cit. en Plá, op. cit., pág. 67.
(31) Cit. en Furlong, Historia…, pág. 580.
.

CRUCIFIJO, Taller jesuítico. S. XVIII. CAV/Museo del Barro.
.
ESTILOS
Los modelos jesuíticos se basaban en tendencias diferentes; básicamente clásicas, tardo-renacentistas, manieristas y barrocas. Es posible que estas últimas llegaran tardíamente, a fines del s. XVII o, aun, a comienzos del XVIII (32), pero devienen sin duda el componente más definido en la constitución de lo que podríamos llamar un “estilo jesuítico”. La desmesura barroca se encuentra en el extremo opuesto de la austera sensibilidad guaraní.
Expresado fundamentalmente en las formas abstractas de la pintura corporal, el ajuar plumario, la cestería y la cerámica, el sentido estético nativo chocó enseguida con la figuración realista europea que suplantaba esas expresiones. El conflicto no provenía solamente de incompatibilidad de registros simbólicos, sino del hecho mismo de la sustitución, de un cambio forzado. Pero la divergencia de los sistemas visuales en pugna agravaba la violencia de esa imposición y exasperaba la tensión de las formas. Quizá esa misma tensión haya alimentado las fuerzas en juego y empujado las imágenes hasta el límite: la crispación extrema de la forma, en puja con un contenido o con otra forma, constituye un agente propulsor de hecho artístico. Quizá, producida a lo largo de tanto tiempo, la repetición del guaraní de la imagen extranjera le haya llevado a descubrir cruces rápidos con su historia nueva o a negociar acuerdos secretos con ella: el desconocido dramatismo que acercó el barroco, la flexibilidad de sus formas, su carácter teatral, su riqueza de recursos y efectos para conmover la sensibilidad, todas esas notas suyas, brillantes y seductoras, están preparadas para expresar experiencias, memorias y aspiraciones distintas, sobre todo cuando éstas ya han sido cribadas por las categorías de la misión.
Aunque nunca el guaraní haya terminado de asumir el sentido del mundo cristiano, luego de más de ciento cincuenta años de reducción tampoco era ya el mismo avá montés: de hecho, cuando intentó, no pudo readaptarse a “su vida de antes”. Ese indígena casi plenamente aculturado pero nunca totalmente evangelizado, a medio camino ya entre dos cosmovisiones estéticas, poseedor de destreza expresiva y conciencia de cierto status privilegiado de santo apoháva, pudo haber encontrado en la plasticidad barroca una posibilidad de expresar nuevos contenidos que aún carecían de imagen. De haber ocurrido, todo esto ocurrió a contrapelo del rumbo misionero, en sus intersticios como queda dicho, aunque aceptado en el margen de error que contempla el más calculado de los proyectos.
Ramiro Domínguez sostiene que el esquematismo visual guaraní, al verse invadido por la “orgía de expresión” y el patetismo del barroco, resiste tratando de contener los excesos de éste e imponer la tendencia depurada y lineal de su propia estética. En este proceso se habrían dado tres momentos: el primero correspondería al transplante directo de las pautas europeas; el segundo, a un sincretismo en el que coexisten elementos indígenas y europeos; y el tercero, al triunfo de las formas del indígena, que se autorrecuperan después de remansar la exuberancia barroca y purificarla según sus propios códigos (33).
El resultado es una obra cuyo fuerte valor expresivo ocurre en el límite de la brusca parálisis del movimiento realista, una obra cuyo “esquema resulta barroco por su profusión pero no por su movimiento”, por usar una eficaz figura de Josefina Plá. Así, el complicado armazón tridimensional que sostiene la representación verista sufre un súbito lance de detención que congela el gesto, altera la composición y, por lo tanto, la proporción; endurece el diseño, modera la perspectiva y subraya la línea. La característica pieza de lo que se llama, con propiedad o no, “barroco hispano-guaraní” corresponde a una escultura cuya convulsión de pliegues, ondulaciones y curvaturas se resuelve en ángulos rígidos, planos y líneas rectas. A diferencia de lo que sucede con la típica escultura franciscana, cuyo andamiaje entero se esquematiza y simplifica, la jesuítica más representativa conserva la complejidad de su arquitectura interna, pero la descompone en diversas partes simplificadas una a una, de modo que el conjunto entero debe apelar a nuevos principios de equilibrio: un juego de simetrías rearticulado mediante rígidos contrapesos geometrizados que niegan el dinamismo barroco.
Surge así un nuevo sentido de expresión, no basado en el patetismo que proponen los modelos, sino en una elocuencia impasible y serena, restauradora en parte del antiguo ideal guaraní de la belleza.

