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lunes, 24 de octubre de 2011

PRIMERA EXPOFERIA DE ARTESANÍA INDÍGENA “MANOS DE ESTA TIERRA” / Lugar: Plaza de la Democracia, del 26 de Octubre al 2 de Noviembre del 2011.




PRIMERA EXPOFERIA DE ARTESANÍA INDÍGENA

“MANOS DE ESTA TIERRA”

Fecha: Miércoles 26 de octubre de 2011
Hora: 17:00 hs
Lugar: Plaza de la Democracia
(Independencia Nacional y Cerro Cora)




El Presidente del Instituto Paraguayo de Artesanía Don FREDY OLMEDO, se complace en invitarles a participar del Acto Inaugural de la Primera Expoferia de Artesanía Indígena MANOS DE MI TIERRA que se realizara el 26 de octubre del corriente a las 17:00 en la Plaza de la Democracia (Independencia Nacional y Cerro Cora).




DEPARTAMENTO DE COMUNICACIÓN



Teléfono: (595 – 21) 498343




viernes, 20 de agosto de 2010

BRANISLAVA SUSNIK - ALFARERÍA INDÍGENA / Fuente: ARTESANÍA INDÍGENA. ENSAYO ANALÍTICO, Imágenes: COLECCIÓN MUSEO ANDRÉS BARBERO.

ALFARERÍA INDÍGENA
Ensayo de BRANISLAVA SUSNIK
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )

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ALFARERÍA INDÍGENA
Merecen destacarse dos tipos de alfarería indígena en el Paraguay; la alfarería guaraní del Paraguay Oriental y la alfarería guaná-mbayá del Alto Paraguay; la primera es importante no sólo por su representatividad formal y ornamental, sino también por su caracterización identificadora etnocultural; la segunda constituye una simbiosis excepcional manufacturera, si bien limitada a una sociedad inter-étnico-cultural de los Mbayá-Guaycurúes y los Chané-Arawak.

En contraste con el apego a la manufactura cestera, los modernos Guaraníes abandonaron su tradicional alfarería; la "olla de hierro" y los modernos recipientes influyeron en una rápida adopción utilitaria, perdiendo muchas vasijas de uso festival su motivación funcional. Según el testimonio del P. Dobrizhoffer, los "Monteses" de Mbaé verá, asentados entre los ríos "Acaray y Monday, aún a mediados del siglo XVIII practicaban algún ocasional entierro en urnas funerarias. En la época colonial predominaba la cerámica pautada; empero, los "tavá-pueblos" y las reducciones seguían apoyando la simple alfarería utilitaria. El pueblo de Itá -hasta 1848 exclusivamente poblado por los Guaraníes transculturados-, era conocido por su producción alfarera; al respecto es interesante el testimonio de Félix de Azara: "Se distingue este pueblo de todos en ser la única fábrica de vasijas de barro que provee a toda la provincia y aún en paste a Santa Fé y Buenos Aires, no obstante de que su calidad es mediana y su duración poca. Sólo las mujeres se ocupan de esto los ratos que les permiten las faenas de la comunidad. El material es greda negra con alguna arena, que extraen de los valles y los lugares hondos, la cual a mano maceran con poca agua mezclándola una parte de polvos, que sacan del molimiento de vasijas rotas. Cuando la pasta está en estado hacen de ella como chorizo que enroscando a mano igualando con el revés de una concha los surcos o desigualdades. Para darles color rojo, deslíen en el agua una tierra como almazarrón (ocre rojo) que sacan de la inmediación del cerro de Acaay, y con ella bañan las vasijas que luego cuecen, cubriéndola de leña y dándole fuego. Desde luego pueden asegurarse que un solo alfarero haría más y mejores vasijas en un día que todo el Pueblo en muchos..." (Azara p. 21).' La mujer guaraní transculturada conservó la antigua técnica alfarera -pero no la forma-, y de esta manera obtenía alguna ventaja económica dentro de los límites comunales; una tal orientación de alfarería por necesidad y utilidad -en el ambiente criollo-rural y guaraní pueblerino-, no favorecía una imaginación artesanal propiamente dicha. En el valle de Aguará, antiguo pueblo guaraní de Altos, se encontró un enterratorio de ollas y fuentes; enteras y fragmentadas. Las ollas, altas unos 20 cents., con diámetro de 30 cents., con fondo convexo, son de color natural, las paredes a veces decoradas con algunas estrías irregulares o simples líneas incisas; llevan dos a cuatro asideras compactas, una adopción claramente colonial. Las fuentes, altas unos 15 cmts., con diámetro de 35 cents., tienen cantos ondulados, bañadas en rojo o llevando listas de ocre rojo, estrías profundas o con algún simple motivo fitomorfo.

Los antiguos Guaraníes eran excelentes alfareros, si bien sin descollar una variación formal a ornamental; los emigrantes Chiriguanos del siglo XVI conservaron hasta el siglo pasado sus "cobertizos-talleres" en sus comunidades para la manufacturación de las vasijas de uso festival. Practicando los antiguos Guaraníes el entierro en urnas funerarias, el hallazgo de grandes recipientes casi identifican -por su tipología formal y decorativa-; su dispersión pobladora. No todas las grandes "yapepó"- -ollas fuera de su use culinario-, servían de urnas funerarias; se usaban también para la preparación o el estoraje de aloja de maíz, especialmente de la primera cosecha coligada con el ritual de la primicia, y en ocasión del rito antropofágico; también en estos casos, las "yapepó" debían enterrarse por su función de "unicidad" festival. Para clasificar la cerámica guaraní conviene considerar su tipo ornamental como un medio ordenador; se destacan cuatro estilos: corrugado-inciso, acepillado, pintado simple o en motivos, e imbricado; en los hallazgos arqueológicos predominan los estilos inciso y pintado, ya que los pequeños recipientes, utilitarios o festivales, quedaron más fragmentados y dispersos.
El estilo corrugado-inciso caracteriza a la primera ola migratoria del "ava" amazónico que representa el estrato proto-mbyá-guaraní de cultura neolítica incipiente; según la tradición mitológica, el Avá-yapepó migrante habría usado la vasija-urna para su viaje al lugar post-mortem. El estilo corrugado interpreta la impresión digital directamente o ya usando una pequeña espátula, permitiendo el manejo libre de la superficie de la vasija. La técnica es siempre en espiral, con imposición de rodetes de barro; el interior de las vasijas se alisa cuidadosamente; el grosor de las paredes es generalmente de 1 cmt., ensanchándose algo hacia el fondo. Las grandes "yapepó", con el fondo pocas veces suficientemente plano para quedarse paradas, tienen una altura promedia de 45 a 80 cmts., correspondiendo a la misma casi el diámetro de la abertura; las variaciones de estas proporciones a veces caracterizan a los antiguos grupos regionales guaraníes. El máximo anchor de una yapepó -una se halla generalmente al terminar la segunda de las tres partes de la vasija desde el fondo; en dicha circunferencia se denota un canto pronunciado, a veces cortante o arredondeado, disminuyendo luego el anchor hacia el cuello; este, alto de 5 a 8 cmts., tiene bordes ligeramente ensanchados hacia afuera, pero no hay al respecto una pauta estable. Las tapas que se colocan sobre las urnas en forma de una cúpula chata, son simples vasijas-fuentes hondas, de uso común en las sociedades neolíticas que aprovechan ampliamente su alimentación a base de las plantas cultivadas; tales fuentes-tapas son altas de 15 a 25 cmts., anchas de 30 a 45 cmts., con el canto del borde generalmente poco pronunciado. También estas fuentes-tapas quedan cubiertas en toda su superficie con la ornamentación digital. En los enterratorios guaraníes se puede observar que los cráneos de los muertos -probablemente caídos en combate-, son cubiertos por tales fuentes-tapas; en este caso, algunas llevan en su superficie interior lisa algunas bandas pintadas de rojo de "urucú".

Las vasijas más pequeñas -del mismo estilo corrugado-digital-, de uso utilitario, tienen preferentemente la forma globular, el fondo algo achatado; la circunferencia, donde corre el máximo anchor de la vasija, es algo redondeada, pero nunca forma cantos pronunciados o cortantes como es usual en el estilo de las vasijas pintadas. En las regiones habitadas por los Guayráes y los Tapés era más frecuente -según los hallazgos-, la combinación de dos estilos, el digital en el cuello y el acepillado en el resto de la superficie, a veces con incisiones profundas. En el Paraguay Oriental, los hallazgos demuestran cierta preferencia por esta ornamentación decorada en la zona alto-paranaense y también ypanense de los antiguos Itatines.

En las pequeñas dádivas funerarias, potecitos altos unos 10 cmts., con diámetro de 6 cmts., o en escudillas-platillos, suele emplearse la ornamentación inguicular, esta siempre algo limitada a las superficies pequeñas; en tales vasijitas, puestas dentro de las urnas o sobre la tapa de las mismas, solían ponerse algunas piedrecillas de cuarzo, semillas de "yvaú" a otros elementos que pudieran "alegrar" el transito del alma del difunto.

El estilo de vasijas lisas y pintadas es también tipológicamente amazónico y caracteriza el estrato "cario" de la última ola inmigratoria del "avá", al parecer, ya con ciertas influencias alfareras de los Arawak. Las grandes "yapepó" o las urnas funerarias de este estilo se destacan por ser su altura siempre mayor que el diámetro máximo de las vasijas; por su tipo formal-distintivo se dividen en tres partes: la parte globular inferior hasta llegar a su circunferencia máxima, abarcando casi dos terceras partes de la vasija, es ornamentalmente simple, llevando algunas líneas paralelas incisas a modo de "acepillado"; la parte superior, destacada por un canto más o menos pronunciado, disminuyendo a la vez la circunferencia por entalles-cantos, es pintada ya simplemente con la caolina Blanca o diseños decorativos; el cuello de la vasija lleva un listón hundido, este generalmente pintado en rojo de ocre o "urucú" sea cual sea el diseño ornamental de la superficie. Las grandes fuentes culinarias y festivales, que servían también como "tapas" para las urnas, altas unos 20 cmts., no solían llevar la ornamentación en su superficie exterior -fuera del blanco de caolina-, pero sí en la interior, generalmente en bandas rojas en zig-zag sobre el fondo blanco de caolina. Las vasijas medianas y pequeñas -al parecer de carácter festival por su uso-, manifiestan formas más variadas, con una modelación más libre de la parte superior de la vasija, permitiendo una expresión individual de la mujer alfarera; el fondo suele ser plano o achatado. Tales vasijas suelen hallarse pintadas en blanco y rojo en su superficie -total o parcialmente-, pero no son frecuentes los motivos ornamentales, excepto si se trata de potecitos -dadivas funerarias o pequeñas escudillas-, estas últimas destinadas para agasajar con aloja de maíz a los shamanes, "caraí", andantes.

En el área "cario-guaraní", la ornamentación preferencial es de color rojo oscuro sobre el fondo blanco-amarillento; en el área paranaense y tapé-mbiazá predominan los diseños en amarillo y negro sobre un fondo rojizo-marrón oscuro o grisáceo, interviniendo el tipo de la greda usada. Entre los motivos decorativos se destacan por su frecuencia: listas sencillas de color alternado, bandas de ángulos encajados uno dentro del otro, líneas curvas o serpenteadas –especialmente en color rojo oscuro-, bandas cruzadas intermitentemente por líneas o puntos negros, bandas de motivos meándricos, corriendo a veces en dirección opuesta o bandas de líneas horizontales como abriéndose las hojuelas de flores, un motivo algo exclusivo del área tapé-mbiazá; no faltan simples motivos simétricos en zig-zag o líneas arqueadas interrumpidas por las verticales algo serpenteadas. Para la coloración, los Guaraníes se servían del mismo tinte el barro-tierra que usaban, el blanco de "tobatí", el rojo de "tapyla" y el negro de simple hollín. Conviene destacar que la ornamentación en diseños decorativos era más limitada en el área de las parcialidades del hoy Paraguay Oriental, en contraste con el alto índice entre los Paranaes, Uruguayeneses, Guayraes y Tapés. Los motivos ornamentales reflejan una básica transposición de la técnica del trenzado-cestería. El tipo ornamental se abandonó rápidamente, cuando los Guaraníes ya carecían de la debida motivación festival, siempre un gran estimulo competitivo.

