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lunes, 26 de julio de 2010

TICIO ESCOBAR - EL ARTE DE LAS MISIONES: LOS JESUITAS / Fuentes: ACERCA DE LAS IMAGINERÍA RELIGIOSA MISIONERA Y POPULAR EN EL PARAGUAY.

EL ARTE DE LAS MISIONES:
LOS JESUITAS
Autor: TICIO ESCOBAR
(Enlace a documentos y obras
En la GALERÍA DE ARTES del
www.portalguarani.com )
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EL ARTE DE LAS MISIONES: LOS JESUITAS
LA CUESTIÓN DEL ARTE.
La circunstancia de que la confección de pinturas, retablos y, muy principalmente, esculturas misioneras se hallara sometida en los talleres a un controlado sistema de copias–sistema que no dejaba margen a la libertad expresiva del indígena-, así como el hecho de que tal confección estuviere orientada exclusivamente a fines extraartísticos, básicamente de evangelización, plantea dificultades a la hora de hablar de un “arte de las misiones”, como de un “arte colonial”, en general: todo el sistema de la Colonia desconoció esa posibilidad.
Cuando se habla de “arte” pues, se usa ese término con cautela y conciencia de su arbitrariedad: sirve para nombrar aquellas prácticas o productos que, desde la manipulación de la forma sensible y el juego de la imagen, precipitan nuevos contenidos expresivos, verdades oscuras que aparecen, por un instante, vislumbradas. Es decir, el arte moviliza sentidos que trascienden la función (en este caso evangelizadora) del objeto. Éste es, obviamente, un concepto moderno de arte, pero resulta útil para encarar retrospectivamente objetos históricos marcados por un plus de significado, auratizados.
Volvamos, pues, a la cuestión: hasta qué punto puede hablarse hoy de artisticidad con relación a formas anteriores impuestas, copiadas y desprovistas de toda intención creativa.
Resulta, de entrada, evidente el valor estético y expresivo de una parte considerable de la producción colonial santera. Al lado de muchas piezas inertes y deslucidas, producto desganado de un trabajo obligatorio de taller o intento pretensioso de remedar el espíritu europeo, se afirman piezas originales, potentes en sus razones nuevas. ¿Dónde se habrían apoyado esas razones que no fuera en los ámbitos regidos por el programa misionero? ¿Cómo lograron colarse en un espacio tan estrictamente controlado?
Partamos del caso más extremo, por su eficacia reduccional, el jesuítico. La intención de los jesuitas era no sólo promover un arte (entendido en su acepción de “oficio”) basado en el calco de las obras europeas, sino mantener, aunque implícito, el sentido original de esos modelos; reproducir la sensibilidad y el gusto de las metrópolis, considerados paradigmas universales de lo estético. Los artesanos de las misiones debían adscribirse al ideal de belleza central y, sin intentar producir arte, transcribir los gestos, trazas y proporciones del arte copiado. Según el criterio de los maestros jesuitas, las mejores obras eran aquellas que más se identificaban con ese ideal ajeno. Sepp escribe que las pinturas hechas por los indígenas reducidos “son tan vistosas y magistrales que… se apreciarían en la Roma misma” (24) (“en una catedral alemana”, dice en otro lado (25)). Desde este afán, las señales de identidad que por descuido, impericia o voluntad de autoafirmación dejare el indio copista, eran consideradas cifras de un extravío irremediable. Cuando el provincial Luis de la Roca realizó una visita a las misiones jesuíticas a comienzos del s. XVIII, ordenó que se cambiasen muchas de las esculturas y pinturas por obras “decentes”. Comentando este hecho, Furlong llega a esta conclusión: “Hubo, así, en las Reducciones, como fuera de ellas, la imaginería barata y popular” (26). Esta imaginería “no decente” sería aquella marcada por el estigma de la diferencia. Es posible que entre la obra descartada por el provincial se encontraren las piezas más significativas del arte misionero: aquellas capaces de expresar el breve margen de coincidencia o cruce entre lo que siente el indio y lo que quiere el misionero.
A partir del s. XVIII, muchas de las piezas decentes ya lograban coincidir con el original.
En este contexto, Furlong refuta con orgullo el error de “considerar de procedencia europea las obras de rasgos más finos y de méritos más innegables, y considerar de factura indígena las más toscas y primitivas. Todas estas estatuas… son de origen americano, aun cuando en unas predomina el aire de la estatuaria italiana y, en otras, la alemana” (27). Pero es, sin embargo, en el s. XVIII cuando, paralelamente a la producción de las obras celebradas por los padres, se consolida lo que, forzando un poco el término, podríamos llamar “estilo” jesuítico. Es decir, “estilo” como sello de una tendencia formal específica, no como reflejo de una historia ajena. Retomemos la pregunta ¿cómo pudo colarse la diferencia en un sistema impermeable?

(26) Guillermo Furlong, S.J., Historia Social y Cultural del Río de la Plata (1536-1810), Tomo II, El transplante cultural: arte, Tipográfica Edit., Buenos Aires, Argentina, 1969, pág. 315. Aunque Furlong sostiene que esas imágenes eran producidas en serie, aclara que no se refiere a la realizada en molde por Sepp; lo serial debe, pues, ser entendido en este caso como sinónimo de repetitivo, carente de originalidad.
(27) Misiones…, op. cit., pág. 494.
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Detalle de talla de retablo. Taller jesuítico. s. XVIII.
CAV/Museo del Barro.
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LOS LÍMITES DEL SISTEMA JESUÍTICO
Debe considerarse que, aun poderoso, el orden jesuítico no podía resultar perfecto. En primer lugar, aunque aspirasen a encarnar en tierras bárbaras el arquetipo de belleza clásico o barroco, los misioneros sabían que, en las difíciles condiciones que imponían esas tierras, debían hacer la vista gorda ante ciertos descarríos de la copia. La ausencia de tradición figurativa del indígena (cuyas representaciones fueron siempre abstractas), así como su vocación visual escueta, su falta de pericia en esculpir y pintar y su desinterés en realizar una tarea cuyo alcance no compartía, le llevaban a distorsiones de la imagen que, por forzosas, debían ser toleradas. Indudablemente, luego de casi dos siglos de práctica, la capacidad de copiar el modelo -e incluso de comprender, si no compartir, ciertos sentidos suyos- acercaron al copista a los modelos. Pero a lo largo de ese tiempo, la destreza habría crecido y, con ella, la capacidad de expresión y aun el talento: ya se encontraba el artesano en condiciones de reinterpretar la forma impuesta, de domarla, de contaminarla con las cifras obstinadamente infieles de la memoria. También esta situación debía ser aceptada por los jesuitas, que ni ante las deformaciones de la imagen ni ante su expresión renegada podían hacer demasiado con los medios con que contaban.
La falta de recursos técnicos constituía, en efecto, otro problema que limitaba la escrupulosidad del sistema. Falta de materiales, en primer lugar, especialmente de pinturas (según Furlong, la escasez de tintes habría condicionado el predominio de la escultura en la región (28)); carestía de obras originales que sirviesen de modelo, después: en la gran mayoría de los casos, los copistas empleaban estampas como muestras, lo que conspiraba contra la fidelidad de copia, sobre todo en el caso de que ésta requiriese soluciones tridimensionales.
Otro problema: el relativo a los maestros especializados. Éstos no abundaban ni abundaba el talento en ellos; fuera de Luis Berger y Luis de La Croix (o La Cruz, en ciertos documentos) en el s. XVII y Brasanelli en el XVIII –artistas medianos, aun ellos– no aparecieron en las reducciones tutores de nombres destacables (29). Quienes instruían en los talleres eran esmerados padres y hermanos, formados ellos mismos por presión de las circunstancias, ya que, como escribe Cardiel, “a poca aplicación y práctica salen maestros” (30).
Los jesuitas tuvieron que asumir estas restricciones, como otras tantas ocurridas en otros ámbitos. Al fin y al cabo, no se trataba de sacar artistas, sino de salvar almas y, para ello, de mantener ocupados los cuerpos en tareas decorosas. Y productivas. Cuando no había otro remedio que ser flexibles, los jesuitas sabían serlo: al comienzo de las reducciones toleraban muchas cosas para poder exigir después el cumplimiento riguroso de las otras, las innegociables. Con la copia de las imágenes fueron todo lo inflexibles que pudieron ser, pero aceptaron razonablemente las reglas del juego subtropical y apartado.
Sabían que sus disculpas serían disculpadas: en 1865, casi cien años después de la expulsión de la Compañía de Jesús, De Moussay, luego de visitar la misión de Santa Rosa, escribe que, aunque hay mucho que objetar, “desde el punto de vista del arte...” “sus estatuas distan mucho de ser perfectas; los ornamentos no manifiestan un gusto puro, refinado…”. Sin embargo admite que “cuando se piensa con qué elementos, en qué país, y a qué distancia de Europa los Padres de la Compañía de Jesús han realizado semejantes maravillas, se queda uno profundamente admirado” (31).
Ahora bien, por esas pequeñas hendiduras del bloque jesuítico pudo filtrarse el mirar desviado del indio copista. Esa mirada incontrolable permitió la aparición de contornos, de trazos, de sombras rápidas: evidencias, fugaces pero intensas, de encuentros y colisiones; de creencias readaptadas, impugnadas o porfiadamente cauteladas. El mundo guaraní tradicional se había roto y vuelto irrecuperable; quizá para expresar sus ruinas o compensar la pérdida o nombrar casi en silencio los gérmenes de posibles signos nuevos, el guaraní misionalizado encontraba en las formas extranjeras un cobijo mínimo: una guarida abierta en los últimos rincones adonde no alcanzó a llegar el control misionero. Ésa es la base de la diferencia.
Sin ella, todo el arte jesuítico no sería más que una copia adulterada de modelos mediocres.
La fuerza de muchas esculturas jesuíticas se alimenta de las reservas bárbaras que cautelan los intersticios del sistema jesuítico: desde ese capital furtivo pudieron ellas desplegar con decisión sus formas imperfectas.