(32) Sustercic afirma que el Barroco llega a las misiones de la mano de José Brasanelli, arquitecto, pintor y escultor que trabajó en los museos misioneros desde 1691 hasta 1728. Darko Bozidar Sustercic, “El arte guaraní de las misiones jesuíticas y franciscanas en la Colección de Nicolás Darío Latourrette Bo”, en El Barroco en el Mundo Guaraní, op.cit., pág. 54.
(33) En Ticio Escobar, Una interpretación de las artes visuales en el Paraguay, Tomo I, Colección de las Américas, Asunción, 1982, pág. 261.

MÁRGENES
Cabe consignar en este punto algunas aclaraciones que restringen el alcance de lo recién expuesto. La primera se refiere al hecho de que, obviamente, no todas las producciones de los talleres jesuíticos alcanzan un nivel de expresividad y ajuste formal que las convierta en genuinas obras de arte; la mayoría de ellas no constituye más que réplicas, mejor o peor logradas, de los paradigmas europeos. Pero, tampoco, no todas las imágenes logradas en su fuerza expresiva y su valor formal se ajustan a esta modalidad barroco-guaraní; existe otro camino para asumir la oposición entre códigos antagónicos, como en ciertas magníficas piezas jesuíticas (por ejemplo, el Cristo de la Columna, del Museo de Santa María) cuya construcción rotunda y estricta evita la complejidad escultórica de aquella modalidad y hace que las obras adquieran un aire primitivo y arcaizante. Es posible que muchas de estas piezas hayan sido producidas en los primeros tiempos misioneros, pero la calidad de su factura y la potencia de su expresión manifiestan una muy bien adquirida destreza escultórica.
Sustersic habla de “estatuas horcones”, cuya simplicidad se hallaba condicionada por la forma cilíndrica de los troncos de cedro (árbol mítico guaraní), madera utilizada para su factura. “Aunque muy raras en la actualidad, pues la reforma barroca arrasó con ellas, esas imágenes-horcones frontales, estáticas y simétricas, que constituían la antítesis del estilo barroco, prevalecían en los retablos misioneros del siglo XVII” (34).
La segunda aclaración precisa que no todas las imágenes realizadas por los indígenas en los talleres jesuíticos corresponden a las grandes esculturas destinadas al ornato de los templos. El autor recién citado diferencia entre éstas (que alcanzan una altura media de un metro y corresponden básicamente a las que han sido tratadas hasta ahora); las pequeñas tallas de devoción familiar, que oscilan entre quince y treinta centímetros; y las de santos “procesionales”, cuya altura alcanza entre cuarenta centímetros y un metro, y son utilizadas para presidir y proteger labores campestres (como las de San Roque y San Isidro Labrador y su esposa, Santa María de la Cabeza) o encabezar los viajes y expediciones militares (San Miguel, San Rafael). La disputa en torno al barroco se habría dado sólo en las esculturas litúrgicas; las otras, menos sujetas al control de los maestros de oficio, habrían expresado con mayor espontaneidad la sensibilidad indígena (35).
La última aclaración: a efectos de compararlas mejor, se ha simplificado acá la oposición entre la imagen jesuítica y la franciscana, empleando casos extremos. Pero, según queda indicado, resulta difícil desmarcar tajantemente ambos estilos, en el sentido amplio en que se usa acá ese término escurridizo. No sólo porque coinciden en gran parte las condiciones que signan la producción de los talleres franciscanos (también impuesta como obligación comunitaria y también basada en la transferencia de modelos ajenos y con celo vigilada), sino porque la sensibilidad guaraní, compartida por ambos estilos, promueve actitudes y genera soluciones similares en ambos casos. Así, cuando se mencionan las respectivas particularidades de las obras provenientes de uno u otro modelo reduccional, debe asumirse la existencia de una franja incierta integrada por obras misioneras difícilmente diferenciables en su origen jesuítico o franciscano. Dando por supuesto este hecho, el próximo punto vuelve sobre las diferencias entre ambos estilos, tomando como referencia ahora la obra de los talleres franciscanos.