En la cerámica de uso culinario predomina el simple acepillado, pasándose las espigas de maíz sobre la superficie aun fresca; en el sub-cuello -entre los Paranaenses especialmente-, tales vasijas llevan una banda ornamental, hecha la espátula de madera, presionándose en el sentido oblicuo. La ornamentación imbricada proviene de los hallazgos de la antiguas provincias de Ygañá y Aguapey, dando la impresión de la aplicación de un trenzado o del uso de un rodete dentado, cubriéndose la superficie de la vasija en bandas horizontales o verticales; el canto de las vasijas suele ser festoneado en tales casos. La cerámica imbricada coligase con el estilo de "Tacuara" sur brasileño, de origen peleo-amazónico.

Los Chiriguano-Guaraníes, que emigraron del Paraguay en el siglo XVI y subyugaron a los antiguas pobladores pre andinos Chané-Arawak, lucharon por su independencia sociopolítica hasta el siglo pasado; empero, si bien su cultura originaria obedecía a las pautas tradicionales guaraníes asimilaron algunos cambios por la influencia arawak y andina; esto puede observarse también en la alfarería; sin entrar en los detalles descriptivos, conviene destacar algunos elementos del cambio. Se manifestó un abierto desdoblamiento entre la alfarería culinaria chiriguana -manteniendo la antigua pauta de decoración en estilo de la ornamentación corrugada-digital-, y la abundante producción alfarera de vasijas destinadas para fines festivales, imponiéndose ya los nuevos patrones, formales, ornamentales y manufactureros de los Arawak andinizados; este hecho interpreta lo que sucedía en la plasmación sociocultural de los Chiriguano-Guaraníes: conservatismo en cuanto a los elementos básicos de su vivencia y, por otra parte, una rápida integración de "novedades" que pueden reafirmar el prestigio tribal del "ava". Precisamente en el campo de la alfarería, donde lo utilitario se mezcla con lo expresivo-festival y deja la libertad individual de la ceramista, puede comprenderse la integración conceptual del cambio cultural. Las vasijas culinarias, "yapepó", quedaron tipológicamente guaraníes, cubiertas total o parcialmente con impresiones digitales; las paredes son a veces acepilladas, pero en tal caso aparecen algunas hileras de protuberancias decorativas en la parte superior de las "yapepó", una característica chané-arawak; el cuello de las mismas es relativamente de pequeño diámetro, lo que implica la preferencia por la cocción de maíz en lugar de mandioca de los Mbyás Orientales. Las vasijas para servir la aloja de maíz en ocasión de grandes convites indican el estilo chané-arawak, son de forma globular, a veces con el canto pronunciado en el mediovientre, con o sin asas, de fondo generalmente plano. Para conferir a las vasijas el lustre-engobe, sírvense de una Mimosóidea ("taraviruti"), de color amarillo, o de la misma resina de Palo santo de color oscuro; de esta manera disminuye también la porosidad de las paredes de las vasijas. Los motivos más frecuentes en las vasijas festivales son los siguientes: a) triangulo en voluta, un elemento atacameño-andino; b) voluta doble en forma de una "S" horizontal, también de origen andino; c) espiral continuada, un motivo poco frecuente y casi limitado al área de Valle Grande de Santa Cruz; d) ángulos, triángulos, líneas en zig-zag, a veces en combinación con ángulos enlazados; e) triángulos isósceles y losanges concéntricas; f) bandas festoneadas; g) líneas interrumpidas con motivo reticulado. De esta manera, la alfarería chiriguana -en cuanto a sus vasijas de carácter festival-, ya no representa tradición guaraní alguna. Algunos motivos fitomorfos o antropomorfos que aparecen en la alfarería chiriguana ya se deben a simples fines de truenques; nunca integrándose a su propia cultura. El ejemplo chiriguano-guaraní explica la importancia de un factor sociocultural que llega a "orientar" o a "estimular" la expresión manufactural.

Los Eyiguayegi-Mabyá-Guaycurúes adoptaron -como todos los Chaqueños de cultura paleolítica originaria-, la alfarería de sus vecinos neolíticos; lograron sociopolíticamente avasallar a los Chané-Guana-Arawak, ya con algunas pautas culturales andizinadas, aprovechando las ventajas de su cultura económica. Los Mbayáes se volvieron en la época colonial ecuestres indomables, estructurando su sociedad por clases de "linajes sociales" y manifestando un ethos verdadero de una ostentación socio-ceremonial. Los convites de aloja, las fiestas de victoria-botín, las visitas interparciales y la misma lucha por el prestigio sociopolítico exigían, entre otras circunstancias también una "ostentación" representativa a través de las vasijas- recipientes; los "niyololas-vasallos", siervos Chané-Guana, hombres y mujeres, -originariamente excelentes alfareros-, prestaban sus servicios en las casas y comunidades cacicales mbayáes; por la misma orientación de sus "señores" Mbayáes lograron integrar a su estilo decorativo un interesante motivario fitomorfo- nunca zoomorfo o antropomorfo-, sirviéndose como "modelo", a veces, de las mismas casullas sacerdotales, obtenidas per los Mbayáes en ocasión de sus razzias botineras en el ambiente provincial. Se trata de una configuración de varios factores que acondicionaron el carácter peculiar de la "alfarería guaná-mbayá- dentro de las modalidades sudamericanas: influencias culturales diferentes, el ethos de una "ostentación" sociotribal y el trabajo de los Chané-Guanás, conocidos por su receptividad y difusión de elementos culturales.

La técnica para la manufacturación de las vasijas era la generalizada en espiral; de antiplástico preferido servía el coco triturado; como greda se usaba con preferencia el barro fino de los barrancos del Río Paraguay, de color gris-azuláceo. Siendo la vasija aún blanda, se delineaban los básicos motivos decorativos por medio de la presión de hilos de "caraguata" (Bromiliáceas), una de las principales características de la alfarería guaná-mbayá. La mujer tenía en la mano izquierda un cordoncillo de "caraguata" bien torcido y mojado; con el dedo índice de la otra mano iba imprimiendo las líneas derechas, quebradas, paralelas o cruzadas según el diseño proyectado. Delineados de esta manera los diseños, se secaban las vasijas primeramente en la sombra, luego al sol. Sobre las vasijas ya secas se pintaban las partes de color rojo, obtenido por la fricción de piedras de hematita. Seguía luego la cocción de vasijas por el fuego circundante; a las vasijas aun calientes se aplicaba la resina verde negruzca de Palo santo. Cuando las vasijas ya estaban del todo frías, se pasaba con un palito, provisto de un botón de algodón, la pasta de caolina Blanca por donde corrían las líneas impresas del hilo de "caraguata".

Por su tipología, las vasijas guaná-mbayá pueden clasificarse de la siguiente manera:
a) Simples cantaros para agua, de use diario, de forma globular, de 30 cmts. de altura y de diámetro, con el fondo preferentemente plano y con el cuello angosto en forma de un bulbo; la superficie es a veces pintada en rojo de hematita, llevando el cuello algunos motivos decorativos con la resina de Palo santo. b) Las vasijas de carácter festival, para el estoraje de aloja, también son globulares, llevan el fondo plano o convexo, en este caso puestas sobre un trípode de madera; el diámetro del cuello es de unos 10 cmts. La ornamentación es muy cuidadosa; la mitad superior del cuerpo de la vasija lleva motivos fitomorfos estilizados, generalmente con gran variación individual de las alfareras, pero el cuello lleva siempre motivos geométricos, siendo preferido el diseño escalonado. c) Las fuentes circulares, altas de 15 a 20 cmts., con el fondo ligeramente convexo, servían para los alimentos preparados a base de la harina de palma "namogóligi"; toda la superficie es cubierta con motivos exclusivamente geométricos, a veces con incrustaciones de abalorios o de planchitas de valvas de moluscos; en los cantos hay a veces perforaciones para poder suspender las vasijas. d) Los-platos-fuentes, de diámetros de 15 a 30 cmts., llevan una destacada ornamentación en su superficie exterior; son de forma circular o elíptica, a veces modelados con algunas proyecciones laterales; la ornamentación es en variadas estilizaciones geométricas y fitomorfas. e) Los pequeños potes cilíndricos se caracterizan por su base anular, en forma de "la luna creciente", según la mitología mbayá; en la juntura de su subcuerpo anular con el cuerpo del pote corre un ancho ribete en su parte inferior. La pared lleva motivos geométricos, pero el fondo sólo tiene pintadas algunas bandas lineales -interpretando el peinado de los hombres por su status socio-guerrero-, lo que indica que tales potes pequeños servían de dádivas funerarias. f) Es particularmente interesante el tipo de vasijas funerarias pequeñas, de diámetros máximo de unos 18 cmts. y una altura menor; el fondo es plano, llevando una perforación central; el cuello es cerrado, aplastado de un lado en forma de una curia; la ornamentación es siempre geométrica, solamente el cuello pintado en listas negras y motivos triangulares. Tales vasijas considerabanse como "la sede del alma" del muerto, probablemente de los "vigilantes" shamanes. g) Los pequeños cantarillos, ya con influencia criollo-colonial, tienen un anillo asidero y a veces dos picos-vertederos. Algunos cantarillos llevan apéndices zoomorfos o ya son modelados en un estilo ornitomorfo. Los apéndices zoomorfos imitan al mítico animal "opokomo", adornando, a veces, también a las vasijas-fuentes; la decoración plástica es muy ocasional en la alfarería guaná-mbayá, correlacionada probablemente con el complejo cerámico del Litoral del Paraná.

Cuando se aplican los motivos geométricos a las vasijas, la superficie se divide en campos de 3 por 4, 6 de 6 por 7 cmts., el motivo es el escalón simple, siguiéndose en orden alternado; el espacio intermedio se pinta en verduzco de resina de Palo santo; de esta manera se forman campos oposicionales con escalones pintados y otros marcados por la impresión de "caraguatá"; los Chaná-Arawak sufrieron, al parecer, la influencia del estilo de Tiahuanaco en su proto-hábitat pre andino. Los motivos fitomorfos, simples y estilizados, denotan plena influencia hispano-colonial; los Mbayáes eran culturalmente abiertos, con cierta tendencia imitadora hacia la expresión socioceremonial y estética. Los motivos estilizados muestran figuras curvilíneas, volutas, rectilineales con volutas o ya directamente en folia, éstas predominando en la alfarería Caduveo-Mbayá. La tipología ornamental de las vasijas festivales, geométrica o fitomorfa, puede compararse con los motivos aplicados en la pintura facial y corporal. Algunos motivos tienen un carácter mbayá exclusivo; así las bandas de líneas pintadas en negro verduzco en las bases anulares de las vasijas funerarias; las disposiciones de tales bandas pintadas interpretan el rapado de la cabeza en bandas según el status sociobiológico del hombre. El motivo del triángulo con prolongación forma parte de la "estrella" que suelen pintarse sobre sus espaldas los hombres Mbayás en ocasiones ceremoniales.