(28) Ídem, pág. 525.
(29) Fuera de los nombres conocidos, ya citados, dice Josefina Plá: “de los jesuitas gestores del arte misionero sería imposible afirmar en general que fueran artistas notables… de la mayoría de ellos no nos consta siquiera que fuesen alumnos de un imaginero o pintor famoso de la época”. El Barroco Hispano Guaraní, Editorial del Centenario S.R.L., Asunción, 1975, pág. 67.
(30) Cit. en Plá, op. cit., pág. 67.
(31) Cit. en Furlong, Historia…, pág. 580.
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CRUCIFIJO, Taller jesuítico. S. XVIII. CAV/Museo del Barro.
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ESTILOS
Los modelos jesuíticos se basaban en tendencias diferentes; básicamente clásicas, tardo-renacentistas, manieristas y barrocas. Es posible que estas últimas llegaran tardíamente, a fines del s. XVII o, aun, a comienzos del XVIII (32), pero devienen sin duda el componente más definido en la constitución de lo que podríamos llamar un “estilo jesuítico”. La desmesura barroca se encuentra en el extremo opuesto de la austera sensibilidad guaraní.
Expresado fundamentalmente en las formas abstractas de la pintura corporal, el ajuar plumario, la cestería y la cerámica, el sentido estético nativo chocó enseguida con la figuración realista europea que suplantaba esas expresiones. El conflicto no provenía solamente de incompatibilidad de registros simbólicos, sino del hecho mismo de la sustitución, de un cambio forzado. Pero la divergencia de los sistemas visuales en pugna agravaba la violencia de esa imposición y exasperaba la tensión de las formas. Quizá esa misma tensión haya alimentado las fuerzas en juego y empujado las imágenes hasta el límite: la crispación extrema de la forma, en puja con un contenido o con otra forma, constituye un agente propulsor de hecho artístico. Quizá, producida a lo largo de tanto tiempo, la repetición del guaraní de la imagen extranjera le haya llevado a descubrir cruces rápidos con su historia nueva o a negociar acuerdos secretos con ella: el desconocido dramatismo que acercó el barroco, la flexibilidad de sus formas, su carácter teatral, su riqueza de recursos y efectos para conmover la sensibilidad, todas esas notas suyas, brillantes y seductoras, están preparadas para expresar experiencias, memorias y aspiraciones distintas, sobre todo cuando éstas ya han sido cribadas por las categorías de la misión.
Aunque nunca el guaraní haya terminado de asumir el sentido del mundo cristiano, luego de más de ciento cincuenta años de reducción tampoco era ya el mismo avá montés: de hecho, cuando intentó, no pudo readaptarse a “su vida de antes”. Ese indígena casi plenamente aculturado pero nunca totalmente evangelizado, a medio camino ya entre dos cosmovisiones estéticas, poseedor de destreza expresiva y conciencia de cierto status privilegiado de santo apoháva, pudo haber encontrado en la plasticidad barroca una posibilidad de expresar nuevos contenidos que aún carecían de imagen. De haber ocurrido, todo esto ocurrió a contrapelo del rumbo misionero, en sus intersticios como queda dicho, aunque aceptado en el margen de error que contempla el más calculado de los proyectos.
Ramiro Domínguez sostiene que el esquematismo visual guaraní, al verse invadido por la “orgía de expresión” y el patetismo del barroco, resiste tratando de contener los excesos de éste e imponer la tendencia depurada y lineal de su propia estética. En este proceso se habrían dado tres momentos: el primero correspondería al transplante directo de las pautas europeas; el segundo, a un sincretismo en el que coexisten elementos indígenas y europeos; y el tercero, al triunfo de las formas del indígena, que se autorrecuperan después de remansar la exuberancia barroca y purificarla según sus propios códigos (33).
El resultado es una obra cuyo fuerte valor expresivo ocurre en el límite de la brusca parálisis del movimiento realista, una obra cuyo “esquema resulta barroco por su profusión pero no por su movimiento”, por usar una eficaz figura de Josefina Plá. Así, el complicado armazón tridimensional que sostiene la representación verista sufre un súbito lance de detención que congela el gesto, altera la composición y, por lo tanto, la proporción; endurece el diseño, modera la perspectiva y subraya la línea. La característica pieza de lo que se llama, con propiedad o no, “barroco hispano-guaraní” corresponde a una escultura cuya convulsión de pliegues, ondulaciones y curvaturas se resuelve en ángulos rígidos, planos y líneas rectas. A diferencia de lo que sucede con la típica escultura franciscana, cuyo andamiaje entero se esquematiza y simplifica, la jesuítica más representativa conserva la complejidad de su arquitectura interna, pero la descompone en diversas partes simplificadas una a una, de modo que el conjunto entero debe apelar a nuevos principios de equilibrio: un juego de simetrías rearticulado mediante rígidos contrapesos geometrizados que niegan el dinamismo barroco.
Surge así un nuevo sentido de expresión, no basado en el patetismo que proponen los modelos, sino en una elocuencia impasible y serena, restauradora en parte del antiguo ideal guaraní de la belleza.

(32) Sustercic afirma que el Barroco llega a las misiones de la mano de José Brasanelli, arquitecto, pintor y escultor que trabajó en los museos misioneros desde 1691 hasta 1728. Darko Bozidar Sustercic, “El arte guaraní de las misiones jesuíticas y franciscanas en la Colección de Nicolás Darío Latourrette Bo”, en El Barroco en el Mundo Guaraní, op.cit., pág. 54.
(33) En Ticio Escobar, Una interpretación de las artes visuales en el Paraguay, Tomo I, Colección de las Américas, Asunción, 1982, pág. 261.

MÁRGENES
Cabe consignar en este punto algunas aclaraciones que restringen el alcance de lo recién expuesto. La primera se refiere al hecho de que, obviamente, no todas las producciones de los talleres jesuíticos alcanzan un nivel de expresividad y ajuste formal que las convierta en genuinas obras de arte; la mayoría de ellas no constituye más que réplicas, mejor o peor logradas, de los paradigmas europeos. Pero, tampoco, no todas las imágenes logradas en su fuerza expresiva y su valor formal se ajustan a esta modalidad barroco-guaraní; existe otro camino para asumir la oposición entre códigos antagónicos, como en ciertas magníficas piezas jesuíticas (por ejemplo, el Cristo de la Columna, del Museo de Santa María) cuya construcción rotunda y estricta evita la complejidad escultórica de aquella modalidad y hace que las obras adquieran un aire primitivo y arcaizante. Es posible que muchas de estas piezas hayan sido producidas en los primeros tiempos misioneros, pero la calidad de su factura y la potencia de su expresión manifiestan una muy bien adquirida destreza escultórica.
Sustersic habla de “estatuas horcones”, cuya simplicidad se hallaba condicionada por la forma cilíndrica de los troncos de cedro (árbol mítico guaraní), madera utilizada para su factura. “Aunque muy raras en la actualidad, pues la reforma barroca arrasó con ellas, esas imágenes-horcones frontales, estáticas y simétricas, que constituían la antítesis del estilo barroco, prevalecían en los retablos misioneros del siglo XVII” (34).
La segunda aclaración precisa que no todas las imágenes realizadas por los indígenas en los talleres jesuíticos corresponden a las grandes esculturas destinadas al ornato de los templos. El autor recién citado diferencia entre éstas (que alcanzan una altura media de un metro y corresponden básicamente a las que han sido tratadas hasta ahora); las pequeñas tallas de devoción familiar, que oscilan entre quince y treinta centímetros; y las de santos “procesionales”, cuya altura alcanza entre cuarenta centímetros y un metro, y son utilizadas para presidir y proteger labores campestres (como las de San Roque y San Isidro Labrador y su esposa, Santa María de la Cabeza) o encabezar los viajes y expediciones militares (San Miguel, San Rafael). La disputa en torno al barroco se habría dado sólo en las esculturas litúrgicas; las otras, menos sujetas al control de los maestros de oficio, habrían expresado con mayor espontaneidad la sensibilidad indígena (35).
La última aclaración: a efectos de compararlas mejor, se ha simplificado acá la oposición entre la imagen jesuítica y la franciscana, empleando casos extremos. Pero, según queda indicado, resulta difícil desmarcar tajantemente ambos estilos, en el sentido amplio en que se usa acá ese término escurridizo. No sólo porque coinciden en gran parte las condiciones que signan la producción de los talleres franciscanos (también impuesta como obligación comunitaria y también basada en la transferencia de modelos ajenos y con celo vigilada), sino porque la sensibilidad guaraní, compartida por ambos estilos, promueve actitudes y genera soluciones similares en ambos casos. Así, cuando se mencionan las respectivas particularidades de las obras provenientes de uno u otro modelo reduccional, debe asumirse la existencia de una franja incierta integrada por obras misioneras difícilmente diferenciables en su origen jesuítico o franciscano. Dando por supuesto este hecho, el próximo punto vuelve sobre las diferencias entre ambos estilos, tomando como referencia ahora la obra de los talleres franciscanos.

34 Op. cit., pág. 54.
35 Ídem., pág. 60.


Fuente: ACERCA DE LAS
IMAGINERÍA RELIGIOSA MISIONERA
Y POPULAR EN EL PARAGUAY
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(INTRODUCCIÓN)
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Fuente: CATÁLOGO IMAGINERÍA RELIGIOSA
PUBLICADO CON EL APOYO DE
THE GETTY FOUNDATION.
CENTRO DE ARTES VISUALES/MUSEO DEL BARRO
ASUNCIÓN • PARAGUAY , 2008.
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Enlace al espacio de
en la GALERÍA DE ARTES del

CATÁLOGO IMAGINERÍA RELIGIOSA PUBLICADO CON EL APOYO DE THE GETTY FOUNDATION. / Fuente: CENTRO DE ARTES VISUALES/THE GETTY FOUNDATION.