34 Op. cit., pág. 54.
35 Ídem., pág. 60.


Fuente: ACERCA DE LAS
IMAGINERÍA RELIGIOSA MISIONERA
Y POPULAR EN EL PARAGUAY
.
(INTRODUCCIÓN)
.
Fuente: CATÁLOGO IMAGINERÍA RELIGIOSA
PUBLICADO CON EL APOYO DE
THE GETTY FOUNDATION.
CENTRO DE ARTES VISUALES/MUSEO DEL BARRO
ASUNCIÓN • PARAGUAY , 2008.
.
Enlace al espacio de
en la GALERÍA DE ARTES del

CATÁLOGO IMAGINERÍA RELIGIOSA PUBLICADO CON EL APOYO DE THE GETTY FOUNDATION. / Fuente: CENTRO DE ARTES VISUALES/THE GETTY FOUNDATION.

CATÁLOGO IMAGINERÍA RELIGIOSA
PUBLICADO CON EL APOYO DE
THE GETTY FOUNDATION.
CENTRO DE ARTES VISUALES/
MUSEO DEL BARRO
ASUNCIÓN • PARAGUAY
2008

.
Catálogo Imaginería Religiosa
© Centro de Artes Visuales/Museo del Barro y los autores
Director del Centro de Artes Visuales: CARLOS COLOMBINO
Director del Museo del Barro: OSVALDO SALERNO
Director del Museo de Arte Indígena: TICIO ESCOBAR
Calle Grabadores del Cabichuí entre Emeterio Miranda y Cañada
Asunción, Paraguay
Telefax: 595.21.607996
info@museodelbarro.com ,
www.museodelbarro.com
Las fotografías que ilustran los artículos de los autores corresponden a Susana Salerno y Julio Salvatierra. Cuando otro fuera el autor, se consignará. Forman parte del Departamento de Documentación e Investigaciones del CAV/Museo del Barro (DDI).
Catalogación: TICIO ESCOBAR.
Documentación y fichaje: LÍA COLOMBINO.
Cuidado de Edición: LÍA COLOMBINO.
Diseño del Catálogo: OSVALDO SALERNO.
Diagramación: MIGUEL LÓPEZ y JULIO CARDOZO.
Diseño de fichas y programación: SUSANA SALERNO y JULIO SALVATIERRA.
Fotografías: SUSANA SALERNO y JULIO SALVATIERRA.
Corrección: DERLIS ESQUIVEL.
Impresión: Arte Nuevo - Montevideo 1.665, Asunción, Paraguay.
Primera Edición de 1.250 ejemplares.
Asunción, Paraguay, Marzo de 2008.
Hecho el depósito que marca la Ley Nº 1328/98
.


Vista de la sala de imaginería religiosa del
CAV/Museo del Barro. Archivo DDI.
.
CATÁLOGO/IMAGINERÍA RELIGIOSA
ACLARACIONES PRELIMINARES

Este catálogo registra, sistematiza y comenta las obras pertenecientes al acervo de arte sacro del Centro de Artes Visuales/ Museo del Barro: objetos producidos en las misiones religiosas y desarrollados luego como creaciones populares a través de diversos procesos de transculturación. Tal como se procedió para la clasificación de las piezas que integran las colecciones de arte indígena, en este caso se apela a criterios flexibles de ordenamiento buscando que ellos den cuenta de la especificidad de tales obras y faciliten el acceso a las mismas.
.
Imagen izquierda:
San Juan. Taller jesuítico. s. XVIII. CAV/Museo del Barro.
Imagen derecha:
Virgen de la Inmaculada Concepción. Taller franciscano.
Caazapá, s. XVIII. CAV/Museo del Barro.