La alfarería guaná-mbayá, no obstante su peculiaridad formal y ornamental, nunca llegó a transmitirse a la manufactura criolla. Los Chané-Guanás formaban densos núcleos pobladores, desde la segunda mitad del siglo XVIII, en el Paraguay Oriental, hasta el Río Ypané y el pueblo de San Juan Nepomuceno; empero, no exigidos por sus "señores" Mbayáes en cuanto a la producción alfarera, limitándose a lo utilitario, y a veces, ellos misinos adoptando la alfarería criolla.

La alfarería de otros grupos Chaqueños es esencialmente utilitaria; había varios focos de difusion alfarera: el sub andino chané-chiriguano, importante para los Matacos, Chulupiés y Chorotis; el chané-arawak altoparaguayense, con influencia sobre los Mbayá-Guaycurúes y los Maskoy; el xarayense del Alto Paraguay, importante por la difusión alfarera paleoamazónica; el litoral -paranaense que conjugaba las tendencias amazónicas y andina, con influencia sobre los pueblos canoeros pescadores del Rio Paraguay; y finalmente el foco difusional de los Guaraníes. No obstante esta potencial periferia cultural, los Chaqueños adoptaron la alfarería según su pauta de un utilitarismo inmediato, quedándole ajena una valoración expresivo-estética.

La técnica empleada por los Chaqueños es también en espiral: de anti plásticos sirven los fragmentos triturados de vasijas rotas; huesos molidos o el mismo carbón vegetal. La selección del barro es generalmente cuidadosa ya que de esto dependía una duración mayor de las vasijas; los Chaqueños hasta hoy día justifican su abandono de la alfarería por la falta de una greda adecuada. Para alisar la superficie se sirven de valvas de moluscos o de pequeños palillos de madera, cuidándose más la parte interior que la exterior de los recipientes. La vasija recién modelada, sécase primeramente al sol, pasando luego por la cocción con el fuego circundante; no se aplica por lo general resina alguna para disminuir la porosidad de las paredes.

Los cántaros para transportar y guardar agua -un elemento de difusión andina-, son los recipientes más importantes para los Chaqueños, éstos siempre dependientes de la provisi6n de agua. Los cántaros tienen la forma ovoide, altura hasta unos 30 cents., un cuello muy corto y angosto de apenas unos 4 cents.; el fondo es ligeramente convexo. A la altura del medio cuerpo del cántaro hay dos asas, puestas con preferencia en el sentido vertical, perforadas para poder traspasar el cordón de "caraguatá", asegurado, para no deslizarse, por un pequeño entalle que corre en la misma altura de las asas; la mujer, exclusiva portadora de cántaros, ataja dicho cordón por la frente apoyándose la vasija sobre su espalda. Entre los Chulupíes, Chorotis y Tapietés hay también cantaros sin asas, debiendo ya transportarse en redes de "caraguata", una costumbre muy difundida entre los Chanés sub andinos. Entre los Chamacocos y los Ayoweo-Moros, la alfarería es muy limitada; los cántaros, pequeños, de forma esferoide, sin asas, con cuello muy angosto y el fondo casi puntiagudo, indican la influencia periférica del área Chiquitana. Los Chamacocos aplican al cántaro aun caliente la resina de Palo santo por toda la superficie, penetrando ésta en las paredes, previniendo la porosidad y dando a la vasija un aspecto de negro brillante.

Además de los cántaros, los Chaqueños adoptaron también algunas ollas para la cocción, generalmente pequeñas, destinadas para cocinar raíces y frutas silvestres que exigen un tratamiento prolongado por contener substancias tóxicas que deben eliminarse; la adopción de estas pequeñas ollas permitía un aprovechamiento más intensivo de la recolección por una parte, y por otra, permitía la preparación de las "sopas" de menudencias de animales silvestres, lo que beneficiaba –dentro del régimen económico-distributivo indígena, a hombres y mujeres "viejos". La forma de estas ollas es generalmente semiglobular, con base plana o ligeramente convexa; suelen llevar dos asas perforadas o simples perforaciones en el canto superior para traspasar el cordón de "caraguatá" y poder suspenderlas sobre el fuego.

Entre los Chulupíes y Chorotis del área pilcomayense se introdujeron las ollas del tipo chiriguano-chané, con cuellos relativamente anchos; conviene tener presente que los Chulupíes prestaban más atención al cultivo; funcionalmente, el cultivo y la olla siempre son dos elementos asociados.

La olla de barro cocido servía también de "olla-tambor", de clara difusión andina; sobre la olla, medio llenada con agua, se extendía la piel de venado, asegurada por medio del cordón de "caraguatá"; la misma palabra que designa a la "olla" como vasija, también interpreta el tambor como instrumento musical. Entre los Chulupíes y los Lenguas-Maskoy era comunes también las fuentes cilíndricas, a veces ornamentadas, destinadas para servir alimentos a base de harina vegetal; los vecinos Chanés era los difusores del uso de tales fuentes, generalmente de carácter festival. Nunca faltaban antes pequeños cantarillos, por lo general sin asas, usados por los cazadores para llevar agua durante sus prolongadas cacerías. Menos difundidas eran pequeñas escudillas de uso individual o ya para guardar tinturas, obtenidas de substancias vegetales.

La ornamentación pintada se reducía siempre a la ocasional aplicación de simples diseños por medio de la resina de Palo santo de color verde-negruzco; para hacer diseños, nunca estilizados, servían simples palillos de madera o las plumas de pájaros. En los motivos ornamentales observase cierta pauta preferencial: los Chulupíes prefieren el diseño de círculos en cántaros y fuentes, los Lenguas y los Makás, el diseño de líneas segmentadas en hilera, los antiguos "Machicui" en forma de un "6"; generalmente tales diseños correlaciónanse con las "marcas" tribales que se manifiestan en el tatuaje o en la pintura facial; predomina la identificación sociotribal sobre la expresión simplemente estética. La ornamentación plástica era excepcional entre los Chaqueños, reduciéndose a algunos ribetes o hileras de protuberancias aplicadas, como entre los Chulupíes y los Tobas occidentales, siendo manifiesta la influencia chanée pre-andina; algunos grupos étnicos Matacos del área pilcomayense adoptaron parcialmente la ornamentación por impresión digital de origen chiriguano -guaraní.

La olla de hierro desplazo rápidamente a las antiguas ollas de barro cocido, interviniendo el proceso del cambio alimenticio; los obrajes, las estancias y las empresas tanineras en el Alto Paraguay promovieron un rápido trueque de "ollas de hierro" por "el trabajo de hacheros". Se conservo por más tiempo la producción de cántaros para agua, por su utilidad y también por un cierto apego tradicional; empero, al iniciarse el desplazamiento tribal y parcial en busca de nuevas ventajas subsistenciales, abandonábase paulatinamente la antigua alfarería, imponiéndose la moderna "latería".

La producción alfarera de los Payaguaes presenta dos diferentes orientaciones: la alfarería adoptada y necesaria para sus propios fines y la adaptada al estilo criollo con simple intención de venta-trueque, una actitud propia de los pragmáticos canoeros-truequistas. Entre los Payaguaes predomina la así llamada "alfarería gruesa", especialmente tratándose de grandes vasijas campanuliformes; es una prueba evidente de la correlación con la alfarería de la zona anegadiza del litoral del río Paraná; el grosor de las paredes alcanza, a veces, unos 2,50 cmts. Las vasijas campanuliformes, de factura algo tosca, son altas unos 70 cents., con el diámetro de 60 cents., en el canto suelen llevar dos o tres hileras de impresiones digitales o ya hechas con palitos redondeados; es una burda imitación del estilo ornamental protombyá-guaraní; la superficie grande de las paredes es marcada por líneas incisas, paralelas y diagonales, a veces profundas a manera de surcos. Tales vasijas no tienen esencialmente una función práctica; suelen cubrirse con ellas los cráneos de los muertos; éstos enterrados en posición flexionada solamente hasta el cuello; las pequeñas islas del río Paraguay eran verdaderos enterratorios de los Payaguaes. Como dádivas funerarias deben considerarse también algunos cántaros -con el cuello más ancho de lo habitual entre los Chaqueños-, generalmente con un o más perforaciones en el mismo cuello, interpretando el concepto de "salida y entrada" de las almas de los muertos para sentir "el sol, el viento y el agua del río", la vivencia tradicional de los canoeros-pescadores-piratas. Algunas vasijas tendrían según el P. Sánchez Labrador, misionero de los Mbayáes del siglo XVIII-, apéndices -asideras en forma de hacha o-mano de almirez, otra prueba de la correlación con el complejo litoral -paranaense. Las vasijas medianas, altas unos 40 cents., de forma campanuliforme, con una perforación en su fondo, se destinaban para destilar la sal de la ribera "salinera" del río Paraguay. Desde la segunda mitad del siglo XVIII, cuando los Payaguaes, perdiendo su "libertad y dominio del río Paraguay", acercándose al ambiente blanco, ellas adoptaron la manufacturación criolla -incluyendo la cocción de vasijas en horno-, vendiendo vasijas y botijones, si bien simultáneamente integrando a su propia economía la "olla de hierro" y cualquier recipiente "de necesidad inmediata". Son dos aspectos que pueden explicar la artesanía indígena en su realidad: la manufacturación por utilidad y expresión cultural auténtica, y la manufacturación de ventaja, disociándose la cultura vivencial de los indígenas, predominando el pragmatismo adaptativo; es un problema esencial de la verdadera deculturación por una parte, y por la otra, el afán integrador de los indígenas a la nueva realidad socio-económica.

Los Mbyá-Guaraníes, limitando su alfarería a algunos cantarillos -con enlaces en "gwembepí"-, no se olvidaron de sus "petyngwá-pipas" de barro cocido, de forma angular, llevando en su parte anterior una cresta modelada, con un agujero en el centro para traspasar el cordoncillo. También en los hallazgos arqueológicos de los antiguos Guaraníes se encuentran las pipas de barro cocido, de forma angular simple la pipa no debía faltar en ocasiones ceremoniales, considerándose como un "instrumento" shamánico como el tabaco "la propiedad" de los "ñanderú". Los Chiripá-Guaraníes prefieren las pipas hechas de madera de "arasá", un motivo coligado con el mítico "señor arbóreo".

Los Aché-Guayakíes adoptaron de los Guaraníes la manufacturación de pequeñas vasijas, "kára kymirí"; son de altura y de diámetro pequeñas, de 15 a 20 cents., de forma algo ovoide, con el fondo algo puntiagudo, modeladas a mano en forma de alguna fruta como el coco, por ejemplo; se usa el barro negro con residuos de substancias vegetales a modo de antiplástico; todas las vasijitas, por ende, son de color negro, muy resquebrajable y sin ornamentación alguna; sirven para calentar la cera de miel y "tapia-gordura" de las larvas. Según la tradición, los Achés usaban antes también "mo-kára -vachú", un recipiente alto, pero de diámetro reducido -del tipo kainganggé-, para el estoraje de la aloja de meollo de palma. Los típicos elementos culturales de carácter neolítico, incluyendo la alfarería, nunca caracterizaban el complejo sociocultural de los Guayakíes; les son comunes los recipientes no cerámicos como "deity"; con tiras de "takwarembó" o con hojas ensiformes de otras plantas hacen el cesto, recubriéndolo luego con cera negra mezclada con carbón para impermeabilizarlo y usarlo de recipiente para agua o para miel.
VASIJAS CULINARIAS. CHIRIGUANO-GUARANÍES.
COLECCIÓN MUSEO ANDRÉS BARBERO


PIPAS DE BARRO COCIDO, PETYNGWA. MBYÁ-GUARANÍ
COLECCIÓN MUSEO ANDRÉS BARBERO


VASIJAS DEL TIPO FESTIVAL; EN EL MEDIO EL TAZÓN,
CON ORNAMENTACIÓN EN SU INTERIOR
COLECCIÓN MUSEO ANDRÉS BARBERO


VASIJA DEL TIPO LISO-PINTADO; GUARANÍ
COLECCIÓN MUSEO ANDRÉS BARBERO
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Fuente:
ARTESANÍA INDÍGENA. ENSAYO ANALÍTICO
Obra de BRANISLAVA SUSNIK
© BRANISLAVA SUSNIK – FUNDACIÓN LA PIEDAD
© Editorial El Lector,
Director Editorial: Pablo León Burían
Tapa: ROBERTO GOIRIZ,
Composición y armado: Fátima Benítez,
Fotos: HOMERO SOLALINDE,
Asunción – Paraguay,
1998 (145 páginas).

jueves, 19 de agosto de 2010

BRANISLAVA SUSNIK - CESTERÍA INDÍGENA / Fuente: ARTESANÍA INDÍGENA. ENSAYO ANALÍTICO, Imágenes: COLECCIÓN MUSEO ANDRÉS BARBERO.