CATÁLOGO IMAGINERÍA RELIGIOSA
PUBLICADO CON EL APOYO DE
THE GETTY FOUNDATION.
CENTRO DE ARTES VISUALES/
MUSEO DEL BARRO
ASUNCIÓN • PARAGUAY
2008

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Catálogo Imaginería Religiosa
© Centro de Artes Visuales/Museo del Barro y los autores
Director del Centro de Artes Visuales: CARLOS COLOMBINO
Director del Museo del Barro: OSVALDO SALERNO
Director del Museo de Arte Indígena: TICIO ESCOBAR
Calle Grabadores del Cabichuí entre Emeterio Miranda y Cañada
Asunción, Paraguay
Telefax: 595.21.607996
info@museodelbarro.com ,
www.museodelbarro.com
Las fotografías que ilustran los artículos de los autores corresponden a Susana Salerno y Julio Salvatierra. Cuando otro fuera el autor, se consignará. Forman parte del Departamento de Documentación e Investigaciones del CAV/Museo del Barro (DDI).
Catalogación: TICIO ESCOBAR.
Documentación y fichaje: LÍA COLOMBINO.
Cuidado de Edición: LÍA COLOMBINO.
Diseño del Catálogo: OSVALDO SALERNO.
Diagramación: MIGUEL LÓPEZ y JULIO CARDOZO.
Diseño de fichas y programación: SUSANA SALERNO y JULIO SALVATIERRA.
Fotografías: SUSANA SALERNO y JULIO SALVATIERRA.
Corrección: DERLIS ESQUIVEL.
Impresión: Arte Nuevo - Montevideo 1.665, Asunción, Paraguay.
Primera Edición de 1.250 ejemplares.
Asunción, Paraguay, Marzo de 2008.
Hecho el depósito que marca la Ley Nº 1328/98
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Vista de la sala de imaginería religiosa del
CAV/Museo del Barro. Archivo DDI.
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CATÁLOGO/IMAGINERÍA RELIGIOSA
ACLARACIONES PRELIMINARES

Este catálogo registra, sistematiza y comenta las obras pertenecientes al acervo de arte sacro del Centro de Artes Visuales/ Museo del Barro: objetos producidos en las misiones religiosas y desarrollados luego como creaciones populares a través de diversos procesos de transculturación. Tal como se procedió para la clasificación de las piezas que integran las colecciones de arte indígena, en este caso se apela a criterios flexibles de ordenamiento buscando que ellos den cuenta de la especificidad de tales obras y faciliten el acceso a las mismas.
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Imagen izquierda:
San Juan. Taller jesuítico. s. XVIII. CAV/Museo del Barro.
Imagen derecha:
Virgen de la Inmaculada Concepción. Taller franciscano.
Caazapá, s. XVIII. CAV/Museo del Barro.

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Según se fundamenta en los artículos teóricos que contextualizan las obras pertenecientes a las colecciones, las notas que marcan la producción de tales obras no pueden ser asimiladas directamente a las que caracterizan el arte occidental. Enredadas en funciones extraestéticas (religiosas, sociales, económicas) y animadas por complejos procesos transculturativos, las piezas que componen los acervos ahora catalogados requieren diversos criterios de ordenamiento y exposición que no siempre se compadecen con los de una lógica taxonómica rigurosa. Esta transgresión clasificatoria no resulta grave pues la informatización del catálogo permite que las búsquedas tengan accesos diversos.
El propio término “arte” aplicado a las piezas catalogadas supone un cierto abuso de la extensión convencional del concepto de arte, puesto que tales piezas no constituyen objetos estéticos autónomos, aunque no puedan ser desconocidas en su valor formal y su alcance expresivo. Las imágenes religiosas creadas por los indígenas y los mestizos, dentro y fuera de las misiones, no aspiran a constituirse en obras únicas y originales y no tienen, por lo tanto, ningún inconveniente en repetir soluciones y formas a lo largo de siglos; como tampoco tienen problemas en asimilar bruscamente innovaciones en cuanto las mismas coincidan con las demandas diversas de sus procesos culturales. La colección cuenta, por lo tanto, con muchas piezas que, aunque producidas de manera manufacturada, resultan formalmente similares entre sí. Ante esta situación se decidió
-tanto como se hiciera ante las obras de arte indígena- imprimir sólo una ficha (o unas pocas) por objeto correspondiente a cada tipo, dejando registro del número de todas las otras piezas que comprende cada categoría. La descripción y el detalle de la totalidad de las obras de la colección aparecen expuestos en el disco que incluye cada catálogo.
Ante la necesidad de buscar información acerca de una obra específica, se recurre al listado que acompaña cada tipo general o al sistema informático que, ubicado en el local del Museo, detalla esa obra particular y permite relacionarla con otras.
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Imagen izquierda:
San Gabriel. Taller posjesuítico. s. XIX.
CAV/Museo del Barro.
Imagen derecha:
San Luis Gonzaga. Taller popular franciscano.
Siglos XVIII y XIX. CAV/Museo del Barro.
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Para determinar las categorías básicas de clasificación obras, se optó por considerar en primer lugar los escenarios de la producción de imágenes “santeras”: el de las reducciones jesuíticas y de los pueblos de indios sujetos a misiones franciscanas, el de la la colección, Catálogo Imaginería Religiosa está constituida en base a piezas adquiridas por Carlos Colombino a lo largo de veinticinco años, creció con el aporte de obras donadas por Osvaldo Salerno y otros particulares e instituciones, así como con piezas compradas mediante fondos del Museo. En principio, la idea curatorial de esta colección se dirigía a reunir tallas religiosas producidas sólo por artistas populares mestizos a partir del s. XIX.
Posteriormente, se decidió, por razones didácticas, incorporar además obras que conforman los antecedentes de las tallas populares: las producidas por los indígenas en las misiones jesuíticas y franciscanas y en los llamados táva, los “pueblos de indios” sujetos al poder civil (ss. XVII al XIX).
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DOCUMENTOS:
*. ACERCA DE LAS IMAGINERÍA RELIGIOSA MISIONERA Y POPULAR EN EL PARAGUAY. Por TICIO ESCOBAR
*. DE FINOS ATEÍSTAS A DELICADOS SANTEROS. IMAGINERÍA E IMAGINARIO EN EL MUNDO GUARANÍ. Por BARTOMEU MELIÀ
*. EL ETERNO DESTELLO. Por GABRIELA SIRACUSANO.
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Enlace al espacio
en la GALERÍA DE ARTES del

jueves, 18 de marzo de 2010

JOSEFINA PLÁ - ARTE Y ARTESANÍAS EN LA COLONIA / Edición digital: BIBLIOTECA VIRTUAL DEL PARAGUAY.



EL BARROCO HISPANO GUARANI
Autor: JOSEFINA PLÁ
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
PRIMERA PARTE
LA CIRCUNSTANCIA

I
MEDIO, ETNOS, ORIGENES
ARTE Y ARTESANÍAS EN LA COLONIA



CRISTO DE LA PACIENCIA,
IGLESIA DE QUYQUYÓ.
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LOS POBLADORES
Testimonios referentes a los años de la Colonia permiten asegurar que tanto en la conquista de la tierra como en los iniciales establecimientos intervino el mejor elemento humano. Treinta y dos mayorazgos figuraron en los primeros contingentes llegados a estas regiones. (1)
Abundaron los apellidos vascos, hidalgos por fuero. A esta sangre vasca deberá la colonia, según algunos autores, no poco de su espíritu patriarcal, democrático e igualitario (2), aunque quizá en este hecho interviniesen en proporción importante otros factores socioculturales asimismo peculiares del área, entre ellos la gravitación poderosa del mestizaje.
Entre los primeros en llegar se contaron un hermano menor de Santa Teresa de Avila; y consanguíneos del "condotiero, pavor de mares" Andrea Doria.
Barco de Centenera lo dice en su poema tan ramplón cuanto históricamente precioso:
"...Mayorazgos e fijos de señores,
de Santiago y San Juan comendadores"...
Y aunque esta afirmación no haya que tomarla al pie de la letra, ya que no todos fueron fijodalgos y los comendadores de San Juan y Santiago no fueron, como es lógico, la regla, no cabe duda de que los que «no eran fijos de señores" eran fijos de sus obras, y buenas obras; gente de oficio y de trabajo; en gran porcentaje artesanos hábiles. Gentes de limpia sangre, aunque pobres.
Y la tierra a la cual llegaron no les dio con qué hacerse blasones, ni con qué dorar los suyos a los que ya los tenían. El Paraguay fue el gran fiasco de la Conquista.
Jamás esta comarca brindó a sus exploradores oro ni plata, río arriba buscaron repetidamente los españoles el camino de "El Dorado". Y cada expedición terminó en rotundo fracaso. Todo fue esperanzas fallidas (reacias a morir del todo, sin embargo; todavía en 1566 un deslumbramiento de piedras de colores estuvo a punto de hacer a unos cuantos encandilados levantar bandera de independencia en el Guairá; en 1770 retoñaba la quimera del oro en Acahay; en 1786 en Paraguarí; en 1884 en la Cordillera) (3). Los mercaderes que en alguna ocasión vendieron a estos expedicionarios calzas y jubones "a cuenta del oro que hallarían", hicieron negocio redondo (4).
Era evidente que no había querido Dios "favorecer a esta provincia con minas", como reza quejumbrosamente un documento de época. En tales condiciones, se comprende que no fuese tentación para el aventurero, ni sedujese a la nobleza, de vida regalada y exigente. Sin embargo los que a esta tierra llegaron no la abandonaron ya de grado; y en la mujer indígena procrearon nutrida descendencia. Estos hijos de español e india – los más numerosos, ya que la mujer española vino al país por mucho tiempo en escasa proporción – (5) se constituye de inmediato en núcleo y agente de la historia en este rincón americano. Imposible referirse a cualquiera de los aspectos sociales, políticos, culturales, del área, sin tener en cuenta este mestizaje, que según la mayoría de los autores locales, se encontraba completado al finalizar el XVIII. No ha faltado por otra parte recientemente quien niegue esa absorción total del indígena, sosteniendo la tesis de que la raza permanece en cierta medida intransformada, o mestizada sólo en parte. Razonamientos basados en datos históricos y estadísticos permitirían afirmar en general, que el mestizaje consumó su proceso a mediados del XIX, cuando se extinguen prácticamente los últimos indígenas puros de Misiones (guerra de 1865). No cabe duda de que ésta es, una afirmación que debe ser revisada a fondo. Desde luego, los estudios antropológicos metodizados están aún por hacer.
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EL HABITAT
El secreto de esa fidelidad a la tierra, de la entrega a ella a pesar del desengaño inicial, hay que buscarlo en el eglógico atractivo de su hábitat, en el carácter mismo de los guaraníes, de convivencia en general fácil, aunque aguerridos, y de los cuales los españoles hicieron aliados y colaboradores en sus expediciones de conquista y fundación. Este hechizo de la tierra persiste y se prolonga hasta hoy, convirtiendo a muchos de sus eventuales visitantes en huéspedes permanentes, solidarizados más de una vez fervorosamente con su pasión histórica."Clima, fauna y flora, producción y caracteres de hombres y mujeres tenían en aquel edén un mordiente misterioso que ensalmaba los sentidos con algo dulce y acogedor: el remedo de la mañana del mundo"... (Juan Esteban Guastavino, citado por Natalicio González).
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CRISTO JUEZ,
MISIÓN DE JESÚS