.
Según se fundamenta en los artículos teóricos que contextualizan las obras pertenecientes a las colecciones, las notas que marcan la producción de tales obras no pueden ser asimiladas directamente a las que caracterizan el arte occidental. Enredadas en funciones extraestéticas (religiosas, sociales, económicas) y animadas por complejos procesos transculturativos, las piezas que componen los acervos ahora catalogados requieren diversos criterios de ordenamiento y exposición que no siempre se compadecen con los de una lógica taxonómica rigurosa. Esta transgresión clasificatoria no resulta grave pues la informatización del catálogo permite que las búsquedas tengan accesos diversos.
El propio término “arte” aplicado a las piezas catalogadas supone un cierto abuso de la extensión convencional del concepto de arte, puesto que tales piezas no constituyen objetos estéticos autónomos, aunque no puedan ser desconocidas en su valor formal y su alcance expresivo. Las imágenes religiosas creadas por los indígenas y los mestizos, dentro y fuera de las misiones, no aspiran a constituirse en obras únicas y originales y no tienen, por lo tanto, ningún inconveniente en repetir soluciones y formas a lo largo de siglos; como tampoco tienen problemas en asimilar bruscamente innovaciones en cuanto las mismas coincidan con las demandas diversas de sus procesos culturales. La colección cuenta, por lo tanto, con muchas piezas que, aunque producidas de manera manufacturada, resultan formalmente similares entre sí. Ante esta situación se decidió
-tanto como se hiciera ante las obras de arte indígena- imprimir sólo una ficha (o unas pocas) por objeto correspondiente a cada tipo, dejando registro del número de todas las otras piezas que comprende cada categoría. La descripción y el detalle de la totalidad de las obras de la colección aparecen expuestos en el disco que incluye cada catálogo.
Ante la necesidad de buscar información acerca de una obra específica, se recurre al listado que acompaña cada tipo general o al sistema informático que, ubicado en el local del Museo, detalla esa obra particular y permite relacionarla con otras.
.

Imagen izquierda:
San Gabriel. Taller posjesuítico. s. XIX.
CAV/Museo del Barro.
Imagen derecha:
San Luis Gonzaga. Taller popular franciscano.
Siglos XVIII y XIX. CAV/Museo del Barro.
.
Para determinar las categorías básicas de clasificación obras, se optó por considerar en primer lugar los escenarios de la producción de imágenes “santeras”: el de las reducciones jesuíticas y de los pueblos de indios sujetos a misiones franciscanas, el de la la colección, Catálogo Imaginería Religiosa está constituida en base a piezas adquiridas por Carlos Colombino a lo largo de veinticinco años, creció con el aporte de obras donadas por Osvaldo Salerno y otros particulares e instituciones, así como con piezas compradas mediante fondos del Museo. En principio, la idea curatorial de esta colección se dirigía a reunir tallas religiosas producidas sólo por artistas populares mestizos a partir del s. XIX.
Posteriormente, se decidió, por razones didácticas, incorporar además obras que conforman los antecedentes de las tallas populares: las producidas por los indígenas en las misiones jesuíticas y franciscanas y en los llamados táva, los “pueblos de indios” sujetos al poder civil (ss. XVII al XIX).
.
DOCUMENTOS:
*. ACERCA DE LAS IMAGINERÍA RELIGIOSA MISIONERA Y POPULAR EN EL PARAGUAY. Por TICIO ESCOBAR
*. DE FINOS ATEÍSTAS A DELICADOS SANTEROS. IMAGINERÍA E IMAGINARIO EN EL MUNDO GUARANÍ. Por BARTOMEU MELIÀ
*. EL ETERNO DESTELLO. Por GABRIELA SIRACUSANO.
.
Enlace al espacio
en la GALERÍA DE ARTES del

viernes, 23 de julio de 2010

CATÁLOGO MUSEO DE ARTE INDÍGENA - CENTRO DE ARTES VISUALES/MUSEO DEL BARRO.(2008)