CESTERÍA INDÍGENA
Ensayo de BRANISLAVA SUSNIK
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
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CESTERÍA
La cestería caracteriza a los pueblos cultivadores del área tropical, en pleno contraste con el área chaqueña, donde predomina, funcional y ornamentalmente, la bolsa en labor de red de fibras de "caraguatá". Los antiguos Guaraníes manufacturaban cestos por simple necesidad inmediata o ya cestos más duraderos con alguna expresión ornamental. Entre los modernos Guaraníes pueden observarse tres tipos de cestos: el "ayaka" de los Mbyás, el "yru agwé" de los Chiripás y el "mynakũ/panakú" de los Pañ-Tavyterã; el "ayaka" representa un típico cesto de difusión pan-amazónica. En las antiguas aldeas de los Guaraníes, el cesto, la criba y el "tipiti", estrujador de la mandíoca amarga, simbolizan el verdadero "aguiyé-bienestar" subsistencial.

Para confeccionar el cesto "ayaká", los Mbyás emplean las tiras de "takwarembó" (Chusquea ramosissima), anchas unos 5 milímetros, y la corteza de "gwembepi" (Phylodendron), cuando quieren tener cestos ornamentados. La técnica es un simple entretejido tupido; la forma es casi cilíndrica, con algo de ensanche hacia arriba; unos listones de caña se colocan como refuerzo por debajo del fondo del cesto, subiendo por la parte exterior y luego bajando por la interior hasta la mitad de la altura del cesto; el borde suele reforzarse con el listón de "agwaí" y recubrirse con las tiras de "gwembepí"; el tamaño de cestos varía según su función. La ornamentación en la cestería es una de las más abiertas expresiones estéticas de los Mbyá-Guaraníes -estos tradicionalmente más cesteros que ceramistas-, en cuanto la misma técnica y la materia empleada, "takwarembó" y "gwembepí" negro, permiten las variaciones. El mismo "señor de la roza, de la tierra nueva", el Yakairá, usaría, según la tradición mitológica, el "ayaká", ornamentado. En los cestos representativos, de unos 40 cmts. de altura, corre bajo el borde superior una franja de 10 cmts. de ancho, en la que alternan las tiras de "takwarembó" y de "gwembepí" a modo de formar losanges negras; el interior de la losange se llena de cuadritos negros y blancos a manera de un damero. Los cestos más pequeños tienen toda la superficie ornamentada con motivos geométricos diferentes, losanges, líneas triangulares, a veces hexágonos o paralelogramos, predominando una disposición asimétrica, a veces una expresión individual del hombre cestero. El mismo tipo de "ayaká" tenía a veces la forma circular, de 20 cmts. de altura y diámetro, con la tapa correspondiente, y siempre con una profusa ornamentación entre "takwarembó" y "gwembepí"; según la tradición, tales cestillos podían servir para guardar los adornos plumarios o ya para los huesos de las criaturas muertas en espera de una "nueva vida". Los Mbyás siempre siguieron apegados a este tipo cestero-ornamental; llegaron a revestir en tal técnica rebenques, mazas, mangos de escoba y cualquier objeto de madera; y también adoptaron nuevas formas de cestos y cestillos por simples fines de truenque. No obstante, el tipo de "ayaká" nunca llegó a integrarse a la artesanía criolla, quedando una expresión étnico-artesanal de los Mbyá-Guaraníes.

El cesto "yru'agwé" de los Chiripás es más utilitario y de poca duración; se trata de una modalidad cestera propia de los Chiripás --éstos siendo antiguamente más ceramistas que cesteros--; por otra parte hay que tener presente el factor del proceso de deculturación, cuando se imponen técnicas y formas más simples. El "yru-agwé" es hecho de hojas pinadas de la palma pindó (Cocus Romanzoffianum), de forma algo triangular; la materia prima determina la técnica del entretejido diagonal; el ranquis de la hoja sirve de canto del cesto, reforzando, a veces, con las tiras de "gwembepí”; las hojuelas del fondo del cesto se recogen en una trenza interior o exterior, pasando hasta la mitad de la altura del cesto. Los hojuelas se entrepasan de dos por dos, pero unos 10 cmts. antes de reunirse en la trenza del fondo, el entretejido abarca una sola hojuela, formando el así llamado "tatú rape", el camino del "tatú", que da una mayor solidez al fondo. Los pequeños cestillos triangulares, siempre de hojas pinadas de "pindó", servían de estuches para guardar plumas para los adornos plumarios.

Entre los Pañ-Tavyterã, el cesto más común es "mynakũ/panakú", de una sola hoja de palma, correspondiendo al tipo de cestos elongados para transportar cargas de los Itatines-Guarayos antiguos. Se conserva la tradición del tipo cestero "ayaká", si bien éste ya no constituye una expresión artesanal Pañ-Guaraní. Los emigrantes Chiriguanos del siglo XVI abandonaron la tradicional cestería guaraní, debiendo adaptarse al nuevo hábitat andino y asimilando las pautas chané-arawak pre-andinas.

Todos los Guaraníes prestan mucha atención a las cribas, "yrupé", un elemento infaltable en las antigua casas comunales para tamizar la harina de mandioca, maíz y hasta de meollo de palma; se confeccionan con las tiras de "takwarembó", entramándose las tiras de dos por dos, más o menos distanciales; de cerco sirve un listón de madera liviana, entre los Mbyás ornamentando con el revestimiento de "gwembepí".

En la misma técnica de entretejido de "takwarembó" se manufacturaban los "tapití", los estuches enlogados, que servían para estrujar la mandioca brava, eliminar su substancia venenosa y preparar la tradicional "harina" de mandioca, uno de los elementos subsistenciales de las sociedades neolíticas. La imposición de la mandioca "dulce", sea dentro del ambiente subsistencial de los Guaraníes coloniales, o ya por simple adaptación utilitaria de los "Guaraníes Monteses", influyó en el abandono del "tapití", una antigua expresión del cultivo guaraní de mandioca amarga (Manihot utilísima).

Los grandes cestos de los Aché-Guayakiés, "náko", se confeccionan en la técnica de entretejido diagonal de una hoja de palma "pindó", sirviendo el ranquis de la hoja de armazón, acondicionando de esta manera la forma de una "U" del mismo cesto; las hojuelas de una mitad de la hoja abarcan siempre dos hojuelas de la otra mitad. La parte posterior termina en forma de un abanico que, plegándose, forma una "tapadera". Cada cesto tiene una banda ancha de 15 a 20 cmts., de forma elipsoidal, hecha en un entramado de fibras de "samuhú" (Ceiba pubiflora) o de fibras sacadas de la parte baja del mismo raquis de "pindó"; la mujer guayakí se pone esta banda, "nakochá", sobre la cabeza, quedando la parte del cesto apoyada sobre su espalda.

Los cazadores guayakíes siempre poseen sus "pepó yawa", estuches trenzados de hojas de palma "pindó" para guardar las plumas. No faltan las esteras "pindó kyrabwé"; un borde lo constituye el raquis de la hoja, el borde opuesto se afirma con el trenzado de las hojuelas. Las "kromi-piá", las bandas de forma elipsoide, para llevar a criaturas, son manufacturadas en técnica del trenzado de hilo doble, empleándose con preferencia las fibras de Ceiba pubiflora. La mujer guayakí de más prestigio socio-laboral suele destacarse como la cestera de "mano leñosa".

El tipo de la cestería guaraní no se integró a la artesanía criolla, lo que es comprensible a causa de la misma manera de "llevar carga"; en la época histórica exigíase el "trabajo" del Guaraní; la simbiosis culturo-artesanal sujetábase a las pautas utilitarias de la sociedad colonial por una parte, y por otra, vióse afectada por las propias consecuencias psicológicas de los "indios" deculturados y asimismo des-socializados; los Guaraníes "Monteses" libres seguían con su módulo subsistencial y manufactural; la ornamentación del "ayaká" es una expresión ornamental guaraní y no falta una competencia individual dentro del mismo "ñandéva" comunitario. Por otra parte, los Mbyás -e históricamente también los Chiripás y los Pañ-Tavyterãs-, adoptaron la confección de sombreros, nunca para su uso, sino para algún trueque beneficioso; se trata de elemento cultural por la difusión jesuítico-misional. Interesante es la aplicación de la antigua técnica del trenzado y la ornamentación. Se hacían sombreros de una paja especial, parecida a la fibra de "pindó". La confección empieza por el centro de la copa con un pequeño disco de calabaza con sus agujeros alrededor; de los mismos se atan las tiras de "gwembepí", con las cuales van envolviéndose y asegurando los manojillos de la mencionada paja, llevándose en espiral. De esta manera, el sombrero tiene un color básico amarillo, rayado de negro de "gwembepí". Eran frecuentes también los sombreros simples, hechos solamente de tiras de "gwembepí".
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CESTO "AYAKÁ", MBYÁ-GUARANÍES,
COLECCIÓN MUSEO ANDRÉS BARBERO


SOMBREROS EN LA ANTIGUA TÉCNICA DEL TRENZADO: MBYÁ.
COLECCIÓN MUSEO ANDRÉS BARBERO


CESTO CON LA BANDA; ACHÉ-GUAYAKÍ.
COLECCIÓN MUSEO ANDRÉS BARBERO



CESTILLOS REDONDOS; MBYÁ-GUARANÍES.
COLECCIÓN MUSEO ANDRÉS BARBERO.
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Fuente:

ARTESANÍA INDÍGENA. ENSAYO ANALÍTICO
Obra de BRANISLAVA SUSNIK
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
© BRANISLAVA SUSNIK – FUNDACIÓN LA PIEDAD
© Editorial El Lector,
Director Editorial: Pablo León Burían
Tapa: ROBERTO GOIRIZ,
Composición y armado: Fátima Benítez,
Fotos: HOMERO SOLALINDE,
Asunción – Paraguay, 1998 (145 páginas).

viernes, 23 de julio de 2010

CATÁLOGO MUSEO DE ARTE INDÍGENA - CENTRO DE ARTES VISUALES/MUSEO DEL BARRO.(2008)

CATÁLOGO MUSEO DE ARTE INDÍGENA
PUBLICADO CON EL APOYO DE:
THE GETTY FOUNDATION
CENTRO DE ARTES VISUALES/
MUSEO DEL BARRO.
Asunción-Paraguay - 2008