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PAPEL ESTRATEGICO DE LA COLONIA
Razones de orden geográfico – su situación próxima a las fuentes del Paraná y Paraguay, fronteriza del Brasil, por lo tanto de los derechos portugueses – hicieron del Paraguay a modo de un puesto de avanzada de la conquista en esta región. En realidad la razón primordial de las expediciones que remontaron el río estuvo en el alerta español frente al solapado avance portugués. El Paraguay fue el centinela de España frente a estos avances. Pero fue también su destino vivir mucho tiempo arma al brazo ante la constante amenaza del malón chaqueño. "Desde su fundación hasta ahora, esta colonia ha estado con las armas en la mano" dice en su Diario Francisco Aguirre, en 1794. "No hay un hombre de la provincia que esté libre de la esclavitud militar, y no hay ninguno que pueda contar con su trabajo ni dedicarse a lo que puede asegurar su subsistencia" asegura el informe del Gobernador Lázaro de Ribera al Virrey en 1798. Todavía en 1859, a cincuenta años casi de la independencia, eran causa de prevención y alarma los movimientos hostiles de los indios chaqueños frente a Asunción; y tan cerca como 1874, aún encontramos en los diarios de época noticias de secuestros de mujeres realizados por indígenas a escasos ocho kilómetros de Asunción (6).
Pero el papel de celoso vigilante ejercido con tanto sacrificio, no fue correspondido ecuánimemente por la Corona. Los historiadores paraguayos están contestes en afirmar que tan pronto como se comprobó que en el país no había porvenir minero, la metrópoli se desinteresó del Paraguay, y éste no tardó en ser la cenicienta del Virreinato.
Encerrada la colonia como se ha dicho entre el Chaco inhóspito, las hostiles posiciones portuguesas, el caudaloso Paraná (la costa atlántica era de momento inaccesible) sólo al sur, por el río Paraguay, se le ofrecía entonces salida al mar, y con ella, posibilidades de desarrollo económico. Por esta vía, pues, transitaron los nacientes anhelos coloniales. No que fuera del todo fácil el camino: las constantes luchas con los guaicurúes y especialmente los payaguás, dueños del río, llenan de peripecias la historia de la colonia.
Abandonada a sus propias fuerzas, tuvo que tratar de bastarse a sí misma también, y ello explica que apenas mediado el siglo hablen los visitantes de la multitud de oficios que se desenvolvían en Asunción: sastres, curtidores, zapateros, carpinteros, armeros, tejedores (7). No se trata de improvisados: habían desembarcado ya con esos oficios. Es de suponer que en los primeros años algunos de esos oficios se desenvolvieran en forma elemental, debido, en primer lugar, a la falta de clientela (joyeros, pintores); en segundo lugar al inevitable proceso de readaptación de materiales. Ese proceso permitió poner a prueba; por un lado, el genio improvisador del colono; por otro, la rápida asimilación técnica del indígena. Un ejemplo: en los astilleros de Asunción, ocho años apenas después de establecida la inicial Casa Fuerte, se botó al agua una carabela: y en su construcción ayudaron ya los indios.
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LA CULTURA ABORIGEN
A la llegada de los españoles, las culturas indígenas no habían rebasado en conjunto la fase caracterizada por una agricultura seminómada, combinada con la caza. Pertenecían los guaraníes – como sus hermanos los tupíes, ocupantes de vasta extensión en el Brasil – a la corriente tercera entre los pobladores del Continente: corriente de procedencia indonesia, compuesta por braquioides [a] de cultura media, cuya expansión parece haberse originado en este mismo territorio, en dirección septentrional sobre todo, habiendo alcanzado al Sur el delta del Paraná y al Norte el curso inferior del Amazonas. Por el Oeste llegaron hasta las primeras estribaciones de los Andes (Chiriguanos), desplazando o guaranizando a la primitiva población también silvícola, cuya ficha étnica no ha sido aún lo suficientemente establecida, pero que podrían ser dolicoides de dos corrientes anteriores; los autores de las llamadas "rocas de pocitos" o "crisoles" (Canals Frau, Porto). Los restos de esas culturas preguaraníticas supervivientes (8) las constituirían hasta hoy, entre otros los matacos, macás y chamacocos.
Los guaraníes poseían conocimientos botánicos notables, y se ha dicho que el guaraní es el idioma que más nombres ha dado a la farmacopea, después del griego y el latín.
Los guaraníes no practicaban una arquitectura de materiales estables, con su resultado, los monumentos permanentes. Sus artesanías se limitaban al tejido con algodón y otras fibras vegetales (palmas, karaguatas, ortigas) al llamado arte plumario, en el cual parece descollaban; la cestería y una cerámica elemental en el decorado (ungulado) pero de hábil modelado, en grandes urnas funerarias e hidroceramos (cántaros de distintos tamaños y usos) y vasijas para la conservación de miel y para su elemental cocina.
Se han encontrado en el área sin embargo restos de una decorativa imbricada, que revela influencias aruacas o restos de esta cultura, desplazada. El trato con la madera y con la piedra se limitó a la obtención de armas (arcos, y flechas y hachas líticas, pulidas).
La plástica en madera y barro de los payaguás (canoeros mesolíticos) (9) así como la de los caduveos recogidas por Guido Boggiani (10) son productos de transculturación, posteriores en su mayor parte a la dispersión de los indios, de Doctrinas, es decir, hacia fines del XVIII.

ARQUITECTURA COLONIAL
De los habitantes de la tierra tomó el poblador modelo para las primeras casas en la región. El tapií, o morada indígena, era funcional en su estructura y plan, y racional en sus materiales. Paredes de tapial, techo de paja. Así fueron las primeras residencias y capillas. No tardaron en mejorar los edificios en planta y materiales, imponiéndose lógicamente el más avanzado sentido técnico del colono; pero aún así continuó siempre influenciado por los factores ecológicos. El conquistador introdujo las estructuras de maderas duras (lapacho, quebracho, urundey), que se pudieron ya trabajar extensivamente, gracias a las herramientas de metal. Hubo ahora pilares de madera trabajados, estructuras de par y nudillo, paredes de adobe, techumbres de paja o de troncos de cocotero cortados longitudinalmente y ensamblados a modo de tejas (contrariamente a lo que en el país se cree, los techos de paja con barro no son locales, sino de importación). Pero aun así la arquitectura permanecía señalada totalitariamente por la precariedad. Habría de pasar mucho tiempo todavía para que se generalizasen los materiales cocidos, la cal, y surgiesen los arcos: éstos insinuados en las atenuadas curvas de madera de las aberturas. Se ha dicho que acá los techos de vertiente precedieron a los de azotea porque los pobladores vascos precedieron a los andaluces; pero es seguro que el factor climático fue el determinante. (La azotea es más propia de climas secos). En todo caso las azoteas no aparecen en esta área sino al finalizar el XIX, con los materiales modernos impermeables.
La suntuaria, como consecuencia, no alcanzó, no pudo alcanzar, ni al comienzo ni mucho después, grandes relieves. No habrían condecido principescos alardes con el desarrollo elemental de la arquitectura. No lo permitieron tampoco la patriarcal austeridad del diario vivir, la dispersión y aislamiento de los núcleos urbanos, el escaso vuelo y movimiento de la vida social, aquí donde la mujer europea vino al principio en tan corto número, que pudo dársela por inexistente (11).