CATÁLOGO MUSEO DE ARTE INDÍGENA
PUBLICADO CON EL APOYO DE:
THE GETTY FOUNDATION
CENTRO DE ARTES VISUALES/
MUSEO DEL BARRO.
Asunción-Paraguay - 2008

.
Catálogo Museo de Arte Indígena
© Centro de Artes Visuales/Museo del Barro y los autores
Director del Centro de Artes Visuales: Carlos Colombino
Director del Museo del Barro: Osvaldo Salerno
Director del Museo de Arte Indígena: Ticio Escobar
Calle Grabadores del Cabichuí entre Emeterio Miranda y Cañada
Asunción, Paraguay
Telefax: 595.21. 607.996 (Para adquirir el material)
info@museodelbarro.com ,
www.museodelbarro.com
La mayoría de las fotografías que ilustran los artículos de los autores forman parte del Departamento de Documentación e Investigaciones del CAV/Museo del Barro (DDI). Las restantes fueron cedidas por sus autores cuyos nombres se consignan en cada epígrafe.
.
Catalogación: TICIO ESCOBAR.
Documentación y fichaje: LÍA COLOMBINO.
Cuidado de Edición: LÍA COLOMBINO.
Diseño del Catálogo: OSVALDO SALERNO.
Diagramación: MIGUEL LÓPEZ y JULIO CARDOZO.
Diseño de fichas y programación: SUSANA SALERNO y JULIO SALVATIERRA.
Fotografías: SUSANA SALERNO y JULIO SALVATIERRA.
Corrección: DERLIS ESQUIVEL.
Impresión: Arte Nuevo - Montevideo 1665, Asunción, Paraguay.
Primera Edición de 1250 ejemplares.
Asunción, Paraguay, Marzo de 2008.
Hecho el depósito que marca la Ley Nº 1328/98.
Catálogo/MUSEO DE ARTE INDÍGENA.
.

PRELIMINARES
CRITERIOS DE CLASIFICACIÓN

Asumiendo la particularidad de las piezas que componen el acervo de arte indígena del Centro de Artes Visuales/Museo del Barro, el correspondiente catálogo debe recurrir a ciertas estrategias expositivas que faciliten la clasificación y la presentación de los diferentes objetos. Dado que -según lo expresado en los textos teóricos publicados en este catálogo- las notas de lo artístico indígena son diferentes a las del arte occidental, especialmente el marcado por la estética moderna, se vuelve necesario apelar a diferentes dispositivos de ajuste, que implican ciertas transgresiones a una lógica taxonómica estricta.
En primer lugar, la unicidad de los objetos -que considera éstos como productos de una creación individual, original y única- no constituye un valor para el arte indígena, basado en la reiteración de los cánones colectivos, aunque no cerrado a las inflexiones particulares de cada artista.
Existen muchas piezas que, si bien se encuentran manufacturadas, resultan, de hecho, idénticas entre sí. Ante este caso, se optó por describir los tipos generales registrando el número de objetos que integran cada uno de ellos. La descripción individual de las piezas que componen el total del acervo aparece desarrollada en el disco que acompaña cada ejemplar del catálogo. Si se precisa identificar una obra específica se recurre al listado que acompaña cada tipo general o al sistema informático que, ubicado en el local del Museo, detalla esa obra particular y permite relacionarla con otras. La propia determinación de qué pieza se constituye en un tipo general es relativa: existen variaciones notables entre categorías secundarias que exigen su presentación como caso separado.
En segundo lugar, los materiales y técnicas que juegan un papel determinante en la constitución del hecho artístico, presentan variaciones notables que impiden una clasificación tajante y unívoca. Esta cuestión se complica porque el arte indígena no apuesta a una sola variable de significación: a veces ésta privilegia el color; otras, el material o la forma; de manera que resulta imposible mantener criterios clasificatorios estables sin sacrificar el sentido de piezas particulares, irreducibles a una categoría. Esta clasificación ha optado por partir de los materiales que componen cada objeto, a fin de considerar luego la etnia que lo produjo, el tipo de objeto (definido por su forma y su función) y su nombre indígena. Sucesivamente se consideran las técnicas de confección, los materiales secundarios, los sistemas de decoración, las localizaciones geográficas, etc., de modo que un objeto puede ser identificado desde diferentes entradas. En algunos casos se ha debido contravenir la lógica clasificatoria para facilitar esa identificación. Por ejemplo, los indígenas ishir producen aderezos plumarios multiuso: ciertos adornos ceremoniales y shamánicos consisten en ristras de plumas cuya función, y aun su forma final, son definidas en cada caso: según la circunstancia, el mismo elemento puede servir de muñequera, falda, corona, tobillera, cubrenuca, etc. En este caso, el objeto es clasificado simplemente como Ristra, atendiendo al procedimiento de su confección, y descrito en sus muchas posibilidades expresivas y funcionales. Otras piezas también plantean dificultades taxonómicas: por ejemplo, los adornos ceremoniales de los indígenas mataco otorgan igual valor al material de base (la lana roja), a las plumas que los guarnecen y a las mostacillas o conchas que los decoran. Entonces, para clasificar esta pieza, se toma como material principal la pluma, considerando que ésta constituye el elemento más estable (la lana roja y los abalorios pueden, eventualmente, variar). De todas maneras, el sistema informático permite que pueda accederse a cualquiera de los tocados pertenecientes a este tipo igualmente desde las categorías PLUMA, LANA o ABALORIO.
Buscando establecer categorías básicas de clasificación, se optó por partir de las diferentes culturas étnicas, buscando considerar luego los objetos específicos a partir de sus componentes materiales, sus técnicas y sus usos. Pero estas categorizaciones resultan de un valor apenas indicativo, puesto que la informatización del catálogo permite que las búsquedas tengan accesos diversos: el número individual que cataloga cada objeto resulta el mejor indicador para obtener información completa del mismo y, desde la ficha correspondiente, iniciar la búsqueda en los distintos campos a que se abre la misma.