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Catálogo Museo de Arte Indígena
© Centro de Artes Visuales/Museo del Barro y los autores
Director del Centro de Artes Visuales: Carlos Colombino
Director del Museo del Barro: Osvaldo Salerno
Director del Museo de Arte Indígena: Ticio Escobar
Calle Grabadores del Cabichuí entre Emeterio Miranda y Cañada
Asunción, Paraguay
Telefax: 595.21. 607.996 (Para adquirir el material)
info@museodelbarro.com ,
www.museodelbarro.com
La mayoría de las fotografías que ilustran los artículos de los autores forman parte del Departamento de Documentación e Investigaciones del CAV/Museo del Barro (DDI). Las restantes fueron cedidas por sus autores cuyos nombres se consignan en cada epígrafe.
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Catalogación: TICIO ESCOBAR.
Documentación y fichaje: LÍA COLOMBINO.
Cuidado de Edición: LÍA COLOMBINO.
Diseño del Catálogo: OSVALDO SALERNO.
Diagramación: MIGUEL LÓPEZ y JULIO CARDOZO.
Diseño de fichas y programación: SUSANA SALERNO y JULIO SALVATIERRA.
Fotografías: SUSANA SALERNO y JULIO SALVATIERRA.
Corrección: DERLIS ESQUIVEL.
Impresión: Arte Nuevo - Montevideo 1665, Asunción, Paraguay.
Primera Edición de 1250 ejemplares.
Asunción, Paraguay, Marzo de 2008.
Hecho el depósito que marca la Ley Nº 1328/98.
Catálogo/MUSEO DE ARTE INDÍGENA.
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PRELIMINARES
CRITERIOS DE CLASIFICACIÓN

Asumiendo la particularidad de las piezas que componen el acervo de arte indígena del Centro de Artes Visuales/Museo del Barro, el correspondiente catálogo debe recurrir a ciertas estrategias expositivas que faciliten la clasificación y la presentación de los diferentes objetos. Dado que -según lo expresado en los textos teóricos publicados en este catálogo- las notas de lo artístico indígena son diferentes a las del arte occidental, especialmente el marcado por la estética moderna, se vuelve necesario apelar a diferentes dispositivos de ajuste, que implican ciertas transgresiones a una lógica taxonómica estricta.
En primer lugar, la unicidad de los objetos -que considera éstos como productos de una creación individual, original y única- no constituye un valor para el arte indígena, basado en la reiteración de los cánones colectivos, aunque no cerrado a las inflexiones particulares de cada artista.
Existen muchas piezas que, si bien se encuentran manufacturadas, resultan, de hecho, idénticas entre sí. Ante este caso, se optó por describir los tipos generales registrando el número de objetos que integran cada uno de ellos. La descripción individual de las piezas que componen el total del acervo aparece desarrollada en el disco que acompaña cada ejemplar del catálogo. Si se precisa identificar una obra específica se recurre al listado que acompaña cada tipo general o al sistema informático que, ubicado en el local del Museo, detalla esa obra particular y permite relacionarla con otras. La propia determinación de qué pieza se constituye en un tipo general es relativa: existen variaciones notables entre categorías secundarias que exigen su presentación como caso separado.
En segundo lugar, los materiales y técnicas que juegan un papel determinante en la constitución del hecho artístico, presentan variaciones notables que impiden una clasificación tajante y unívoca. Esta cuestión se complica porque el arte indígena no apuesta a una sola variable de significación: a veces ésta privilegia el color; otras, el material o la forma; de manera que resulta imposible mantener criterios clasificatorios estables sin sacrificar el sentido de piezas particulares, irreducibles a una categoría. Esta clasificación ha optado por partir de los materiales que componen cada objeto, a fin de considerar luego la etnia que lo produjo, el tipo de objeto (definido por su forma y su función) y su nombre indígena. Sucesivamente se consideran las técnicas de confección, los materiales secundarios, los sistemas de decoración, las localizaciones geográficas, etc., de modo que un objeto puede ser identificado desde diferentes entradas. En algunos casos se ha debido contravenir la lógica clasificatoria para facilitar esa identificación. Por ejemplo, los indígenas ishir producen aderezos plumarios multiuso: ciertos adornos ceremoniales y shamánicos consisten en ristras de plumas cuya función, y aun su forma final, son definidas en cada caso: según la circunstancia, el mismo elemento puede servir de muñequera, falda, corona, tobillera, cubrenuca, etc. En este caso, el objeto es clasificado simplemente como Ristra, atendiendo al procedimiento de su confección, y descrito en sus muchas posibilidades expresivas y funcionales. Otras piezas también plantean dificultades taxonómicas: por ejemplo, los adornos ceremoniales de los indígenas mataco otorgan igual valor al material de base (la lana roja), a las plumas que los guarnecen y a las mostacillas o conchas que los decoran. Entonces, para clasificar esta pieza, se toma como material principal la pluma, considerando que ésta constituye el elemento más estable (la lana roja y los abalorios pueden, eventualmente, variar). De todas maneras, el sistema informático permite que pueda accederse a cualquiera de los tocados pertenecientes a este tipo igualmente desde las categorías PLUMA, LANA o ABALORIO.
Buscando establecer categorías básicas de clasificación, se optó por partir de las diferentes culturas étnicas, buscando considerar luego los objetos específicos a partir de sus componentes materiales, sus técnicas y sus usos. Pero estas categorizaciones resultan de un valor apenas indicativo, puesto que la informatización del catálogo permite que las búsquedas tengan accesos diversos: el número individual que cataloga cada objeto resulta el mejor indicador para obtener información completa del mismo y, desde la ficha correspondiente, iniciar la búsqueda en los distintos campos a que se abre la misma.

LAS OTRAS ESCRITURAS
Se utiliza la grafía del idioma guaraní solamente para escribir vocablos pertenecientes a esta lengua. Ante la ausencia de convenciones sistematizadas en su escritura, los términos correspondientes a otros idiomas indígenas siguen la ortografía del español.
Se mencionan a continuación sólo las convenciones más comunes del guaraní: la y indica la sexta vocal, gutural; la virgulilla (~) colocada sobre las vocales vuelve éstas nasales; la h se pronuncia en forma aspirada, como en inglés, y la j, como la y en español; por último, en guaraní se marca el acento de las palabras sobresdrújulas, esdrújulas y llanas: todas las que no llevan tilde son leídas como agudas (por ejemplo tujuju se lee “tuyuyú”; jaguarete, “yaguareté”, etc.). Siguiendo la tradición, esta última regla no se aplica en la escritura de los gentilicios de las etnias (por lo tanto, éstos se acentúan aun siendo agudos: los mbyá, avá, etc.). El puso es un signo ortográfico utilizado en guaraní para indicar un corte fonético entre dos vocales. Se lo indica con el signo del apóstrofo (‘).
Aunque provengan del guaraní, las denominaciones de vegetales y animales incorporadas al español no se ajustan a las reglas citadas más arriba ni son escritas en cursivas. Tampoco emplean esta grafía las palabras pertenecientes a la cultura aché: si bien corresponde a la familia lingüística guaraní, el idioma aché presenta marcadas particularidades que justifican un tratamiento diferente de su escritura. Se mantiene la convención de no pluralizar los nombres de las etnias atendiendo a que los mismos responden a sistemas propios de pluralización (p.e., los ayoreo). Se respeta, sin embargo, la pluralización en lengua indígena utilizada por algunos de los autores cuyos textos integran este volumen (p.e., los ayoreode). También se mantiene la escritura particular de nombres indígenas empleada por cada autor.
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BREVE HISTORIA DE LA COLECCIÓN DE ARTE INDÍGENA
En más de un 90%, los objetos que integran esta colección fueron adquiridos por Ticio Escobar con fondos propios en distintas comunidades indígenas, tiendas de artesanía y colecciones particulares. La otra parte del acervo fue comprada por el Centro de Artes Visuales/Museo del Barro y donada por misioneros (Bjerni Fostervold, Alejandro Pytel, y Juan Reis), antropólogos (Miguel Chase Sardi, Benno Glauser, Marilín Rehnfeldt, Jürgen Riester, Guillermo Sequera y Oleg Vysokolán) y particulares (Angélica Baldwin, Bruno Barrás, Heddy Benítez, Lia Colombino, Derlis Esquivel, Cristina Gómez, Marcelo Hernáez, Clemente López, Ricardo Migliorisi, Rosa María Ortiz, Marilín Parini, Josefina Plá, Mercedes Rodríguez de Chase, Joaquín Sánchez, Félix Toranzos y Karina Yaluk).
En 1982 TICIO ESCOBAR publicó el primer tomo de UNA INTERPRETACIÓN DE LAS ARTES VISUALES EN PARAGUAY, un libro que argumentaba teóricamente en pro del carácter artístico de ciertos objetos, imágenes y prácticas de la cultura indígena y los consideraba en pie de igualdad con las producciones populares y eruditas. Esta posición no sólo le llevó a levantar un registro del arte indígena producido en el Paraguay, sino que le impulsó a iniciar una colección de piezas de diferentes etnias, base de la que luego sería la colección del Museo de Arte Indígena del Centro de Artes Visuales/Museo del Barro (CAV).
La colección inicial adquirió un carácter más sistemático a partir de 1985, cuando el CAV organizó en la Galería Arte-Sanos, Asunción, Paraguay, la muestra ARTE PLUMARIO Y DE ABALORIOS. Ticio Escobar y Osvaldo Salerno, curadores de la muestra, visitaron diferentes comunidades indígenas y recurrieron a algunas pocas colecciones privadas con el objeto de colectar piezas representativas para la citada exposición. La muestra dejó como saldo un lote que pasó a enriquecer substancialmente el acervo de la colección inicial.
En el curso de los trabajos preparatorios de la exposición de 1985, Ticio Escobar y el etnomusicólogo Guillermo Sequera habían tomado contacto con un grupo de indígenas ishir –los tomáraho- que sobrevivían apartados de todo proceso de integración a la sociedad nacional, aunque gravemente perjudicados por la neocolonización del Chaco, que estaba provocando la extinción del grupo. Ese contacto dio lugar a un largo trabajo de acompañamiento a los citados indígenas en sus procesos de sobrevivencia y recuperación demográfica, así como en la reivindicación de sus territorios tradicionales y en sus diversas demandas y negociaciones con la sociedad envolvente. Para el cumplimiento de esas tareas fueron conformadas dos entidades que integraban diversos sectores de la sociedad civil: la COMISIÓN DE SOLIDARIDAD CON LOS PUEBLOS INDÍGENAS (cuyo programa Grupo de Apoyo a los Tomáraho -GAT- estaba dirigido puntualmente a respaldar esa comunidad específica) y la Asociación Theo Binder. Apoyo a las Comunidades Indígenas del Paraguay (ACIP). La primera tenía una dirección política y se orientaba a acompañar las gestiones indígenas en el ámbito de la consecución o recuperación de tierras; la autodeterminación política, cultural y religiosa y la denuncia de los casos de etnocidio, comunes durante la dictadura de Stroessner (1954-1989). La segunda entidad estaba dirigida a apoyar los procesos de reacomodo de los grupos indígenas en nuevos hábitat, asesorarlos técnicamente y promover programas de salud, vivienda, subsistencia económica y educación.
De este modo, las colecciones se fueron formando en el contexto de diferentes tareas de apoyo a la causa indígena y vinculadas con las difíciles situaciones en que se encontraban las comunidades. La producción de objetos artesanales comenzaba a afirmarse entonces como una interesante posibilidad de sustento indígena: una fuente económica subsidiaria que, desarrollada alternativamente a los modelos tradicionales, ayudaba al mantenimiento de muchas comunidades sin arriesgar su cohesión cultural (como la arriesgaban, y lo siguen haciendo, ciertos trabajos realizados fuera del grupo, que significan no sólo dispersión sociocultural, sino explotación económica). Esta situación favorecía la posibilidad de que las colecciones fueran formadas en condiciones interculturales simétricas y sin perturbar la dinámica productiva de los creadores, bien posicionados éstos para negociar la venta (o el trueque) de las piezas. En algunos casos, los propios indígenas dieron indicaciones acerca de cómo debían disponerse las piezas en el museo e, incluso, participaron directamente de su montaje (tal el caso de los tomáraho que instalaron los trajes ceremoniales en las correspondientes vitrinas).
Otras dos exposiciones, realizadas en el CAV, resultaron fundamentales para el crecimiento y la consolidación de los acervos. En 1987, coordinada por Alejandro Pytel, la muestra Arte avá guaraní presentó un lote de tallas en madera realizadas por la comunidad de Acaraymí; muchas de estas piezas fueron adquiridas para la colección. En 1989, la exposición EL SUEÑO AMENAZADO: ARTE INDÍGENA DEL PARAGUAY presentó un panorama de conjunto de la producción estética de las distintas etnias. Ambas muestras, así como la realizada en 1985, invocaban en su título el término “arte”, hecho que indica claramente la intención de reconocer en las prácticas expresivas de las etnias un valor estético, por encima de sus destinos rituales y sus funciones utilitarias y más allá de su consideración etnográfica como meros objetos de “cultura material”. Se iba definiendo de este modo el diagrama del guión museográfico del Centro de Artes Visuales/Museo del Barro.
En 1985, Escobar publicó el libro EL MITO DEL ARTE Y EL MITO DEL PUEBLO. CUESTIONES SOBRE ARTE POPULAR, que ampliaba su pensamiento sobre el arte indígena planteado en su primer libro.
Sus teorías sobre el tema fueron desarrollados en otros dos libros publicados posteriormente: LA BELLEZA DE LOS OTROS. ARTE INDÍGENA DEL PARAGUAY (1993) y LA MALDICIÓN DE NEMUR. ACERCA DEL ARTE, EL MITO Y EL RITUAL DE LOS INDÍGENAS ISHIR DEL GRAN CHACO PARAGUAYO (1999). Estas publicaciones conforman el corpus teórico que sustenta la formación de las colecciones y respalda el discurso curatorial del CAV. Éste quedó definido en su estructura a partir de 1995, cuando se inauguró el Museo de Arte Indígena, cuyo acervo se encuentra conformado por la colección inicial, que continúa hasta hoy enriqueciéndose con nuevas adquisiciones.
De este modo, la consideración de ciertas manifestaciones culturales indígenas como genuinas formas de arte sirvió de base al libreto museológico del Centro de Artes Visuales/Museo del Barro, que progresivamente fue articulando sus colecciones distintas hasta presentar, en un mismo nivel de importancia, el arte indígena, el popular y el ilustrado como momentos diferentes del arte desarrollado en el Paraguay. Así, las piezas que integran la colección de arte indígena no están exhibidas en clave etnográfica, folklórica o histórica, sino estrictamente artística, aunque, a través de distintas instancias de mediación, las exposiciones se encuentran abiertas a lecturas pluridisciplinarias y vinculadas con la problemática social de los sectores indígenas.
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DOCUMENTOS:
-. ARTE INDÍGENA: ZOZOBRAS, PESARES Y PERSPECTIVAS. Por TICIO ESCOBAR.
-. ARTE INDÍGENA EN EL PARAGUAY: LOS CONFLICTOS DE LA MODERNIDAD. Por OLEG VYSOKOLÁN y TICIO ESCOBAR.
-. ETNIA AYOREO. Por BENNO GLAUSER.
-. MODELOS CULTURALES DE RESISTENCIA. LOS GUARANÍ EN EL PARAGUAY. Por MARILÍN REHNFELDT.
-. CINCO MUERTES PARA UNA BREVE CRÍTICA DE LA RAZÓN ARTESANAL. Por NICOLÁS RICHARD.
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Fuente: CATÁLOGO MUSEO DE ARTE INDÍGENA
PUBLICADO CON EL APOYO DE:
THE GETTY FOUNDATION
Asunción-Paraguay - 2008.