LAS PRIMERAS ARTESANÍAS
Sin embargo con esas pocas mujeres españolas que desde el comienzo o pocos años más tarde vinieron a compartir las vicisitudes de la adaptación – encabezadas por la enhiesta voluntad de Isabel de Guevara primero, de Doña Mencia la Adelantada luego – llegaron también a la tierra, si no las primeras manifestaciones del lujo – no tenían lugar para ellas las bravas cuanto abnegadas mujeres – por lo menos las naturales apetencias de comodidad, y mas tarde, en cuanto las circunstancias lo permitieran, de ornato doméstico. Donde esta la mujer está el hogar, y con el hogar el germen de todas las artesanías. Ya en 1541 llegan los primeros carpinteros y tallistas; ellos labraron los primeros muebles en las ricas maderas de la tierra: arcones, arquibancos, sillones, vargueños, modestamente ornados al principio con dentículos y detalles ojivales, de vago sabor feudal; muebles que con el tiempo enriquecerán su diseño, se harán menos pesados, se ornarán de relieves finamente compuestos, se completarán con el tapizado en damasco o en cuero, se adornarán con embutidos o taraceas de marfil o de nácar.
Los azares de la historia colonial no permitieron la rápida expansión de los afanes suntuarios, como más arriba se ha dicho: cuando en 1619 hubo que alhajar la casa de un nuevo gobernador, no se halló en toda Asunción un vecino que pudiera proporcionar la modesta mesa y las seis sillas necesarias para amueblar la sala...
En el recato de los modestos estrados de época aprendieron las hijas del conquistador – españolas o mestizas – los primores del encaje de Tenerife, que infuso de ritmos nativos derivó en el hermoso ñandutí, adornándose no sólo con el nombre indígena – que muestra cuán hondo caló en el espíritu de la tierra – sino también con variantes de eufónico nombre: Flor de arazá, ñandú, estrella, pajarito, pata de vaca, flor de maíz. Y hasta se aureoló de leyendas.
En lo que se refiere a la adopción del ñanduti, su aculturación y subsiguiente florecimiento colonial, es posible que hayan ejercido cierta influencia los talleres de Misiones, donde mujeres indias especialmente adiestradas confeccionaban y restauraban la ropa de altar y los ornamentos.

ALFARERIA CERAMICA
Las indias incorporadas al hogar colonial trabajaron las vasijas para los flamantes hogares, y la habilidad en la confección de las grandes urnas funerarias se traspasó sin esfuerzo a la de grandes orzas y tinajas necesarias para el servicio del europeo trasterrado. Se trasculturaron formas como las de los botijos y jarras (no hay prueba hasta ahora de que la forma botijo, corriente en la cultura del Tahuantisuyo, haya sido cultivada en la alfarería local prehispánica).
Un detalle curioso de la época colonial la constituye la ausencia total de una cerámica superior a la simple alfarería o de tiesto desnudo. En las Misiones parece haberse practicado una cerámica vidriada, aunque no la loza que algunos autores han supuesto, y que habría exigido una sabiduría técnica e instalaciones de las cuales no ha quedado rastro alguno documental. El grado más alto alcanzado por esta cerámica fue sin duda el del mencionado vidriado, obtenido a sal común o a plomo; posiblemente este último, según lo da a entender una fórmula transcripta ya en la época independiente, por Mariano A. Molas (12). Este barro vidriado adquiere siempre, en virtud del óxido de hierro que abunda en el barro, bellos tonos verdosos o rojizos, según el caso. Es de presumir se hubiese obtenido así la pila bautismal "vidriada de verde" que según noticia existió en la Misión de San Javier. Cerámicas tinas pudieron sin duda entrar en el país en esos tiempos: pero si entraron, tampoco ha quedado noticia o testimonio. En general, podría afirmarse que la introducción de la loza corriente en el país data de fines del XVIII, la de la loza fina o porcelana, de la época de Madame Lynch (mediados del XIX) y que en general también fue más fácil hasta 1850 hallar en el país una fuente de plata ricamente cincelada que una vajilla de Talavera o de Sevilla (13) y no digamos de Sevres, Limoges o del Retiro (14).
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LA MAGDALENA,
IGLESIA DE LA MISIÓN DE SANTA ROSA
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TEJIDOS CUEROS
La carestía de tejidos importados incitó a trabajar el algodón nativo, y el lienzo local adquirió finura de cendal: fue el llamado aopoí, que recibió el aliciente suplementario de los bordados españoles. El typoi o vestimenta femenina, cuyo origen no ha sido aún discernido (posiblemente fuese improvisación de los primeros misioneros) se modifica siguiendo la línea de la camisa de ciertos trajes regionales femeninos españoles; aquella que bajo el corpiño destaca sus bordados en cuello y mangas. (15).
El país, al comienzo sólo agrícola, pasó también a ser ganadero: con el ganado, se dispuso del cuero, y con éste vino la correspondiente artesanía, a la cual fueron tan afectos los andaluces, principalmente, por herencia árabe. Cueros en los aperos y arreos, cuero en los muebles (mamparas, sillones, escaños, cofres, taburetes, sillas de trabajados cordobanes, cuya industria se ha ido extinguiendo; del primor alcanzado en este trabajo dan idea los paneles de cuero que forman la mesa altar de la iglesia de Capiatá, única en su género).

JOYEROS Y ORFEBRES
Ya en 1541 hacen su llegada al Paraguay los primeros plateros, atraídos sin duda por la esperanza de las fabulosas minas. Podría suponerse que el trabajo no sería mucho. Sin embargo, el gremio no desapareció. ¿Cómo no haber joyas donde hay mujeres?... Si en el país no había oro ni plata, a él se los trajo. Fue ésta la única comarca americana donde esos metales preciosos fueron casi tan extranjeros como el hombre blanco. Pero se aclimataron rápidamente... De otras áreas coloniales más favorecidas por la fortuna – Perú, Potosí – llegaron los metales que se necesitaban para satisfacer las exigencias de la coquetería femenina, del ornato doméstico o del decoro del culto: alhajas, vasos sagrados, vajillas de plata, lámparas, candeleros, aguamaniles, jarras, mates, guarniciones en vestidos y aperos, mangos de fusta y de puñal. La crisólita, el topacio y el coral fueron las piedras en el horóscopo suntuario de esta región, como en otras lo fueron la esmeralda, la turquesa o la perla. La filigrana en oro caracteriza esta joyería. Se fabricaron sartas de oro y coral parientes de aquellas que a la mujer de Sancho regaló la Duquesa; rosarios de elaborados granos, cuyas réplicas trabajan aún hoy los joyeros portugueses y salmantinos: pendientes que parecen evadidos del ajuar de una novia castellana; sortijas "carretón" – por la similitud del regatón con el toldo de la antigua carreta criolla – en que aún hoy campea el motivo renacentista o mudéjar; el característico anillo "de ramales"; peinetas. En un tiempo apenas había mujer por humilde que fuera que no poseyese varias de estas prendas; pero la guerra del 65-70 primero, la del Chaco luego, las pusieron a dura contribución, y hoy son bastante escasas. Lo mismo sucede con la orfebrería colonial, ricamente trabajada, de la que es hoy muy difícil de hallar alguna pieza valiosa.

LA CULTURA A FINES DEL XVI
Esto en cuanto a las artesanías, terreno cotidiano y primario en que se manifiesta el espíritu de una cultura. Las bellas artes siguen mostrándose lerdas en aparecer, como se ha expresado, porque la sociedad que va surgiendo y consolidándose en el gobierno, en la administración y en las armas, es una sociedad pobre, aunque hidalga; de vida patriarcal y exigencias escasas, relativamente lenta en su crecimiento, ya que la inmigración es prácticamente nula y precarios los contactos culturales.
Mientras van afirmándose con su díscola personalidad los llamados mancebos de la tierra, o hijos de español e india, la colonia empeñada en bastarse a sí misma va sacando fuerzas de flaqueza durante la segunda mitad del siglo XVI; y trata de crearse una riqueza agrícola y ganadera en sustitución de la otra que le negó el azar. Iniciativa ante la necesidad, capacidad de improvisación, serán desde el comienzo sus rasgos distintivos. Ya se ha hablado de la primera carabela construida en estos astilleros. Por otra parte, y como en otras regiones de Hispanoamérica, el impacto de los hechos inéditos en la sensibilidad del recién llegado se hizo sentir, y se exteriorizó al principio en la medida compatible con las circunstancias. En estas orillas se escucha el primer romance del Río de la Plata (16). Asunción es la capital sudamericana donde se da la primera farsa (1544). La prosa histórica y descriptiva es cultivada en cierta medida aunque no en la cuantía que adquirió esta forma literaria en las Misiones, donde se da a partir de 1616 una copiosa producción (historia, crónica) que llena el resto del siglo XVII y sigue floreciendo durante el XVIII, inclusive después de la expulsión de los jesuitas (en la obra de los Padres desterrados). Vemos surgir en la colonia las crónicas de Cabeza de Vaca, de Ulrico Schmidel; los perdidos textos de Juan de Salazar, el poema épico de Barco de Centenera, y hasta la primera obra de autor criollo, La Argentina de Rui Díaz de Guzmán. Todas ellas durante los primeros setenta años de la fundación de Asunción.
Empuje pues no les falta a estos colonos, aún sin el acicate de las minas; y pese a su escaso número y estímulo por parte de allende los mares. Y tal vez bastara este hecho para dar un mentís a los historiadores que se empeñaron – y se empeñan aún de cuando en cuando – en ver en el oro el único aliciente de la acción colonial. Si el testimonio de las Leyes de Indias y de más de un ilustre varón de acción o pensamiento no bastara para probar el elevado espíritu que presidió al propósito colonizador español, la historia del Paraguay seria testimonio suficiente; aquí se dio la perseverancia sin el acicate de los metales y el aliento de la empresa sin los metales preciosos como señuelo.

POBLADORA ASUNCION
En poco más de cincuenta años han conseguido un puñado de españoles trabajando y engendrando, hacer brotar villas y pueblos de la espesura tropical húmeda y olorosa; han conseguido hacer reconocer los productos de la tierra: yerba y cueros, madera y tejidos y en más de una ocasión, hasta alfarería (17). De su seno se han ido desprendiendo, como otros tantos enjambres, las expediciones que han ido a "poblar", a fundar ciudades. Una de esas ciudades será Buenos Aires, la ciudad nacida en 1536 bajo adverso signo, desmantelada en 1540, y cuyos cimientos echan por segunda vez colonos españoles y mestizos, salidos de esta ciudad en 1580 al mando de Juan de Garay.
La segunda Buenos Aires arraiga y crece fabulosamente. Pero la prosperidad de la hija cuesta a la madre, si no la vida, por lo menos la salud. En 1617, el Paraguay pierde el litoral Atlántico, que pasa a formar parte de la recién creada Gobernación de Buenos Aires. El comercio paraguayo que crecía poco a poco promisoriamente, a pesar de los obstáculos al tráfico fluvial, ve cercenadas ahora también sus esperanzas de desarrollo por el río, por un sistema adverso de tasas y gabelas a favor del puerto de Santa Fe. Buenos Aires y a través de ella la futura Argentina, contraen con el Paraguay lo que un historiador platense, Cárcano, ha llamado "deuda de sangre y miseria".