LAS OTRAS ESCRITURAS
Se utiliza la grafía del idioma guaraní solamente para escribir vocablos pertenecientes a esta lengua. Ante la ausencia de convenciones sistematizadas en su escritura, los términos correspondientes a otros idiomas indígenas siguen la ortografía del español.
Se mencionan a continuación sólo las convenciones más comunes del guaraní: la y indica la sexta vocal, gutural; la virgulilla (~) colocada sobre las vocales vuelve éstas nasales; la h se pronuncia en forma aspirada, como en inglés, y la j, como la y en español; por último, en guaraní se marca el acento de las palabras sobresdrújulas, esdrújulas y llanas: todas las que no llevan tilde son leídas como agudas (por ejemplo tujuju se lee “tuyuyú”; jaguarete, “yaguareté”, etc.). Siguiendo la tradición, esta última regla no se aplica en la escritura de los gentilicios de las etnias (por lo tanto, éstos se acentúan aun siendo agudos: los mbyá, avá, etc.). El puso es un signo ortográfico utilizado en guaraní para indicar un corte fonético entre dos vocales. Se lo indica con el signo del apóstrofo (‘).
Aunque provengan del guaraní, las denominaciones de vegetales y animales incorporadas al español no se ajustan a las reglas citadas más arriba ni son escritas en cursivas. Tampoco emplean esta grafía las palabras pertenecientes a la cultura aché: si bien corresponde a la familia lingüística guaraní, el idioma aché presenta marcadas particularidades que justifican un tratamiento diferente de su escritura. Se mantiene la convención de no pluralizar los nombres de las etnias atendiendo a que los mismos responden a sistemas propios de pluralización (p.e., los ayoreo). Se respeta, sin embargo, la pluralización en lengua indígena utilizada por algunos de los autores cuyos textos integran este volumen (p.e., los ayoreode). También se mantiene la escritura particular de nombres indígenas empleada por cada autor.
.
BREVE HISTORIA DE LA COLECCIÓN DE ARTE INDÍGENA
En más de un 90%, los objetos que integran esta colección fueron adquiridos por Ticio Escobar con fondos propios en distintas comunidades indígenas, tiendas de artesanía y colecciones particulares. La otra parte del acervo fue comprada por el Centro de Artes Visuales/Museo del Barro y donada por misioneros (Bjerni Fostervold, Alejandro Pytel, y Juan Reis), antropólogos (Miguel Chase Sardi, Benno Glauser, Marilín Rehnfeldt, Jürgen Riester, Guillermo Sequera y Oleg Vysokolán) y particulares (Angélica Baldwin, Bruno Barrás, Heddy Benítez, Lia Colombino, Derlis Esquivel, Cristina Gómez, Marcelo Hernáez, Clemente López, Ricardo Migliorisi, Rosa María Ortiz, Marilín Parini, Josefina Plá, Mercedes Rodríguez de Chase, Joaquín Sánchez, Félix Toranzos y Karina Yaluk).
En 1982 TICIO ESCOBAR publicó el primer tomo de UNA INTERPRETACIÓN DE LAS ARTES VISUALES EN PARAGUAY, un libro que argumentaba teóricamente en pro del carácter artístico de ciertos objetos, imágenes y prácticas de la cultura indígena y los consideraba en pie de igualdad con las producciones populares y eruditas. Esta posición no sólo le llevó a levantar un registro del arte indígena producido en el Paraguay, sino que le impulsó a iniciar una colección de piezas de diferentes etnias, base de la que luego sería la colección del Museo de Arte Indígena del Centro de Artes Visuales/Museo del Barro (CAV).