jueves, 18 de marzo de 2010

JOSEFINA PLA - EL BARROCO HISPANO GUARANI - Prólogo: BARTOMEU MELIÁ / Versión digital: BIBLIOTECA VIRTUAL DEL PARAGUAY.


EL BARROCO HISPANO GUARANI
Editorial del Centenario S.R.L.
Asunción, 1975
Versión digital:

A manera de Prólogo
** El arte hispano-guaraní es, y su nombre lo dice, una composición colonial. Se trata de volúmenes y espacios en la historia. Esos espacios son coloniales y más que coloniales, porque fueron hechos en un tipo muy especial de colonia: las Reducciones, que llegaron a ser teórica y prácticamente la exaltación pura y utópica de lo que debía ser la colonia y la contradicción contra esta misma colonia por lo que no era.
** Hay piezas de ese arte que están por ahí diseminadas en contra-sacristías polvorientas y en salones prestigiosos de coleccionistas, que tal como están han perdido gran parte de su sentido, palabras perdidas en un cementerio de palabras, catalogadas (a veces ni eso) y alineadas en conjuntos amontonados de cosas muertas. Son sin embargo actos de un hablar artístico que fueron trabajados por la historia, y que trabajados de nuevo ahora en la historia, deben decir algo todavía.
** Desde hace años Josefina Plá ha ensayado la relectura de esos espacios del tiempo perdido, que no es solamente la reconstrucción por la técnica del tornatrás, del llamado marco histórico y de las condiciones e influencias que pueden actuar sobre un producto artístico, sino la creación propia de un modo tal de visión que es profecía del pasado: es recoger el tiempo pasado para VERLO en el porvenir, y de los elementos dispersos predecir la figura, sino completa, por lo menos inteligible de lo que hay en el presente. Es por ello por lo que una buena historia, y más una historia de arte, no es un capítulo de un tiempo concluido, sino un prólogo; de ella surgen las preguntas.
** Las cuestiones principales que se levantan en el trabajo de Josefina Plá y aún más allá de su explicitación, serían entre otras las siguientes: ¿qué es un arte hispano-guaraní?; ¿es una cuestión de tono, según el cual lo hispánico es dicho por manos guaraníes?; ¿es una reinterpretación de contenidos bajados de naves coloniales dentro de un sistema reduccional? Y si este arte es realmente hispano-guaraní, ¿cuán largo fue y qué etapas cubrió el camino que va de la simple copia asimilada al intento de creación integrante?
** Todas estas preguntas son tanto más difíciles cuanto que una posible referencia a un "arte guaraní" pre-reduccional se tiene que limitar a la cerámica y tal vez a la cestería, productos que en el nuevo orden cultural se encuentran apenas en la periferia de lo intencionalmente artístico.
Por otra parte, siendo el arte hispano-guaraní un arte preferentemente religioso y siendo la religión de los guaraníes tribales, una religión de la palabra, toda ella expresada en el ritmo del canto y en los movimientos de la danza, que no usa de representaciones plásticas, sino es apenas una indumentaria y un instrumental ritual mínimo, hay de nuevo aquí una distancia que tuvo que ser recorrida tanto en el orden conceptual como en el orden fáctico para que se pasara de una religión "dicha", como era la guaraní, a una religión cristiana, y católicamente barroca, tan "representada". La distancia parece realmente recorrida, y al decir de los cronistas de la época, sin gran dificultad y hasta con entusiasmo. ¿Ilusión o verdad, substitución impuesta o conversión aceptada?; el mismo arte hispano guaraní contendría una parte de la respuesta, una respuesta suficientemente ambigua, y por tanto real, en el complejo proceso que se opera en todo contacto colonial con sus mecanismos de encuentro, ataque, atracción, reacción, compromiso, conflicto, imposiciones y substituciones, asimilación e interferencias y, a veces, integraciones creativas.
** En el análisis de este arte hispano-guaraní, Josefina Plá ha utilizado tres metodologías convergentes: el rastreo documental de las fuentes escritas, que puedan explicar una parte del proceso cultural en el que se entronca la creación hispano-guaraní, aunque los materiales de los archivos paraguayos son en este capítulo de una desesperante discontinuidad otras fuentes bibliográficas le han sido a la autora de difícil acceso; un segundo método, es lo que en etnografía llamaríamos trabajo de campo, y consiste en la observación auténtica de las "piezas", al fin y al cabo, el verdadero documento; y todo ello – tercer método – visto formalmente por alguien que sabe crear arte y es ella misma un nodo de integración hispano-paraguayo.
Bartomeu Meliá, S. J.
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CONTENIDOS E HIPERVINCULOS
(Ver indice de láminas al final)
Prólogo por Bartomeu Meliá, S. J.
PRIMERA PARTE: LA CIRCUNSTANCIA
I. MEDIO, ETNOS, ORIGENES. ARTE Y ARTESANÍAS EN LA COLONIA.
Los Pobladores. El hábitat. Papel Estratégico de la Colonia. La Cultura Aborigen. Arquitectura Colonial. Las Primeras Artesanías. Alfarería - Cerámica. Tejidos - Cueros. Joyeros y Orfebres. Cultura a fines del XVI. Pobladora Asunción. Esperanzas frustradas. Las Artes en el XVII y XVIII.
II. LA CONQUISTA RELIGIOSA. LAS MISIONES JESUITICAS
Las Encomiendas. Ritmo lento en la Catequesis. La Compañía de Jesús. Los Jesuitas al Paraguay. Gestiones e incidentes. Ambito Ideal para la Empresa. Pedagogía Catequística. Vicisitudes de las Misiones. Periodos en la Historia de las Misiones. Primera Epoca Fundaciones del Guairá. La Destrucción de las Misiones del Guairá. Segunda Epoca de Misiones.
III. LA REPUBLICA DE DIOS
Ara Purú: Empleo del Tiempo. La Música y la Danza. Comunismo Misionero. Organización Tribal - Cabildos. Diplomacia y Pedagogía. Régimen Cotidiano. Castigos. Urbanismo Misional. Aislamiento Misional. Conservación del Guaraní. El elemento Humano. Elementos Culturales Indígenas Conservados. Adquisiciones Culturales. Beneficios para el Indígena. Prosperidad Económica. Oposición a los Jesuitas. Saldo de la labor Misionera.
IV. LOS TALLERES MISIONEROS
I. Anonimato de la obra misionera. II. Origen de los talleres. III. Instalación de los talleres. IV. Los jesuitas maestros. V. El indígena y el trabajo. VI. Régimen de trabajo. VII. La realización. VIII. Rango y condición del artesano misionero. IX. Cuantía de la labor de talleres. X. Los talleres misioneros y las iglesias del área de encomiendas. XI. Trasiego de maestros y artesanos. XII. Modelos. XIII. Materiales Artísticos. XIV. Orfebrería. XV. Tejido y Bordado. XVI. La artesanía del mueble. XVII. Trabajos en guampa y cuero: marroquinería. XVIII. Metalurgia y cerámica.
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SEGUNDA PARTE: LA OBRA
I. AMBITO, VOLUMEN Y CRONOLOGIA DEL BARROCO HISPANO GUARANI
a) Ambito. b) Volumen. –Se inicia el deterioro. –La época aciaga de las Misiones. –Los restos de un patrimonio. c) Cronología.
II. CARACTERES GENERALES DEL BARROCO HISPANO GUARANI
Aporte del Jesuita. Ausencia de Focos Irradiantes. El Sistema de Trabajo. El Aislamiento. Adaptación al Medio. Intervención del Indígena. El Sol Humanizado. Factores Determinantes en la Selección Decorativa. Motivos Decorativos del Dintorno. Simbología en las Imágenes. Determinismo Local. El Elemento Mudejar. La Participación Indígena en la Selección. Motivación Selectiva. Ascetismo Característico. Elementos Predominantes. Rasgos Generales de Estilo. Influencia de los Modelos. Las Imágenes Huecas. El Uniplanismo. Grupos Escultóricos.
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TERCERA PARTE: IMPRENTA Y GRABADO
I. LA IMPRENTA EN LAS MISIONES JESUITICAS
II. EL GRABADO EN LAS DOCTRINAS

CUARTA PARTE: LAS MIGAJAS DE UNA HERENCIA
I. LAS MIGAJAS DE UN PATRIMONIO
1) Arquitectura. 2) Escultura. 3) Pintura.
II. LAS IMAGENES PEREGRINAS
a) María Misionera. b) Los Cristos Hispanoguaraníes. c) Los Santos de la Orden. d) Los Santos Patronos.