ESPERANZAS FRUSTRADAS
Y así es como la historia, que ha estado imantando con mucho esfuerzo el destino de ese río de América del Sur hacia sus fuentes, desvía su aguja, invierte su rumbo; las esperanzas de un porvenir que retribuya aspiraciones y sacrificios siquiera en modesta medida, sufren definitivo golpe. El pulso de la colonia retrasa aún más su ritmo. El siglo XVII ha sido calificado como "de mortal postración para el Paraguay". No podrán los colonos ya crearse con su trabajo, no digamos la riqueza, ni siquiera el bienestar, Mientras en otras ciudades coloniales se pavimentan de plata las calles al paso de virreyes y se llenan de palacios las rúas y de obras de arte los salones, en Asunción las casas son de adobe, cuando no de tapial: de paja los más de los techos. Todavía en 1749 dirá Fray Antonio José de Parras: "Sus edificios son pobres: algunas casas hay muy buenas" (18). Y en 1761 Latorre: "Las casas son de fábrica liviana, muchas o las más techadas de paja".
Con tales materiales, es lógico que las edificaciones duraran poco; y así no es de extrañar que Aguirre, unos años más tarde, dijera en su Diario: "las más de las casas son de los días de los corrientes". También alude Aguirre a la modestia, rayana en pobreza, de los interiores. Todo el lujo se acumulará, ya finalizando el XVIII, en las puertas, rejas, vigas y zapatas, esmeradamente labradas, y de las cuales hoy no resta ninguna, pero de las que algunos bellos ejemplares pueden verse en las ilustraciones del libro de Lafuente Machaín (19)

LAS ARTES EN EL XVII Y XVIII
Consecuentemente, tampoco hallarán aquí ocupación artistas como los que llenaron de obras los salones próceres de Quito, Potosí, Cuzco, Santiago, Lima. Poquísimo o nada tuvieron que hacer en Asunción los discípulos de Durero, Alonso Cano, Van Der Goes, Murillo, Zurbarán, Ribera. Apenas si los documentos de época mencionan algún nombre sin relieve, ni obra en la cual apoyar su nominal prestigio. Un ilustrador llamado Salazar, "hábil en la pintura sobre vidrio", estuvo en Asunción, durante la segunda mitad del XVI; y también un pintor de nombre Hernán Sánchez, que marchó luego a Santa Fe, donde llegó a ser alcalde. Pero en el siglo XVII, ni siquiera nombres hallamos. Los hijos de españoles, según todos los indicios y pareceres, no desarrollaron talento artístico apreciable; lo cual por otra parte explican las circunstancias históricas y socioeconómicas coloniales.
Sin embargo, el arte de inspiración laica o profana debió tener sus expresiones, aunque limitadas y en su mayor parte importadas. Por ejemplo, sabemos que en las fiestas que se celebraban en la colonia en solidaridad con la coronación de los nuevos Monarcas, era uso sacar en procesión solemne los retratos respectivos; éstos, por obvias razones, provenían de España. Tampoco pueden descartarse las obras provenientes de herencias, donaciones o traspasos patrimoniales – retratos de familia, principalmente – que fueron seguramente un caudal restringido pero interesante, y del cual poquísimo o nada resta. Uno de los pocos indicios que de la existencia de este patrimonio tenemos, nos lo dan los testamentos; de ellos al primero el de Salazar, donde al lado de sus "libros de romance", que han dado lugar a tanto devaneo sobre "el capitán poeta", tenemos la alusión a "cuadros": retratos familiares o cuadros de santos; los únicos que por aquel tiempo podían constituir el bagaje artístico de un ciudadano de la clase de los hidalgos pobres.
(En una exposición de pintura realizada en Asunción en marzo de 1965 se exhibieron algunos cuadros en general más interesantes histórica que artísticamente, entre los cuales cabe establecer una clasificación; los anteriores a 1879, ejecutados en el país, y los de evidente importación. El primer grupo lo forman obras realizadas entre 1782 y 1835, de pincel evidentemente aficionado, copias de obras preexistentes, o en algún caso de estampas. El segundo, el menos numeroso, lo forman obras evidentemente traídas del exterior; pero haría falta un minucioso estudio de los antecedentes – y sabemos, lo vidrioso de este terreno en lo que se refiere a la experiencia local – para discernir si esas obras pertenecen efectivamente a un patrimonio colonial, o si fueron, como muchas otras obras que hoy se encuentran en el país, importadas en fecha posterior a 1870. Muchas de las familias extranjeras – especialmente italianas – que se radicaron en el país con posterioridad a esa fecha, trajeron consigo cuadros y objetos. Más tarde a raíz de la primera guerra mundial primero y de la segunda guerra luego, con la diáspora judía, mucho fue el patrimonio que emigró a países europeos y americanos; y de ese patrimonio son muestra los cuadros de Duccio, de Caravaggio, de Alonso Cano y otros, que pueden hallarse en poder de familias patricias paraguayas, sin que en este trasiego haya tenido que ver la historia colonial).
En general puede afirmarse que el arte religioso acaparó el panorama artístico colonial. Aunque tampoco es gran cosa lo que de ese probable patrimonio ha quedado, por lo menos hay más documentos en que apoyar afirmaciones.
Las primeras obras de que tenemos noticia en los documentos de época son en efecto obras religiosas: imágenes o retablos importados. La primera imagen vino ya al país con la expedición de Don Pedro de Mendoza. De esa expedición formaba parte una carabela dicha La Concepción, llamada así porque llevaba a bordo la imagen de esa Virgen. La carabela naufragó justo al llegar al río Paraguay. La imagen fue llevada al barco en que navegaba Irala, quien la entregó al recinto fundado por Salazar. Fue entronizada en la precaria capilla del Fuerte, quedando así advocada la imagen al nombre de la fortaleza, Nuestra Señora de la Asunción. Más tarde, en 1541, al transformarse en ciudad esta defensa se amplió la capilla, bajo el carisma ahora de Nuestra Señora de la Encarnación, como templo parroquial (esta imagen fue la llamada conquistadora por Lafuente Machaín). En 1742 decidió el Cabildo cambiarla por otra Señora de la Asunción traída de Nápoles. La Conquistadora fue guardada en casa de la familia Zavala. En el siglo pasado se la consagró en casa de esta familia, pasando luego a poder del Mariscal. Terminada la guerra se la encontró erigida en la iglesia de Villa Hayes, donde se la rindió culto bajo la advocación de Nuestra Señora de las Victorias; hasta que un incendio destruyó el refugio. La cabeza de la Virgen, lo único que pudo salvarse del siniestro, pasó por varias manos hasta llegar a las del Dr. Manuel Domínguez, a cuya muerte, en el año 1935, desapareció (20).
Me he detenido tanto en las peripecias sufridas por esta imagen porque ésta es la primera llegada al país y porque su biografía ejemplifica, con sus alternativas y final destino, las de la infinita mayoría de las obras llegadas a estas playas.
Charlevoix nos da noticia del Altar Mayor y el tabernáculo de la iglesia de la Compañía en Asunción, "traídos de España y obra de los mejores artífices españoles" (21). El Anua de 1628 nos da noticia por otro lado de una hermosa imagen traída igualmente de España ese mismo año, también para el Colegio, y cuya entronización dio lugar a fiestas. Algunos testamentos del XVI dan cuenta de imágenes o retablos, propiedad de particulares. Es sabido que fue costumbre en América como en España, y el Paraguay no fue por cierto excepción, que las familias principales tuviesen en sus casas altares, o capillitas, todo lo ricos que podían permitirse, cuando no oratorios; las imágenes correspondientes eran importadas al principio de Europa – talleres de España e Italia – más tarde es posible que en algunos casos procediesen del Altiplano: excepcionalmente algunas de esas imágenes pudieron venir de los talleres misioneros. En 1868 sufrió Asunción – y también muchos pueblos paraguayos – saqueo extensivo, a raíz del cual emigraron a Buenos Aires y al Brasil hermosos muebles, imágenes y cuadros (22). De ese saqueo nunca se hizo inventario, como a su hora pudo y debió haberse hecho; ese inventario nos habría permitido seguramente tener noticia de más de una obra de arte añeja, y nos ayudaría hoy a reconstituir el perfil artístico e histórico de un período.
Quizá haya pertenecido a una familia capitalina de abolengo la imagen pintada de la Virgen, hoy en el Museo capitalino del Seminario; factura de fines del XVII o principios del XVIII, que ofrece la corona de estrellitas característica de las escuelas de Coello y Cano, y que es más que presumible haya sido importada, dadas sus características originales, perfectamente apreciables a pesar de los retoques.
También debieron pertenecer a un oratorio particular las dos imágenes
Pintadas de San José y la Virgen, hoy en la Fundación La Piedad. Estos Cuadros fueron atribuidos a un Francisco Sánchez, pintor de cámara de Su Majestad Felipe II, primero; a otro Sánchez bajo Felipe III, luego. Las flores que esos cuadros ostentan como fondo son de ascendencia altiplánica; pero como sucede a menudo con obras de esas épocas, es posible que ellas fuesen añadidas en fecha posterior.
Al iniciarse el siglo XVII, cuando en el Paraguay parecen desvanecerse definitivamente las esperanzas de un ambiente propicio al desarrollo local de las artes, aparecen en el escenario local los jesuitas.