La colección inicial adquirió un carácter más sistemático a partir de 1985, cuando el CAV organizó en la Galería Arte-Sanos, Asunción, Paraguay, la muestra ARTE PLUMARIO Y DE ABALORIOS. Ticio Escobar y Osvaldo Salerno, curadores de la muestra, visitaron diferentes comunidades indígenas y recurrieron a algunas pocas colecciones privadas con el objeto de colectar piezas representativas para la citada exposición. La muestra dejó como saldo un lote que pasó a enriquecer substancialmente el acervo de la colección inicial.
En el curso de los trabajos preparatorios de la exposición de 1985, Ticio Escobar y el etnomusicólogo Guillermo Sequera habían tomado contacto con un grupo de indígenas ishir –los tomáraho- que sobrevivían apartados de todo proceso de integración a la sociedad nacional, aunque gravemente perjudicados por la neocolonización del Chaco, que estaba provocando la extinción del grupo. Ese contacto dio lugar a un largo trabajo de acompañamiento a los citados indígenas en sus procesos de sobrevivencia y recuperación demográfica, así como en la reivindicación de sus territorios tradicionales y en sus diversas demandas y negociaciones con la sociedad envolvente. Para el cumplimiento de esas tareas fueron conformadas dos entidades que integraban diversos sectores de la sociedad civil: la COMISIÓN DE SOLIDARIDAD CON LOS PUEBLOS INDÍGENAS (cuyo programa Grupo de Apoyo a los Tomáraho -GAT- estaba dirigido puntualmente a respaldar esa comunidad específica) y la Asociación Theo Binder. Apoyo a las Comunidades Indígenas del Paraguay (ACIP). La primera tenía una dirección política y se orientaba a acompañar las gestiones indígenas en el ámbito de la consecución o recuperación de tierras; la autodeterminación política, cultural y religiosa y la denuncia de los casos de etnocidio, comunes durante la dictadura de Stroessner (1954-1989). La segunda entidad estaba dirigida a apoyar los procesos de reacomodo de los grupos indígenas en nuevos hábitat, asesorarlos técnicamente y promover programas de salud, vivienda, subsistencia económica y educación.
De este modo, las colecciones se fueron formando en el contexto de diferentes tareas de apoyo a la causa indígena y vinculadas con las difíciles situaciones en que se encontraban las comunidades. La producción de objetos artesanales comenzaba a afirmarse entonces como una interesante posibilidad de sustento indígena: una fuente económica subsidiaria que, desarrollada alternativamente a los modelos tradicionales, ayudaba al mantenimiento de muchas comunidades sin arriesgar su cohesión cultural (como la arriesgaban, y lo siguen haciendo, ciertos trabajos realizados fuera del grupo, que significan no sólo dispersión sociocultural, sino explotación económica). Esta situación favorecía la posibilidad de que las colecciones fueran formadas en condiciones interculturales simétricas y sin perturbar la dinámica productiva de los creadores, bien posicionados éstos para negociar la venta (o el trueque) de las piezas. En algunos casos, los propios indígenas dieron indicaciones acerca de cómo debían disponerse las piezas en el museo e, incluso, participaron directamente de su montaje (tal el caso de los tomáraho que instalaron los trajes ceremoniales en las correspondientes vitrinas).