QUINTA PARTE:
APUNTES SOBRE ALGUNOS TEMPLOS AUN EXISTENTES EN EL AREA NO MISIONERA
APUNTES HISTORICO - DESCRIPTIVOS SOBRE ALGUNOS TEMPLOS PARAGUAYOS
BIBLIOGRAFIA GENERAL
APENDICES
I. ALGUNOS MISIONEROS DE LABOR DESTACADA EN LAS MISIONES
II. LISTA BIBLIOGRAFICA DE MISIONES (IMPRENTA).
III. EL EJEMPLAR PARAGUAYO DEL LIBRO DE NIERENBERG
IV. LOS TEMPLOS MISIONEROS
V. CRONOLOGÍA DE LAS FUNDACIONES JESUITICAS

INDICE DE LÁMINAS
ARQUITECTURA
Lámina I Nº. 1 Misión de Candelaria.
Lámina II Nº. 2 Frente de la iglesia de San Miguel.
Lámina II Nº. 3 Frente de la iglesia de Misión de Jesús
Lámina III Nº. 4 Detalles del exterior de las iglesias de las Misiones de San Borja y de San Lorenzo.
IMAGINERÍA
Lámina IV Nº. 5 Soldado de un Paso de la Pasión.
Lámina V Nº. 6 Colección de imágenes en Santa María.
Lámina VI Nº. 7 Figura no determinada (talla dorada).
Lámina VI Nº. 8 Sayón (Paso de la Pasión).
Lámina VII Nº. 9 Cristo de la Paciencia.
Lámina VIII Nº. 10 Cristo Juez.
Lámina VIII Nº. 11 Virgen.
Lámina IX Nº. 12 Grupo de la Anunciación.
Lámina X Nº. 13 San Ignacio.
Lámina XI Nº. 14 Santa Lucía.
Lámina XI Nº. 15 Santa Lucía (de espaldas).
Lámina XII Nº. 16 La Magdalena.
Lámina XIII Nº. 18 Virgen. Firmada por José Kabiyú (1718)
PINTURA
Lámina XIII Nº. 17 Virgen.
Lámina XIV Nº. 19 Motivos florales (techos de Yaguarón).
Lámina XV Nº. 20 Tabla pintada (puerta de nicho).
TALLAS EN RELIEVE Y ORNAMENTACIÓN DE IGLESIAS
Lámina XVI Nº. 21 Vista de conjunto del altar mayor de Yaguarón.
Lámina XVII Nº. 22 Detalle del frente del Sagrario del altar mayor de la iglesia de Yaguarón.
Lámina XVIII Nº. 23 Uno de los altares laterales de la iglesia de Yaguarón.
Lámina XIX Nº. 24 Sansón.
GRABADO
Lámina XX Nº. 25 La boca del Infierno.
ORFEBRERÍA
Lámina XX Nº. 26 Candelero de bronce.
VARIAS
Lámina TAPA [Sin especificación de procedencia]
PARAQUARIAE y sus fronteras móviles.
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Autor: JOSEFINA PLÁ
(Enlace a datos biográficos y obras
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miércoles, 17 de marzo de 2010

TICIO ESCOBAR - LA CERÁMICA POPULAR PARAGUAYA / Fuente: UNA INTERPRETACIÓN DE LAS ARTES VISUALES EN EL PARAGUAY.

Autor: TICIO ESCOBAR
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )

LA CERÁMICA POPULAR PARAGUAYA
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Ya vimos que existía una cerámica indígena prehispánica. Las necesidades de la Colonia vieron en ella una posibilidad de resolver no pocos problemas prácticos, por lo que la antigua alfarería hubo de readaptarse a nuevas funciones y dejar otras. Pero ese proceso no rompió cierta continuidad de las formas ceramísticas, que asimilaron sin mayor dificultad los nuevos desafíos históricos, bien apoyadas en su fuerte arraigo colectivo. El resultado fue una nueva cerámica mestiza, de formas simples pero seguras, adecuadas a la concreta situación planteada por la Colonia. Es decir que, en cuanto insertas en un sistema productivo que le daba validez, la cerámica crece y se desarrolla como artesanía popular, hecho que no ocurre con la cerámica indígena, cuyos supuestos socioculturales se habían alterado fundamentalmente.
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Vasija colonial.
El borde superior tiene decoración dígito-pulgar
y el cuerpo está cepillado.
Tanto esta ornamentación como la forma de su base
recuerda aún la cerámica guaraní, pero las pequeñas asas laterales
y la estructura general de la pieza provienen ya de la Colonia.
Museo San Rafael de Itauguá. Foto: Francisco Corral.
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FORMAS
** Las antiguas formas indígenas consistían esencialmente en los yapepó (vasijas, ollas o urnas), los potes, escudillas o cazos, y los ña’ẽ (fuentes y platos), afectados todos ellos a fines domésticos, ceremoniales y festivales. La organización colonial requiere otros recipientes: jarros, cantarillas, vasos, botellones, tinajas, palanganas, etc., no demasiado diferentes a los propios o, en última instancia, a algunos tipos altiplánicos, siempre mucho más cercanos a la experiencia indígena. Y esta necesidad lleva a los reajustes formales que señalábamos. El caso del acriollamiento del cántaro, descrito por Josefina Plá, constituye un ejemplo ilustrativo: "El cántaro modificó sus formas...; se hizo un tanto más ancho de boca con relación al español, más estrecho con relación al indígena, denunciando su injerto dinámico; conservó su amplitud de panza, en contraste con el gálibo esbelto del cántaro manchego y levantino (alto y de escaso diámetro y base precaria), pero perdió sus asas" (10).
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Cántaro decorado con formas de cabezas humanas.
Museo San Rafael de Itauguá.
Foto: Francisco Corral.
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** Pero el aporte formal español no provino solamente de la necesidad de un reajuste a nuevas funciones, sino a la incorporación de motivos figurativos ausentes en la antigua cultura guaraní. Los nuevos temas no actúan sólo superficialmente, como elementos decorativos; también afectan la estructura misma de los tiestos, que deben readaptarse a los diferentes problemas que le plantea la necesidad de representar figuras animales o humanas. Las soluciones son, en general, simples y eficientes, y se encuentran siempre mucho más cerca de la concepción indígena de la forma que de la europea. Especialmente los botellones y los botijos o cantarillas adquieren con funcional naturalidad y rica imaginación formas humanas o derivadas de la fauna local. En este último caso, la preferencia por la representación de determinados animales configura un hecho interesante a través del cual debería buscarse una continuidad con la cultura indígena. Josefina Plá (11) hace al respecto una importante observación: señala, a partir del fenómeno de que la alfarería es siempre tarea femenina, la ausencia de animales ligados al mundo vivencial del varón (gallos, toros o caballos). Sin embargo, la persistencia semántica de cierta fauna -poco integrada a la práctica cotidiana femenina- nos hace suponer que, aparte del factor señalado, de indudable peso, pudieron intervenir otras condiciones vinculadas con la fauna mítica guaraní. Los gallos, toros y caballos no solamente representaban funciones masculinas, sino elementos culturalmente extraños, y es significativa la casi obsesiva presencia -mantenida hasta hoy- de animales como el armadillo, de poco probable connotación doméstica (que se repite, por otra parte, también en las tallas de madera de todas las comunidades indígenas que ocasionalmente practicaron esa artesanía y que, por lo general, tampoco representan animales criollos). Conste que la autora que comentamos, al referirse a los relieves que decoran la cerámica, señala la presencia de animales, como lagartos, ranas, tortugas, serpientes "en que se hacen presentes, salvando el hiato del tiempo, antiquísimas asociaciones mágicas (divinidades o signos de la lluvia, del agua, o simplemente asociados con este líquido o con el meteoro)"(12).
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Derecha: Botellón ictiforme cubierto de engobe y fumigado.
Procede de Itá. CAV/Museo del Barro. Foto: Jesús Ruiz Nestosa.
Izquierda: Cantarilla ornitomorfa con engobe rojo
y pintura blanca de caolín. Procede de Itá.
CAV/Museo del Barro. Foto: Osvaldo Salerno.
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** En el caso de la cerámica antropomorfa, la misma representa cabezas, bustos o figuras enteras, comúnmente sentadas, aunque últimamente han aparecido, especialmente en Tobatí, figuras de pie. La forma significativa es bien apoyada sobre la estructura del cacharro, asumiendo con inteligencia sus características: el tipo redondeado, o bien globular, de las vasijas es aprovechado para completar la percepción de una cabeza humana, sugerir formas femeninas o representar exagerados cuerpos; los vientres de las mismas se convierten en rostros o torsos; las asas sugieren brazos; surgen patas que representan piernas.
** La influencia de las formas hispanas determinó, además, la presencia de figurillas lúdicas, festivas o meramente decorativas. Creemos con Josefina Plá que las mismas tienen su origen en la iconografía religiosa de los "pesebres" o "nacimientos" españoles de las fiestas de Navidad y Reyes, y se vinculan con artesanías similares realizadas en otros países latinoamericanos. Es probable que dichas figuras correspondan a una modalidad bastante reciente de la cerámica popular; no hemos encontrado ninguna referencia a ellas durante la época colonial, ni siquiera en el siglo pasado. Con mucha libertad creativa las figurillas trascienden el de por sí flexible ámbito del "pesebre" local y se profanan en innumerables representaciones de actitudes y escenas cotidianas: mujeres lavando ropa u horneando chipa, burreras, madres con niños, jinetes, músicos, bailarines y, sobre todo últimamente, escenas eróticas. Muchas de ellas también representan animales; en este caso algunos son domésticos, en cuanto provienen del "pesebre": vacas, caballos, burros, ovejas, etc., y otros más librados a la fantasía popular: versiones criollas de dragones y leones.
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Derecha: Mercedes Noguera, Tobatí. Jarra antropomorfa.
El cuerpo de la vasija está decorado con manchas de engobe.
CAV/Museo del Barro. Foto: Jesús Ruiz Nestosa.
Izquierda: Marciana Rojas, Itá.
Cantarilla antropomorfa fumigada. C. 1960.
CAV/Museo del Barro. Foto: Jesús Ruiz Nestosa.
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** La confección de estas pequeñas figuras de barro supone un intuitivo manejo del ritmo espacial y la proporción; son formas ágiles y osadas que, según las alfareras, oscilan de un expresionismo primitivo a soluciones más delicadas y esquemáticas, y están cargadas de carácter y humor populares. Originariamente se habrían dado también en Tobatí, pero hoy sólo se las encuentra en Itá.
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Rosa Brítez, Itá.
Figurilla que representa una escena erótica.
Cerámica natural.
CAV/Museo del Barro.
Archivo DDI.
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TÉCNICAS Y PROCEDIMIENTOS
** Básicamente se mantienen las técnicas indígenas: el modelado a mano a partir del procedimiento denominado "colombín" (tira o cordón de barro que se va enrollando en espiral desde la base) y la utilización de hornos al aire libre. Se intensifica el uso del "engobe" que consiste en un lustre rojizo obtenido con óxido de hierro (itapytãnguý) que cubre el cacharro evitando su excesiva porosidad; además surge el fumigado para ennegrecer la cerámica. (Este efecto se consigue a partir de un procedimiento que consiste en impregnar las vasijas con humo de residuos naturales durante su cocción).
** También se mantiene la tradición indígena, según la cual la alfarería es una tarea exclusivamente de mujeres.
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Cántaro biglobular
con engobe rojo y decoración fitomorfa pintada con caolín.
Procede de Itá.
CAV/Museo del Barro.
Foto: Jesús Ruiz Nestosa.
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DECORACIÓN
** La cerámica mestiza conserva casi todos los sistemas indígenas de decoración e incorpora otros.
Se siguen usando:
-El engobe, que en realidad no constituía para el indígena un elemento estrictamente decorativo, pero que llegó a representar una posibilidad ornamental desde los efectos estéticos que produce su desigual distribución sobre la vasija.
-La presión de los dedos o la uña sobre la masa aún húmeda produce efectos determinados: la impresión digital y la técnica unguicular, usadas hasta hoy para fines decorativos.
-Las incisiones y estrías, practicadas con un objeto punzante, eran conocidas por los guaraníes y siguieron siendo utilizadas como elementos ornamentales.
-El fumigado continúa hasta hoy como un efecto decorativo, así como el quemado, conseguido por la presión de un palito de tártago sobre la vasija aún caliente.
-Los relieves, que ya eran usados con fines decorativos en cierta cerámica indígena (por ejemplo, los yapepó culinarios chiriguano, bajo influencia arawak, se adornaban con una o más hileras de protuberancias) se mantuvieron, tendiendo a volverse figurativos.
** Algunos sistemas ornamentales, como el corrugado y el escobillado, así como el uso de tinturas y lustres vegetales (por ejemplo, tintura de urucú, lustres de taravirutí o resina de palosanto usados por los chiriguano y los caduveo), fueron paulatinamente abandonados. Hoy, como únicas pinturas, se usan las blanqueadas -pintura de caolín (tobatí) aplicada en frío sobre la cerámica natural-, el engobe o el fumigado; en las figurillas pequeñas se suelen usar las lechadas de cal, o caolín coloreado con tintes de colores básicos. Otras técnicas, utilizadas por diferentes parcialidades, no fueron incorporadas al proceso del mestizaje; tal es el caso de la típica decoración guaná-mbayá consistente en la impresión de los hilos de caraguatá sobre la cerámica aún blanda, y la ornamentación caduveo con cuentas de vidrio o pequeños moluscos.
** Si bien las técnicas decorativas, en general, se mantuvieron, los motivos ornamentales fueron, en la cerámica criolla, suplantados por los de influencia hispánica. Así, la ornamentación abstracta y geometrizante de la cerámica guaraní cede casi absolutamente ante las pautas decorativas coloniales basadas en una figuración de lejana filiación barroca.
** Los relieves toman formas humanas o animales. Los cántaros suelen estar decorados con pequeños rostros 130 imágenes animales, generalmente reptiles o batracios (el tema de la rana perseguida por la serpiente configura una constante temática en el repertorio ornamental de la cerámica popular); muy raras veces las asas de las cantarillas toman formas animales, según soluciones muy cercanas a las altiplanas.
** La decoración no en relieve, sino lineal, aplicada con caolín o incisa, desarrolla generalmente motivos fitomorfos: flores y hojas entrelazadas, en esa esquemática versión mestiza de los antiguos diseños barrocos.
** Actualmente, la cerámica de tradición mestiza sólo se produce en Tobatí y, especialmente, en Itá. Anteriormente se producía también en Areguá, Ypacaraí, Ypané, Yaguarón y Altos (14).
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Vasija de cerámica producida en las misiones jesuíticas
para la ornamentación litúrgica.
La pieza está vidriada y fue encontrada en las ruinas de Trinidad.
Foto: José A. Perasso.
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** Es significativo que todos los centros ceramísticos se hallen ligados a lugares con tradición indígena: Itá, Tobatí, Altos e Ypané fueron asientos de indios; Areguá e Ypacaraí no constituyeron táva, pero se encuentran en lugares que, cercanos al lago Ypacaraí, eran preferidos por los antiguos carios para producir cerámica. La cerámica realizada en la zona misionera no ha tenido continuidad.
** En la cerámica de las Reducciones jesuíticas se advierte el típico desdoblamiento entre la práctica del indígena relativa a su vida cotidiana y la ligada a las funciones oficiales de la misión. Esta dualidad correspondía a la escisión entre el avá mba’e (propiedad del indio) y el Tupã mba’e (propiedad de Dios). Las formas productivas individuales, basadas en la propiedad del indio, se oponían a la explotación comunitaria: la "propiedad de Dios", que correspondía a criterios mucho más especializados, organizados y controlados.
** La cerámica producida comunitariamente en los talleres estaba organizada según los módulos socioculturales misioneros; en contra de la tradición guaraní, los talleres de alfarería estaban a cargo de varones y afectados a un proceso de producción masiva al servicio de las necesidades del consumo interno elemental y la exportación (cántaros producidos en Jesús de las Misiones se exportaban hacia las provincias argentinas de Corrientes y Santa Fe). Este sistema evitaba al máximo cualquier relación con las "antiguas costumbres" que, sobre todo en el caso de la cerámica, eran particularmente peligrosas (entierros en urnas, borracheras de los festivales de chicha y rituales antropofágicos). Sánchez Labrador describe escuetamente la producción de un taller de alfarería a mediados del S. XVIII: "Alfareros. En cada doctrina hay taller de alfareros que llaman ña’ẽ apoháva, los que hacen platos. Trabajan toda especie de vasos, propios de su oficio. También vidrian lo que quiere el misionero" (15). Esta producción de taller estaba desprovista de cualquier intención estética o creativa. Pero los talleres producían además cerámica para los usos del templo: baldosas, modelos para esculturas y vasijas, que estaban ornamentados en función de las necesidades del culto. En las actuales excavaciones en las ruinas de Trinidad, se acaba de encontrar en el sector correspondiente al templo, un gran vaso torneado y vidriado, afectado a la ornamentación de la iglesia o a fines litúrgicos. Pero, en general, la decoración de este tipo de cerámica corresponde a las pautas estéticas misioneras -que estudiaremos más adelante- y no al desarrollo de la iconografía ceramística mestiza que analizamos ahora.
** Paralelamente a la artesanía producida por los varones en taller, se siguió desenvolviendo otra, a nivel de avá, mba’e, a cargo de mujeres, con destino fundamentalmente doméstico. Sánchez Labrador deja constancia de este hecho; inmediatamente después del párrafo transcripto más arriba, escribe: "En sus casas trabajan ellas los utensilios que en este género necesitan..." y Peramás, enumerando las atribuciones de las mujeres guaraní, escribe que "ellas hacían de greda amasada cántaros, ollas, platos y vasos para uso doméstico" (16). Esta producción estaría más cerca de la cerámica popular que estamos estudiando, y de hecho se da cierto parentesco formal entre las mismas, pero acá entran a tallar las diferencias, que ya señalamos y sobre las que volveremos: la ausencia de mestizaje del indio de las Reducciones y un control mucho mayor de los jesuitas, aun en los dominios del avá mba’e. Y si en ningún campo el indio misionero tuvo posibilidades de desarrollar libremente sus potencialidades estéticas, el relativo a la cerámica no tiene por qué haber constituido una excepción.
** Esta producción se desarrolló, así, a partir de las elementalísimas necesidades personales del indio y sin mayor margen para libertades creativas. Las crónicas jesuíticas, al describir los enseres del indígena, mencionan más las calabazas ahuecadas que las vasijas de barro (17), y ninguno de los escritos de la época, generosos en detallar la cultura misionera, hace la menor referencia a cualquier posible decoración de esta alfarería utilitaria. La cerámica encontrada actualmente en las casas de indios en Trinidad (en los ya mencionados trabajos de excavación), tiene formas simples y una decoración muy elemental (escobillado, texturas semicorrugadas, bordes unguiculados, muy raros y rápidos signos incisos). Toda la profusión ornamental de las misiones, que tuvo, según vimos, influencia en el repertorio de la cerámica mestiza, prácticamente no afectó esta alfarería, que estaba totalmente al margen de las preocupaciones estéticas reservadas por los misioneros al esplendor de los templos.
** No estamos sosteniendo con esto que la administración civil de los táva promoviese una originalidad artesanal basada en las tradiciones indígenas. Itá constituyó durante la Colonia el principal centro productor y exportador, lo que supone que, oficialmente, la actividad alfarera constituía una industria de la administración civil. Los talleres civiles correspondían a los mismos principios que los misioneros, que desconocían totalmente cualquier particularidad cultural indígena"'.
** Por otra parte, el trabajo de los "oficios" estaba programado y administrado por el táva, y sus productos no se integraban a la vida cotidiana del indígena. Según Azara, la producción ceramística de Itá era considerada "comunal" y era la administración de los pueblos la que comerciaba la venta de cántaros y entregaba los "premios" a la alfarera.
** Sin embargo, ya observábamos que, de hecho, el sistema de los pueblos no era muy rígido: la progresiva convivencia criollo/guaraní, la expansión colonizadora y el siempre creciente proceso de mestizaje, no permitían un control administrativo tan cerrado como el jesuítico. De modo que la genuina cerámica popular crece al margen de los talleres, quizás en los dos días libres de obligaciones comunales que tenía la artesana, a través de la transmisión familiar de las técnicas, propagándose en la libertad "orillera" de los pueblos, en el rancherío de los indios-mestizos, entre la población rural de los vecindarios. Y, así, como prácticamente todo el arte paraguayo más auténtico, se desarrolla marginalmente y sin ningún apoyo oficial.
** Cuando analizamos el desarrollo de la cerámica, como el de las artesanías coloniales en general, lo estudiamos como un proceso continuo que llega hasta nuestros días. Obviamente, hubo evoluciones, pero también desgaste y pérdida de la tradición. Es demasiado conocido el hecho del debilitamiento de las artesanías populares por los cambios socioculturales que plantea el desarrollo de nuevas formas productivas. El arte popular es arte aplicado y tiene un sentido fundamentalmente funcional; cuando las necesidades para las que fue concebido se ven alteradas y las nuevas exigencias del mercado difícilmente puedan tener respuesta en un sistema artesanal, entonces se plantea la vigencia de sus expresiones. Como existe cierta autonomía de las formas estéticas con relación a su función utilitaria, muchas veces ellas continúan en el vacío, más allá de sus contenidos sociales concretos. Evidentemente, el fuerte arraigo de estas formas constituye una garantía de supervivencia, pero habría que considerar qué posibilidades de continuidad tienen en cuanto afectadas a usos prácticamente extinguidos. El hecho es que, al menos por ahora, las mismas continúan; es probable que el surgimiento de cierta demanda, motivada más por sus valores estéticos que utilitarios, haya contribuido a ello. Podría apuntalar esta posibilidad el hecho del resurgimiento de ciertas formas casi desaparecidas, y la aparición de nuevas, así como la proliferación de los elementos decorativos y de los temas animales y antropomorfos de las vasijas realizadas actualmente.
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Fuente: UNA INTERPRETACIÓN DE LAS ARTES VISUALES EN EL PARAGUAY por TICIO ESCOBAR, Editorial Servilibro, Asunción-Paraguay 2007 (630 páginas).
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