NOTAS
1) MANUEL DOMÍNGUEZ. Alma de la Raza. Editorial Ayacucho, Buenos Aires 1946.
2) ENRIQUE DE GANDIA España en la Conquista de América. Editorial Claridad, Buenos Aires 1946.
3) Colecciones de diarios asuncenos de esas fechas, Biblioteca Nacional.
4) El más atrapado en la liga de estas ilusiones fue el genovés Pancaldo, recalado más bien por equivocación en estas playas en 1540 (Se dirigía al Perú; las circunstancias le hicieron cambiar ruta, y llegó a Asunción, donde hubo de vender cuanta mercancía y alhaja llevaba para tierras más ricas). Muchos anos después eran bastantes los colonos que seguían debiendo al mercader, inclusive el importe del viaje.
5) Véase el recuento de los colonos llegados a esta tierra en las primeras expediciones, en el libro de RICARDO LAFUENTE MACHAIN, Conquistadores españoles del Río de la Plata. Buenos Aires, 1936, donde constan linajes, profesiones u oficios y méritos de cada uno.
6) Colecciones de diarios de la época. Biblioteca Nacional Asunción.
7) Véase LAFUENTE MACHAIN, citado.
8) CANALS FRAU, Prehistoria de América. Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1950.
9) JOSEFINA PLA, Los piratas del Río Paraguay. Revista Américas, Washington, enero 1963.
10) GUIDO BOGGIANI. I Caduvei.
11) Con los colonizadores, en las primeras carabelas llegaron a Asunción 4 mujeres, únicas sobrevivientes de las que vienen al Río de la Plata con Don Pedro de Mendoza. Otras parece llegan en armadas subsiguientes. En 1555, con Dona Mencia la Adelantada llegaron otras 40 "al punto desposadas".
12) MARIANO A. MOLAS, Historia de la Antigua Provincia del Paraguay. Prefacio y notas de Oscar Ferreiro. Ediciones Nizza, Buenos Aires, 1957.
13) FORGUES. Le Paraguay, Fragments d’ un Journal Parte II. En la revista Tour du Mónde. París, 1872.
14) Los primeros introductores ocasionales de loza fina pueden haber sido los extranjeros llegados acá en el último tercio del XVIII
15) JOSEFINA PLA. Trabajos leídos en la Primera Mesa Redonda sobre Artesanía en el Paraguay. Publicado por la Revista de Educación. Asunción, Nº. 16.
16) Romance Indiano llamó Ricardo Rojas a los versos de pie quebrado obra de LUIS DE MIRANDA Y VILLAFAÑA en que éste relata el hambre y sufrimiento de los habitantes de la primera Buenos Aires. Fueron escritos entre 1538 y 1560; su manuscrito se conserva en el Archivo General de Indias, formando parte de un expediente de este último año.
17) El comercio de cántaros y otros objetos de barro cocido (piezas de Itá) entre el Paraguay y las "Provincias de Abajo" adquirió mayor volumen en el siglo XVIII.
18) FRAY ANTONIO JOSE DE PARRAS. Diario y derrotero de sus viajes 1749 – 1753. Buenos Aires, 1943.
19) RICARDO LAFUENTE MACHAIN. La Asunción de antaño. Buenos Aires, 1942.
20) ERNESTO GIMENEZ CABALLERO. Revelación del Paraguay. Espasa Calpe, Madrid 1938.
21) CHARLEVOIX, citado por LAFUENTE MACHAIN.
22) HECTOR FRANCISCO DECOUD. Sobre los Escombros de La Guerra. (Una década de vida nacional. Asunción, 1925.

NOTAS DE LA EDICIÓN DIGITAL
a] braquioides: Parecido o falsos braquicéfalos: Indice cefálico, principal medida de la forma del cráneo humano. Se utiliza en antropometría para clasificar las dimensiones y proporciones características de cada raza actual o prehistórica. Se calcula como el porcentaje que representa la anchura del cráneo respecto a la longitud del mismo. Cuando se mide directamente sobre un cráneo se llama índice craneal. De acuerdo con esta medida se distinguen tres grupos básicos: dolicocéfalos (cráneos alargados), con anchuras menores del 75% de la longitud; mesocéfalos (cráneos redondeados), con índices de 75 a 80% y braquicéfalos (cráneos anchos), con índices mayores del 80 por ciento. Enciclopedia Encarta.
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Fuente: EL BARROCO HISPANO GUARANI por JOSEFINA PLA. Editorial del Centenario S.R.L. Asunción, 1975. Edición digital: BIBLIOTECA VIRTUAL DEL PARAGUAY
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TICIO ESCOBAR - EL BARROCO HISPANO-GUARANÍ / Fuente: UNA INTERPRETACIÓN DE LAS ARTES VISUALES EN EL PARAGUAY.