Otras dos exposiciones, realizadas en el CAV, resultaron fundamentales para el crecimiento y la consolidación de los acervos. En 1987, coordinada por Alejandro Pytel, la muestra Arte avá guaraní presentó un lote de tallas en madera realizadas por la comunidad de Acaraymí; muchas de estas piezas fueron adquiridas para la colección. En 1989, la exposición EL SUEÑO AMENAZADO: ARTE INDÍGENA DEL PARAGUAY presentó un panorama de conjunto de la producción estética de las distintas etnias. Ambas muestras, así como la realizada en 1985, invocaban en su título el término “arte”, hecho que indica claramente la intención de reconocer en las prácticas expresivas de las etnias un valor estético, por encima de sus destinos rituales y sus funciones utilitarias y más allá de su consideración etnográfica como meros objetos de “cultura material”. Se iba definiendo de este modo el diagrama del guión museográfico del Centro de Artes Visuales/Museo del Barro.
En 1985, Escobar publicó el libro EL MITO DEL ARTE Y EL MITO DEL PUEBLO. CUESTIONES SOBRE ARTE POPULAR, que ampliaba su pensamiento sobre el arte indígena planteado en su primer libro.
Sus teorías sobre el tema fueron desarrollados en otros dos libros publicados posteriormente: LA BELLEZA DE LOS OTROS. ARTE INDÍGENA DEL PARAGUAY (1993) y LA MALDICIÓN DE NEMUR. ACERCA DEL ARTE, EL MITO Y EL RITUAL DE LOS INDÍGENAS ISHIR DEL GRAN CHACO PARAGUAYO (1999). Estas publicaciones conforman el corpus teórico que sustenta la formación de las colecciones y respalda el discurso curatorial del CAV. Éste quedó definido en su estructura a partir de 1995, cuando se inauguró el Museo de Arte Indígena, cuyo acervo se encuentra conformado por la colección inicial, que continúa hasta hoy enriqueciéndose con nuevas adquisiciones.
De este modo, la consideración de ciertas manifestaciones culturales indígenas como genuinas formas de arte sirvió de base al libreto museológico del Centro de Artes Visuales/Museo del Barro, que progresivamente fue articulando sus colecciones distintas hasta presentar, en un mismo nivel de importancia, el arte indígena, el popular y el ilustrado como momentos diferentes del arte desarrollado en el Paraguay. Así, las piezas que integran la colección de arte indígena no están exhibidas en clave etnográfica, folklórica o histórica, sino estrictamente artística, aunque, a través de distintas instancias de mediación, las exposiciones se encuentran abiertas a lecturas pluridisciplinarias y vinculadas con la problemática social de los sectores indígenas.
.


DOCUMENTOS:
-. ARTE INDÍGENA: ZOZOBRAS, PESARES Y PERSPECTIVAS. Por TICIO ESCOBAR.
-. ARTE INDÍGENA EN EL PARAGUAY: LOS CONFLICTOS DE LA MODERNIDAD. Por OLEG VYSOKOLÁN y TICIO ESCOBAR.
-. ETNIA AYOREO. Por BENNO GLAUSER.
-. MODELOS CULTURALES DE RESISTENCIA. LOS GUARANÍ EN EL PARAGUAY. Por MARILÍN REHNFELDT.
-. CINCO MUERTES PARA UNA BREVE CRÍTICA DE LA RAZÓN ARTESANAL. Por NICOLÁS RICHARD.
.
Fuente: CATÁLOGO MUSEO DE ARTE INDÍGENA
PUBLICADO CON EL APOYO DE:
THE GETTY FOUNDATION
Asunción-Paraguay - 2008.