EL BARROCO HISPANO-GUARANÍ
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
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EL BARROCO HISPANO-GUARANÍ
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¿Cabe, en primer lugar, hablar aún de "barroco" en el arte misionero? Confrontemos algunos aspectos de ambos "barrocos". Uno de ellos es el movimiento, bien estudiado por Josefina Plá como parámetro de comparación.
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SAN LUIS GONZAGA.
Jesuítico, procedente de Paraguarí, S. XVIII.
La delicada terminación manierista del rostro y de la mano
permite suponer la factura de maestro europeo,
pero la solución del vestido, típicamente local:
los pliegues se esquematizan en líneas rectas,
los bordes de las mangas son planteados
como franjas ornamentales festoneadas,
la apertura del ropaje sobre el pie
presenta una imagen geometrizante y ordenada.
Museo Juan Sinforiano Bogarín.
Foto: Francisco Corral.
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El barroco es esencialmente dinámico y expresa una visión convulsionada por un violento impulso dramático; el arte misionero es estático, rígido. Esta diferencia correspondería al choque de dos concepciones del mundo: estática una y otra dinámica, que se resolvería en un "cambio de velocidad" resultante de lo que A. Guido considera una "readaptación de las formas a nuevos conceptos espaciales " (47). El característico movimiento barroco se da, así, como congelado, por exigencias de su adaptación a una visión distinta. Según la autora antes citada, esto produce una extensión del diseño en superficie antes que en profundidad, ("las masas no avanzan y retroceden con el énfasis habitual del barroco" en "un esquema que resulta barroco por su profusión, pero no por su movimiento") y una tendencia al "uniplanismo" y a la nivelación bidimensional de los relieves (48). Para Stastny, estas deformaciones "planiformes" que llevan a la frontalidad no pueden ser consideradas como caracterizadoras de un barroco americano, ya que corresponden a la creación artística de todo centro alejado de los focos de irradiación metropolitana-occidental basada en una mentalidad ajena a las formas características del arte occidental de origen grecorromano y carente, por lo tanto, de todo un andamiaje cultural que sostiene el estilo tridimensional con sus conceptos de volumen, tercera dimensión, perspectiva, proporción, etc., equivalentes a lentas conquistas del mundo de Occidente 49. De cualquier modo, constituya o no una diferencia exclusiva del arte de las Misiones, no puede negarse que cierta detención del movimiento (propio del barroco europeo) es una característica de aquel arte.
Wölfflin caracteriza el barroco apoyado en pares de conceptos antinómicos, algunos de los cuales son: lineal-pictórico, superficial-profundo y forma cerrada-forma abierta. Ahora bien, estas categorías se hallan en oposición con las características del arte desarrollado en las misiones, más lineal que pictórico y, según se vio, más superficial que profundo. La tercera categoría se refiere a la inclinación del barroco hacia formas atectónicas, fluidas, abiertas, mientras que "sería indígena esa predilección hacia motivos cerrados o circunscriptos -con preferencia a los abiertos o en seriación ligada- que en muchos casos da a este barroco un aire arcaizante", escribe Josefina Plá (50) y señala la tendencia hacia diseños simples y simétricos que evitan lo complejo, lo entrelazado, lo entretejido; tendencia que también se contrapone a la inestabilidad barroca, a su desbordante desequilibrio y a su asimetría compositiva.
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INMACULADA CONCEPCIÓN.
Imagen franciscana, S. XVIII.
El vestido de la Virgen es representado según las convenciones visuales propias indo-mestizas: los pliegues no sugieren la caída libre de los paños, sino que apuntalan sólidamente el volumen total de la pieza.
La composición está decididamente centrada según el eje medio que cruza la figura desde el centro del rostro y las manos hasta los pies simétricamente apoyados sobre la cabeza de los querubines. Los rostros de éstos están presentados como formando una decoración en franja.
CAV/Museo del Barro.
Foto: Archivo DDI.
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Es sabido que, a pesar de sus impulsos vehementes, el barroco conserva la vocación de síntesis y unidad, heredada de la gran tradición clásica del Renacimiento; mientras que la sensibilidad del indígena parece inclinarse por la composición por adicción propia de la Edad Media. En este sentido dice Josefina Plá que "el indio no asimila la forma como resultante de las líneas; capta el detalle, pero no el conjunto. En la línea, a su vez, no capta la función significativa, sino simplemente la delimitativa… Así se despoja el barroco de su característica cualidad pictórica y cuaja en una etapa a medio camino hacia lo medieval" (51).
Otra diferencia podría hallarse en la austeridad y el ascetismo del arte misionero, opuestos al realismo sensualista del espíritu barroco. Pero, en realidad, esta oposición es relativa. El pragmatismo de la Contrarreforma se adaptaba muy bien a las distintas circunstancias y sabía cuándo debía ganar los sentidos para la fe o mantener la severidad tridentina, y "fueron los mismos principios del realismo objetivo y frío (de la Contrarreforma) los que en un caso señalaron el camino del rigor ascético y en otro el de la adulación de los sentidos" (52).
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LA ANUNCIACIÓN.
Grupo escultórico perteneciente a la Capilla de Loreto,
Santa Rosa de las Misiones.
Atrás se observa parte del fresco de dicha capilla.
Foto: Jesús Ruiz Nestosa.
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Y es evidente que las formas simples se adaptaban mucho mejor a la visión elemental del indígena, condicionada por sintéticas categorías de su organización perceptual. En este mismo sentido, refiriéndose a la "contenida austeridad" del barroco hispano-guaraní, dice, una vez más, Josefina Plá que "la elocuencia barroca aquí adquiere acento distinto, porque son también distintas las mentalidades con las cuales ha de enfrentarse el catequizador... Frente a la cultura del indio... el jesuita simplifica las fórmulas plásticas... siempre y cuando se conserve la integridad de la irradiación artística sobre el entendimiento del creyente” (53).
Otra cuestión que debe tenerse en cuenta al analizar la posibilidad de referirnos al barroco como tendencia característica del arte misionero es la multiplicidad estilística existente en las formas impuestas por la colonización; y no sólo la relativa a los distintos "acentos" barrocos (español, italiano, francés, etc. ) (54) sino a la coexistencia de varios y diversos estilos y tendencias, de diversa procedencia y distintas épocas (manierismo, clasicismo, gótico, mudéjar; en la última época el rococó, etc.). Fenómeno especialmente característico en la América misionera, donde la copia se realizaba a partir de modelos de las más variadas procedencias y podía continuar repitiéndose, por su carácter estereotipado, mediando siglos de diferencia con el motivo original; y al que se refieren Stastny y Barata al señalar que en el S. XVIII hay ejemplos asombrosos de utilización de modelos manieristas del S. XVI, y Josefina Plá, al analizar las imágenes estamparias utilizadas de modelo en los talleres misioneros: "Estampas del S. XV seguían teniendo vigencia de modelo en el S. XVIII" (55).
No obstante, la mayoría de los historiadores del arte colonial americano concuerdan en afirmar la hegemonía de la tendencia barroca. "La riqueza de estas múltiples fuentes y tendencias formales complica evidentemente cualquier tentativa de metodización y agrupamiento de las creaciones plásticas de América Latina colonial y del siglo XIX. Sobresale, sin embargo, por la cantidad y exuberancia, lo que se decidió llamar barroco", sostiene Barata (56).
Pero, volviendo a la pregunta ¿cabe aún hablar de "barroco" al referirnos al arte de las misiones? A pesar de todo, nadie discute el nombre y, con salvedades de adjetivos más o menos, se lo sigue utilizando en una variedad de posiciones que va desde el entusiasmo de M. Toussaint que declara con énfasis que "el barroco es la propia manifestación de América" hasta la aceptación tácita de quienes utilizan el término en su sentido formal más comprensivo de "estilo amplio".
La ambigüedad del campo semántico del término "barroco americano" o, más específicamente, "barroco hispano-guaraní" no significa un fenómeno extraño en un terreno, como el de la historia del arte, donde las clasificaciones nominales tropiezan con tantas dificultades. Con referencia al propio barroco europeo, Arnold Hauser, después de analizar la variedad de tendencias existentes en su seno, se pregunta si es que puede hablarse todavía de una unidad estilística del barrocos (57). La misma respuesta que da Hauser puede ayudarnos. Luego de aclarar que nunca se podría hablar que de un estilo unitario que domine toda una época, analiza algunos rasgos comunes del período barroco, partiendo de la nueva visión del mundo que marcaba ese tiempo crispado. Por una parte, apoyada en las nuevas concepciones de la ciencia y la filosofía, esa cosmovisión tenía un sentido internacional: el barroco surgía con la pretensión de difundir la cultura católica hasta en las zonas más desconocidas del vasto mundo, que aparecían desplegadas de golpe en toda su extensión. Por otra parte, esa perspectiva marcaba una nueva relación del hombre con la naturaleza; el universo descentrado, infinito y, sin embargo, unitario, planteado por Copérnico, se presentaba al hombre de una manera diferente: inmenso, con nuevos aspectos hasta entonces desconocidos. Y surge, una vez más, un impresionado panteísmo, un vital inmanentismo, un "asombro ante el largo e incesante aliento que penetra el Todo. El arte del barroco está lleno de este estremecimiento, del eco de los espacios infinitos y de la correlación de todo el ser" (58).
El término "barroco” podría, así, ser considerado en un sentido amplio, más como el punto de vista dominante de una época que como un estilo definido. Y esa perspectiva permite detectar rasgos suyos que facilitan su difusión y promueven la transculturación entre sus formas y otras ajenas: su ideología propagandística orientada a las grandes masas populares; su carácter elocuente, sensual y accesible a la comprensión de la mayoría; su orientación universalista, permisiva de una amplia reinterpretación desde posiciones culturales diferentes y su asombrada sensibilidad ante el vigor del cosmos y la naturaleza (cercano, en algún sentido, al viejo asombro indígena ante su entorno natural o ante el nuevo cosmos impuesto). Estos rasgos abren una posibilidad de que el barroco sea referido a fenómenos tan dispares entre sí como los sistemas culturales desarrollados en Europa en el S. XVII y en el Paraguay, básicamente, en el siglo siguiente. Y es a partir de esa posibilidad que el barroco puede rozar ciertos aspectos de la cultura indígena y ésta puede conectarse con figuras y conceptos suyos.
Hablar, pues, de "barroco hispano-americano" o de "barroco hispano-guaraní" será válido en la medida en que estemos utilizando convenciones con cierta tradición en la historia del arte americano para referirnos con amplitud al fenómeno de la transculturación misionera y sus sistemas estéticos, descartando toda pretensión de una equivalencia semántica estricta. Equivalencia que, difícil en cualquier sistema lingüístico, es casi imposible en las denominaciones de los fenómenos estéticos que deben, por lo general, estar codificados arbitrariamente. Por eso pensamos que, hechas las anteriores salvedades, podemos seguir usando un término que ya fuera incorporado en la década de los '20 a la teoría latinoamericana del arte.
Pero el problema fundamental no es de orden nominal; y si acá planteamos esta cuestión lo hacemos sólo en cuanto nos pueda ayudar a aclarar lo específico del arte desarrollado en las misiones paraguayas. En este mismo sentido volveremos sobre el término "mestizo", aplicado comúnmente al mismo.
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Izquierda: VIRGEN DEL ROSARIO.
Fines del S. XVII.
La posición de la imagen sugiere la tendencia manierista del modelo,
pero su realización corresponde indudablemente a mano local;
la desproporción, la caída arbitraria del vestido y las facciones mestizas
(aun en un rostro de rasgos europeos)
manifiestan el temperamento visual del indígena misionero.
Museo Juan Sinforiano Bogarín. Foto: Francisco Corral.
Derecha: LA DOLOROSA.
Escultura misionera, S. XVIII.
Museo Nacional de Bellas Artes de Asunción.
Foto: Osvaldo Salerno.
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REFERENCIAS:
9) PLA, Josefina. El Barroco Hispano-Guaraní, pág. 147. En esta obra, el más sistemático estudio acerca del barroco colonial paraguayo, la autora se refiere a este aspecto del arte misionero en varios momentos: "Para los jesuitas-escribe-la intrínseca importancia del retablo, del cuadro o de la imagen, no radicaba en sus valores artísticos -sin que esto quiera decir que no prestasen a éstos toda la atención posible-, sino en su eficacia como instrumentos de un objetivo superior: la captación de almas y la confirmación en la fe. No era el arte por sí mismo lo que se procuraba estimular, sino el valor ilustrativo o didáctico de la obra" (pág. 61); "... una elaboración puramente estética, o simplemente en la cual este aspecto figurase en primer lugar, quedaba ipso facto fuera del plan y objetivos misioneros. Acá, el arte fue un simple servidor de los propósitos catequísticos: y los rasgos de origen magistral que lo particularizan ocasionalmente, son un resultado, no de la búsqueda estética, sino de la procura de una mejor adecuación del objeto a sus fines de “vehículo de doctrina”, servido eventualmente por la destreza del artista" (pág. 123). "Se trata aquí... de un arte enteramente dedicado a la catequesis; está de sobra en él todo aquello que no sea elemento útil para la captación espiritual del indígena" (pág. 128).
47) GUIDO, Ángel. "Redescubrimiento de América en el Arte". Citado por Josefina Plá en El Barroco Hispano-Guaraní.
48) PLÁ, Josefina. El Barroco..., pág. 149.
49) STASTNY, Francisco. "¿Un arte mestizo?", en América Latina en sus artes, pág. 163.
50) Op. cit., pág. 144.
51) PLÁ, Josefina. Op. cit., pág. 152.
52) HAUSER, A. Op. cit., tomo II, pág. 34.
53) Op. cit., pág. 127.
54) Martín S. Soria en "La pintura del S. XVI en Sudamérica" ha advertido sobre la preponderancia de fuentes europeas, no españolas, en la creación de la cultura artística de la Colonia, particularmente en lo que a pintura se refiere. "Por lo menos en el S. XVI, y creo que en cuanto a la pintura de los demás siglos de la vida colonial, las influencias españolas son de importancia secundaria, mientras que dominan ideas, estilos, pintores, pinturas y estampas importadas de Italia y de Flandes, y a veces de Francia o de Alemania. A menudo la Colonia se ha considerado como ramo de la cultura española. Ya es tiempo de darse cuenta de que las Indias españolas eran esencialmente crisol de muchas razas y culturas, entre las cuales la española se hallaba a la cabeza, eso sí, pero en varios campos imperaba mucho menos de lo que se puede pensar". Cit. en Historia Social... El trasplante cultural. Arte, de Furlong, pág. 240.
55) Op. cit., pág. 126.
56) BARATA, Mario. En América Latina en sus artes, pág. 131.
57) Ídem, pág. 99.
58) Ídem, pág 102.
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Fuente: UNA INTERPRETACIÓN DE LAS ARTES VISUALES EN EL PARAGUAY por TICIO ESCOBAR, Editorial Servilibro, Asunción-Paraguay 2007 (630 páginas).
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